Hasta hace unos días, la discusión pública estaba tomada por la reforma electoral.
El país debatía sobre representación, contrapesos, árbitros y reglas del juego. Pero bastaron un par de partidos de repechaje mundialista entre selecciones como Bolivia, Surinam, Jamaica y Nueva Caledonia, jugados en Guadalajara y Monterrey, para que México entrara de golpe en modo Mundial. Eso dice algo del país.
No porque el futbol resuelva nada, sino porque revela con enorme claridad el tipo de sociedad que somos: una sociedad profundamente golpeada, polarizada y fatigada, pero todavía capaz de producir entusiasmo colectivo cuando se le ofrece una causa común, aunque sea efímera.

No al AcaMoto 2026
¿Por qué un país tan tensionado necesita con tanta urgencia esos momentos de suspensión emocional? El 22 de febrero pasado, México vivió una de las jornadas más violentas que se recuerden en años recientes. El abatimiento del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación provocó una reacción criminal en distintas regiones del país y volvió a proyectar hacia el exterior una imagen conocida pero devastadora: la de un Estado disputado por organizaciones armadas con capacidad de fuego, movilidad y control territorial.
La escalada de homicidios que comenzó a partir de 2008 tuvo picos muy visibles en 2010-2011 y después en 2019-2020. Hay una normalización de una forma de vida marcada por el miedo.
En casi dos décadas, la delincuencia organizada mutó de redes criminales a estructuras con rasgos cada vez más cercanos al paramilitarismo: control territorial, despliegue de terror, extracción de rentas y capacidad de disciplinamiento social. De pronto, millones de mexicanos aprendieron a vivir bajo protocolos no escritos de supervivencia. Niños haciendo simulacros pecho tierra en escuelas. Familias manejando más rápido en carretera por temor a un asalto. Conductores mirando por el retrovisor cuando una motocicleta se empareja en un semáforo. Los mexicanos viven una pedagogía cotidiana del miedo.
Por eso, cuando el mundo volvió a preguntarse si México estaba preparado para recibir una Copa del Mundo, la duda no fue injustificada. Aunque pese a todo, hay que decir que México también es otra cosa.
Las grandes ventanas internacionales del país —los Olímpicos del 68, los Mundiales del 70 y del 86, los Panamericanos de 2011— dejaron una constante: México suele ser un anfitrión extraordinario. No por propaganda institucional, sino por algo más profundo y más verdadero: su gente.
Esto no hay que analizarlo desde el lugar común, sino desde los datos. Nuestro país sigue siendo uno de los más visitados del mundo. Tan sólo el último año recibió 47.8 millones de visitantes extranjeros. No ocurre por accidente. Ocurre porque, a pesar de todo, el llamado “México mágico” no es una invención turística, tampoco un meme. Existe. Está en su comida, en su hospitalidad, en la forma de recibir, de conversar, de celebrar, de apapachar al que viene de lejos.
Ahí está una parte importante del ánimo social mexicano: una mezcla extraña y a veces desconcertante entre resiliencia, fiesta, tragedia y calidez.
Lo vimos en algo aparentemente menor. En dos partidos de repechaje jugados a media semana, más de 70 mil personas acudieron a estadios para corear ¡a Nueva Caledonia y a Bolivia! De algún lugar aparecieron camisetas, banderas, porras y entusiasmo. Mientras tanto, leyendas del futbol portugués paseaban por Tepito recordándonos que el barrio también sabe seducir al mundo.
En términos estrictos, México no será la sede principal del Mundial, habrá pocos partidos. Esa responsabilidad recaerá sobre Estados Unidos, con apoyo de Canadá. Pero eso no cambia el hecho político y emocional de fondo: durante esos días, México volverá a ponerse de pie frente al mundo.
Lo hará con su mejor rostro. No necesariamente el del Gobierno. No necesariamente el de la propaganda. Sino el de su gente.
Durante unas semanas, el país suspenderá parte de su crispación habitual. Las discusiones políticas cederán espacio a una forma distinta de comunidad. Durante 90 minutos, plazas, escuelas, oficinas, mercados, parques y pantallas improvisadas quedarán conectados por una misma expectativa. Volveremos a cantar el himno con una intensidad desproporcionada, aparecerá algún héroe fugaz, repartiremos mentadas con fervor patriótico y, eventualmente, gritaremos goles y volveremos a llorar.
Eso dice algo bueno de nosotros: que todavía somos capaces de sentir juntos. Y en un país tan fragmentado como el nuestro, eso no es menor. Ya después volverá la realidad. Volverán la polarización, la violencia, la disputa pública y la crudeza de los años.
Pero por un breve momento, México volverá a reconocerse en algo más grande que sus fracturas.
Y quienes lleguen de fuera probablemente se llevarán la misma impresión que dejaron otros mundiales: la de un país contradictorio, sí, pero extraordinariamente vivo… y sí, también, mágico.
Porque si algo sigue intacto en México, incluso en medio de la intemperie, es su capacidad de abrir la puerta, poner la mesa y hacer sentir al otro como en casa.
Y eso mi querido lector, eso ES PAÍS.

