Nuestros ciclos informativos oscilan de una chapuza política a otra. Los actores más vistosos de nuestra vida pública son políticos, profesionales de la demagogia, de la grilla y el histrionismo.
Y es que, ni hablar, el populismo vestido de revolución o de transformación, gana elecciones, construye supremacía a base de simplificar los males y los remedios.
La 4T hace siete años que acabó con la corrupción del sector público porque AMLO ganó la presidencia. La vida privada se lleno de ética y virtudes selectas porque AMLO habló, todas las mañanas de todos sus días, de cómo México ya no era como antes.

¡Así como digo una cosa digo otra!
Y acá seguimos. Con inversión estatal histórica en el sureste que arrojó nuevos ricos, escándalos de opulencia al amparo de presupuestos y arreglos entre clanes y paisanos.
Y acá seguiremos. Debatiendo si AMLO tiene la magia para tramitar en fast-track la deducibilidad de impuestos para quien done a Cuba, normativa cuasi imposible para cientos de organizaciones y fundaciones privadas con años de labor social.
O viendo el plan B, en realidad plan E de la 4T, para lograr una democracia más austera, no mejor, sólo más barata; es una secuencia de esquemas que van por quitar curules, escaños, partidas de partidos o reducir congresos locales y cabildos.
Testigos de cómo una semana nos dicen que la iniciativa de reforma constitucional es X y, ante su anticipado fracaso, resulta que Y era la buena. Y el fin de semana la foto de sus avispados aliados verdes y laboristas tomados de las manos, tomándonos el pelo.
Hoy México se juega mucho más en Washington. Los trabajos oficiales para la revisión del T-MEC están en marcha y allá, con la guía presidencial para mantener cabeza fría y firmeza, dice Marcelo Ebrard, México trabajará estratégicamente para mantenerse en el acuerdo comercial regional con Estados Unidos y Canadá.
El “cómo” lo resolverán el secretario de Economía, los expertos que con él trabajan, los consultores del sector privado y la coordinación entre actores muy profesionales. Sin estridencia, sin distracciones ni protagonismos. El “qué” es lo sustantivo.
Un T-MEC que dé certidumbre de largo plazo a la inversión de calidad, no solamente productiva. Con valor agregado, con innovación mexicana, patentes, desarrollo de polos económicos productivos.
De poco servirá para la historia un arreglo que nos condene a ser proveedor de insumos y mano de obra barata. Sería más sencillo.
De ese modelo de economía depende si América del Norte podrá competir con China. En esta negociación descansa buena parte del futuro que más transforma, ese que es capaz de generar riqueza nacional, movilidad social, educación y salud.
Sin eso, estaremos con el ábaco jugando al ahorro pírrico. Perdiendo vidas y tiempos en componer el país con honestidad de saliva. Angustiados por el peso de las justas becas y apoyos sociales. Presas de una economía criminal más solvente y popular.

