En su ensayo de 1971, La mentira en la política, Hannah Arendt diseccionó la anatomía del engaño gubernamental tras la filtración de los llamados “Papeles del Pentágono”, publicados en junio de 1971, por el New York Times.
Arendt no se limitaba a señalar la mentira casual, sino la automanipulación de las élites políticas, en un proceso donde el mentiroso termina creyendo sus propias ficciones para evitar la disonancia cognitiva.
Medio siglo después, el eco de su análisis retumba con una fuerza aterradora al observar el puente de distorsiones que une la guerra de Irán y las mentiras de Donald Trump.

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El actual autoengaño como estrategia de Estado, a la que se refería Arendt, argumentaba que la mentira política moderna busca destruir el sentido de la realidad.
En el caso de la guerra de Irán, la administración Trump no sólo fabricó una narrativa, creó un ecosistema donde la ideología pesaba más que los hechos en el terreno. Se puede convencer a una nación de una amenaza inexistente mediante la repetición constante, el terreno queda abonado para una narrativa donde ya nada es verificable.
Si en Irán la mentira fue un medio para un fin geopolítico, Donald Trump hizo de la mentira un fin en sí mismo. Arendt señalaba que el mentiroso político tiene una ventaja sobre el narrador de verdades, pues puede preparar su historia para que encaje perfectamente con lo que el público desea escuchar. Trump ha perfeccionado esta técnica, no sólo omitiendo la verdad, sino bombardeando el espacio público, con tal volumen de falsedades, que el ciudadano termina agotado, renunciando a la búsqueda de la certeza.
Ya no hablamos de errores de inteligencia, sino de una arquitectura de hechos alternativos diseñada para blindar el poder contra cualquier forma de rendición de cuentas. No obstante lo anterior, la tesis central de Arendt es que la verdad tiene una naturaleza testaruda. Puede ser oscurecida, pero no eliminada. Sin embargo, el costo de ignorarla es la destrucción del mundo común. El costo es la erosión de la confianza en las instituciones democráticas y la fragmentación de la psique colectiva.
Arendt señala que la libertad de opinión es una farsa a menos que la información objetiva esté garantizada y que los hechos mismos no sean cuestionados, lo cual nos lleva hacia un futuro donde predominan las noticias falsas. Hoy, la advertencia de Arendt es más vigente que nunca. Cuando la política se divorcia de la realidad, el resultado es la tiranía o el caos. Irán nos enseña que las mentiras matan; el fenómeno Trump nos enseña que las mentiras pueden reescribir el contrato social y el orden internacional.
No se trata sólo de desmentir datos, sino de recuperar la capacidad de distinguir entre el marketing político y la verdad fáctica. Si permitimos que el poder decida qué es real y qué no, habremos entregado la última frontera de nuestra libertad: la capacidad de pensar por nosotros mismos.
Al igual que lo filtrado en los “Papeles del Pantágono”, donde se describía que los analistas del gobierno referían que la guerra en Vietnam nunca se ganaría y que entre más tiempo transcurría más se fortalecía el enemigo, pero al final se tuvo que retirar el ejército norteamericano, y que a pesar del discurso de triunfo, la prensa difundió una derrota desastrosa; lo mismo le puede suceder a Trump y su retirada de Irán; y por más que grite que obtuvo un triunfo, en términos políticos puede ser una desastrosa derrota.

