PUNTO CIEGO

El poder no es lo que se cree

Daniel Santos Flores. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Daniel Santos Flores. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: Especial

A finales del siglo XVIII, el rey Luis XVI tenía todo lo que, en teoría, cualquier hombre podría desear: poder absoluto, riqueza, reconocimiento y un país entero a sus pies. Gobernar Francia era el mayor privilegio de su tiempo. Sin embargo, también era una trampa.

Francia no era un reino, era un campo de batalla disfrazado de corte. La nobleza exigía privilegios, el clero defendía sus intereses, los grupos económicos presionaban por decisiones que les favorecieran y el pueblo comenzaba a mostrar signos de hartazgo. Cada decisión que tomaba el rey dejaba a alguien inconforme. Cada intento de reforma generaba nuevas resistencias. Gobernar no era ejercer el poder, era sobrevivir a él.

Luis XVI vivió su gobierno entre presiones internas, crisis económicas, conspiraciones y decisiones que nunca lograban satisfacer a todos. Al final, terminó atrapado en una maquinaria que él mismo encabezaba, pero que ya no controlaba. El resultado es por demás conocido: la Revolución francesa acabó con su gobierno.

La historia conviene recordarla como testigo fiel de lo que puede suceder. Hoy, quien ocupa la máxima responsabilidad política tiene todo lo que cualquier político pudiera desear; sin embargo, también está envuelto en presiones internas, influencias del pasado que no terminan de irse, lealtades que se diluyen, aliados que resultan adversarios silenciosos, problemas heredados, presiones del exterior y una larga lista de factores que hacen inevitable que una pregunta flote en el aire: ¿gobernar realmente vale la pena? ¿Llegar a ocupar la máxima silla es lo que se imaginaba cuando se decide a levantar la mano?

Gobernar nunca ha sido un acto de voluntad individual. Es un ejercicio permanente de tensión entre fuerzas que rara vez coinciden, entre intereses que obligan a administrar el caos que el mismo sistema político que los llevó al poder exige atender todos los días, grupos internos que compiten entre sí, intereses económicos que presionan desde fuera, decisiones con costo político inmediato y beneficio incierto, y una narrativa pública que exige resultados en un país estructuralmente complejo.

Creer que, después de seis años, vendrá el descanso es como creer en cuentos de hadas. Nada vuelve a ser igual. Nunca hay paz completa. Siempre se permanece en el ojo público y todo lo que rodea a quien gobernó queda expuesto de manera permanente. Por eso, en México, la Presidencia no es la cúspide del poder, es el centro del desgaste.

Hoy, como lo ha demostrado la historia, quien llega al poder no llega a dirigir, llega a administrar conflictos, a contener, a apaciguar pasiones, a tomar decisiones que inevitablemente benefician a unos y perjudican a otros. Se llega con la idea de hacer el bien, pero sabiendo que cada decisión tiene un costo. Se llega con la aspiración de pasar a la historia, aunque pocas veces de la forma en que se imaginó al inicio.

Llegar es una cosa, mantenerse es otra, y salir bien librado es algo que muy pocos han logrado.

¿Valdrá la pena? Dígamelo usted.

Reenviado.

“Para quienes ambicionan el poder, no existe una vía media entre la cumbre y el precipicio”

- Anónimo.

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