ACORDES INTERNACIONALES

Expediente Irán: bombas racimo y el regreso de las armas proscritas

Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

En una guerra, no basta preguntar cuánto daño puede producir cada actor. También hay que preguntar qué tipo de daño decide producir, sobre quién lo descarga y con qué medios lo administra.

La diferencia importa porque no toda destrucción cumple la misma función estratégica ni plantea el mismo problema moral.

En esta fase del conflicto, Estados Unidos e Israel han concentrado buena parte de sus ataques en instalaciones nucleares, militares y de mando iraníes. Irán, en cambio, ha respondido contra centros urbanos israelíes y, de acuerdo con las fuerzas de defensa (FDI), cerca de la mitad de los casi 300 misiles balísticos disparados desde el 28 de febrero han llevado municiones racimo. Además, Reuters ha difundido imágenes de esos misiles sobre Tel Aviv.

La diferencia entre ambos patrones de ataque importa. En un caso, la ofensiva está dirigida a degradar capacidades militares estratégicas. En el otro, está orientada a trasladar una porción creciente del costo hacia la población civil.

La selección y el uso de bombas racimo tampoco son secundarios. Una munición de ese tipo libera múltiples submuniciones sobre un área amplia. Por eso, su efecto no se agota en un solo punto de impacto, sino que ensancha el radio de afectación, incrementa la exposición de personas no combatientes y deja, además, el riesgo residual de explosivos sin detonar. Si el propósito principal fuera inutilizar una instalación estratégica, el criterio relevante sería la precisión contra una capacidad concreta. Cuando, en cambio, se emplea un arma de dispersión sobre una ciudad, el resultado se mide también por la amplitud del daño civil.

Por eso estas armas quedaron bajo una fuerte restricción jurídica. La Convención sobre Municiones en Racimo prohíbe en su artículo 1.1(a) su uso; en el 1.1(b), su desarrollo, producción, adquisición, almacenamiento y transferencia; y en el 1.1(c), asistir o alentar esos actos. Es cierto que ni Irán ni Israel forman parte del tratado. Pero de ello no se sigue que el reproche desaparezca. Estas armas fueron proscritas porque erosionan la distinción entre objetivo militar, espacio urbano y daño residual. En esta fase de la guerra, el dato no es sólo que Irán todavía puede atacar. El punto decisivo es que, para hacerlo, está ampliando deliberadamente el espacio del castigo.

Como advirtió Michael Walzer, en la guerra no sólo importa cuántas muertes se causan, sino a quién se decide exponer al riesgo para obtener una ventaja política. Por eso, el problema no es sólo la persistencia del ataque iraní, sino la elección de un arma y de un patrón de daño orientados a ensanchar el castigo. Para alargar el conflicto, Irán ha ampliado deliberadamente el espacio de vulnerabilidad civil. Y, al hacerlo, la guerra dejó de medirse sólo por sus fines declarados y empezó a juzgarse por la estructura moral de sus medios.

Dato: la coalición también ha causado víctimas civiles graves. El episodio más duro fue el ataque contra la escuela de niñas Shajareh Tayyebeh, en Minab, atribuido muy probablemente a fuerzas de Estados Unidos. La cifra exacta de víctimas sigue en disputa. Reuters no ha podido verificarla de manera independiente.

Ruido: reducir la conducta iraní a una mera reacción defensiva. Esa narrativa omite un hecho decisivo: el uso constante de municiones racimo sobre Israel. No se trata solo de responder, sino de cómo se responde y sobre quién recae el peso del castigo. En la guerra, como en la vida, las intenciones importan. Pero la intención moral no se prueba en el discurso propio, sino en el tipo de daño que se acepta infligir y en las vidas que se convierten en vehículo de esa decisión.

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