El sistema político peruano es uno de los más diseminados e inestables de América Latina. Una serie de fallas institucionales y hábitos de la cultura política ha llevado a ese país a una permanente crisis de gobernanza, en la que los presidentes duran muy poco y las élites partidistas y legislativas prefieren sobrevivir en la fragmentación a arriesgarse a una pérdida de sus respectivos feudos.
Las próximas elecciones serán una nueva prueba para ese disperso sistema político. Ninguno de los tres candidatos punteros (Keiko Fujimori, Rafael López Aliaga o Carlos Álvarez) tiene base electoral para ganar en primera vuelta el próximo domingo 12 de abril. Según una encuesta reproducida por El Comercio, la favorita Fujimori estaría rondando el 18% de los votos.
Daniel Zovatto, observador preciso de la vida política latinoamericana, anticipa “una segunda vuelta inevitable”, sumamente competitiva y de resultados inciertos. Esa segunda vuelta, que deberá celebrarse en junio, podría traer como desenlace una nueva presidencia frágil en el Perú, lo que no significaría, como hasta ahora, que la ingobernabilidad desemboque en una crisis estructural profunda, que de lugar a un giro político bien marcado en la realidad nacional y regional.

Gotitas y cubetas de chapopote
El círculo vicioso de la política peruana estaría entrampado en esa habituación a una inestabilidad presidencial, que no genera mayores costos a la clase gobernante, ni a la estabilidad macroeconómica. Las elecciones de este 12 de abril, en ese país andino, serán presidenciales y legislativas a la vez. Más decisivos que quien gane la presidencia serán quienes ocupen alguno de los 190 escaños del nuevo Congreso.
Si la docena de partidos que intervienen en estas elecciones sigue repartiéndose en pequeños pedazos el escenario político peruano, como hasta ahora, no habría por qué esperar mayor estabilidad gubernamental después de las elecciones.
Fuerza Popular, el partido de Fujimori, podría preservar una veintena de escaños, que la hacen la organización mejor representada, pero que apenas rebasa el 10% o el 15% de todo el espacio parlamentario.
Entre tanta incertidumbre, hay pocas cosas indudables y una de ellas es que quienes resulten vencedores y pasen a la segunda vuelta, difícilmente serán actores políticos ubicados en alguna zona del espectro de la izquierda regional. Álvarez, candidato de la alianza País para Todos, quien juega a la figura del outsider, se declara admirador de Elon Musk y respalda una línea dura en materia de seguridad.
La presión que ejercerán las minorías legislativas que resulten vencedoras este 12 de abril será fundamental para inclinar la balanza a favor de los contendientes del balotaje. Vendrán por tanto meses de interrogantes, que dejarán un saldo de mayor claridad a medida en que los grupos parlamentarios y las élites partidistas vayan rediseñando las alianzas que decidirán los apoyos electorales en la segunda vuelta.

