Siempre ha sido ilusorio pensar que las oleadas ideológicas de la historia global son absolutas o arrasan con todo a su paso. Nunca fue así, desde la Revolución francesa y sus enemigos a fines del siglo XVIII. Ni la onda expansiva del cambio revolucionario involucró a toda Europa, como quería Kant, ni la resaca reaccionaria de la restauración monárquica, a principios del siglo XIX, detuvo la inercia de la Revolución.
Hoy no cabe duda de que vivimos una inflexión conservadora a nivel mundial. Pero no todo lo que están removiendo el trumpismo y las nuevas derechas occidentales es realmente progresista. No son progresistas la teocracia iraní, la autocracia madurista o el viejo totalitarismo cubano, sometido por décadas a una costosa terapia inmovilista. Y, sin embargo, no deja de ser abyecta la metodología belicista, mafiosa y prepotente que Trump y sus aliados siguen en cada uno de sus objetivos.
El libro más reciente de la filósofa estadounidense, Nancy Fraser, Capitalismo caníbal (2025), que publica Siglo XXI en traducción de Elena Odriozola, sirve de orientación en esta tormenta. Lo que realmente está en juego no es un conjunto de regímenes arcaicos e igualmente reaccionarios, aunque opuestos a la hegemonía de Estados Unidos. La mayor amenaza es una involución civilizatoria promovida por una contrarrevolución global, decidida a dar marcha atrás a los derechos sociales alcanzados por el Estado de bienestar en la segunda mitad del siglo XX.
Fraser, profesora de la New School of Social Research en Nueva York, teórica feminista inspirada en las ideas de Gramsci, Foucault, Bourdieu y la Escuela de Frankfurt, va al meollo del asunto cuando sostiene que el racismo, la misoginia, la homofobia, la cacería de migrantes, la gula extractivista y el desmontaje de los cuidados no sólo son clichés de una supuesta guerra contra el “marxismo cultural” sino políticas concretas, dirigidas a salvar al capitalismo de su última crisis.
Detrás de toda la agenda antiderechos de las nuevas derechas hay un proyecto más práctico que moral de rearme del capitalismo. Se trata de un rearme neoconservador, ya a estas alturas ni siquiera neoliberal, en la que la idolatría de las ganancias se empalma con una visión fatalista y hasta utilitaria de la desigualdad, y un criterio cada vez más desinhibido de la superioridad patriarcal y racial. En última instancia se trata de una vuelta al darwinismo social decimonónico desde la alta tecnología financiera del siglo XXI.
Pero quien sólo lea en este libro la defensa de los derechos de las mujeres, de los migrantes, de las comunidades LGTBQ y del medio ambiente se quedará con un mensaje limitado. En las páginas finales de su ensayo, Nancy Fraser se ocupa de la democracia y el socialismo, dos conceptos centrales del marxismo occidental del siglo XX, que las izquierdas neopopulistas más recientes han abandonado o han vuelto irreconocibles, a fuerza de tantas distorsiones.
Para Fraser está claro que, en su actual modalidad hegemónica, el capitalismo se ha vuelto antidemocrático. Duda, sin embargo, de que una sociedad plural pueda constituirse sobre bases de representación y participación más equitativas sin intervención del mercado. Descanibalizar el capitalismo actual, sostiene la filósofa, no será posible sin una reformulación de la democracia tanto a nivel social como político.
Es entonces que reaparece, en el último acápite del volumen, la noción de “socialismo del siglo XXI”. No menciona Fraser a Fidel Castro o a Hugo Chávez y hace críticas puntuales al “desastroso intento soviético de abolir la distinción entre lo político y lo económico”. Registra, eso sí, el fenómeno del nuevo socialismo democrático en Estados Unidos (Bernie Sanders, Alexandra Ocasio Cortez, Zohran Mamdani…), pero va más allá y demanda de esa nueva izquierda un verdadero compromiso con la toma de decisiones inclusiva y paritaria.