¿Estados Unidos está en guerra con Irán? Técnicamente, no. En la práctica, parece que sí.
Tenemos que ver hasta dónde puede estirar la liga Trump. Estados Unidos no ha declarado formalmente una guerra desde hace 85 años. Pero vaya que ha habido guerras, aunque a los gobiernos a veces sí y a veces no les conviene llamarlas así.
Eso le pasó a Estados Unidos en Vietnam. La intervención comenzó mucho antes de que el país admitiera ante sí mismo la magnitud del conflicto, hubo protestas y violencia que el propio gobierno reprimió y atizó a la vez. Washington llevaba años metido en el sureste asiático y bajo la excusa del combate al comunismo inició un conflicto que costó más de 60 mil vidas de soldados estadounidenses, 1.5 millones de soldados vietnamitas y más de 2 millones de civiles asesinados, aún cuando nunca hubo una declaración formal de guerra, pero sí el permiso político para escalarlo. Se fue escalando hasta llegar a bombardeos masivos, movilización masiva de tropas, muertos, reclutamiento, la televisión en horario estelar y una guerra que, depende cómo se defina, se extendió de 1954 a 1975, casi dos décadas. La retirada militar llegó en 1973, pero Saigón cayó hasta 1975. La guerra duró más de una década después de su gran escalada y todavía después de la “salida” siguió existiendo.

El 2025 (1/3)
Por eso Vietnam importa hoy. No sólo por el trauma militar, sino porque exhibió una tensión profunda del presidencialismo, que es tanto parte del diseño de Estados Unidos como el de México: un sistema fundado en los llamados pesos y contrapesos, pero que ha aprendido a tolerar que el presidente haga y deshaga a su gusto y alguien proteste después. La última declaración formal de guerra de Estados Unidos fue en 1942. Desde entonces, el país ha combatido mediante resoluciones, autorizaciones y tecnicismos legales. En 1973, escarmentado por Vietnam, el Congreso aprobó la War Powers Resolution para intentar recuperar control. El problema es que la costumbre presidencial también dicta que hecha la regla, también la trampa.
Richard Nixon entendió que Vietnam podía destruir presidencias, pero también ganar elecciones. Hoy sabemos, por los archivos y grabaciones desclasificadas del propio presidente Lyndon Johnson, que gente de Nixon saboteó las conversaciones de paz de 1968 para que su opositor no se llevara la medalla. Más tarde, ya habiendo ganado unas elecciones, él mismo escaló el conflicto y se aprovechó de todas las protestas del movimiento social de los sesenta. La guerra sirvió para dividir al país y aprovecharlo electoralmente.
El paralelismo con Irán no es exacto, pero sí inquietante. Trump no pidió una declaración formal de guerra y ni siquiera buscó una autorización. Actuó y ahora el Congreso discute cómo limitarlo. Mientras tanto, la guerra sigue: mientras avanzan los bombardeos y el conflicto avanza, desde la Casa Blanca todos oscilan entre decir que ya se ganó y admitir que nadie sabe cuándo o cómo va a terminar.
Ese es el problema de no llamar guerra a la guerra. Para hacerla o enfrentarla, mejor la llaman misión, operación, campaña, estrategia o plan. Putin llevó esa lógica al extremo cuando bautizó la invasión de Ucrania como “operación militar especial”. No inventó la trampa; la llevó a un punto grotesco. Lo que estamos viendo es una vieja enfermedad del presidencialismo moderno: la facilidad para entrar en una guerra y romper la regla sin tener que aceptarlo, confiando en que es mejor pedir perdón que pedir permiso.

