En el debate en San Lázaro sobre el Plan B lo que menos importó fue la iniciativa de la Presidenta.
Las cosas entraron en terrenos de impugnaciones, diatribas, desacreditaciones e insultos. Las y los legisladores encontraron que era más importante poner en entredicho a sus adversarios políticos que hablar de una propuesta que ha estado entre tumbos y que, al final, acabó siendo más que una reforma electoral una reforma administrativa.
La polarización en el Congreso es una constante. Poco importan las argumentaciones, porque, por un lado, la oposición sabe que a todo proyecto que llegue desde Palacio Nacional no se le cambia ni una coma, al igual que pasó con López Obrador.

No habrá AcaMoto 2026
La mayoría actúa haciendo como que escucha para cubrir un trámite más que interesarse en lo que le están planteando. Las consultas sobre la reforma electoral desde mediados del año pasado acabaron por ser inútiles. Se escuchó a quien se quería escuchar, y al final, el proyecto de la comisión del gobierno fue desechado para terminar en un singular Plan B.
En el Congreso se vive bajo posiciones irreconciliables. Una cosa es que se den abrazos y se den la mano en los pasillos y otra muy distinta que se pongan de acuerdo.
Puede darse el caso de que haya consensos, porque hay iniciativas que no merecen cuestionamientos. Un ejemplo es la semana de 40 horas. Podrá haber diferencias respecto a cómo instrumentarlas, pero todas las fracciones estuvieron de acuerdo. Como este tema hay muchos otros, pero cuando se trata de iniciativas que tienen que ver con lo que está siendo la construcción del nuevo régimen, lo cual es un hecho, difícilmente se establecen acuerdos.
La mayoría parte de que no hay manera de que la oposición acompañe las iniciativas de reformas en lo cual tienen razón. Por lo mismo, los debates, a sabiendas de lo que va a pasar, terminan en confrontaciones que igual pasan por las historias personales de los legisladores, que por la gestión de los partidos como gobierno.
El miércoles todo terminó en una suerte de aquelarre. Debido a que se sabía de antemano que el Plan B sería aprobado sin tomar en cuenta lo que dijera la oposición, la sesión parecía de rutina. Lo que se esperaba es que se presentaran básicamente sólo las posiciones de los partidos, pero no se esperaba que se tuviera una lista enorme de oradores.
Cuando empezaron los insultos, obviamente todos y todas querían subir a la tribuna. Algunos legisladores se la pasan en sus minutos de fama lanzando insultos contra sus adversarios, para que se dé una idea, subieron a la tribuna cerca de 90 legisladores.
Las participaciones no tenían nada que ver con el Plan B. Al saber que era sólo cuestión de tiempo para que se aprobara la iniciativa, recordemos que venía del Senado como cámara de origen, lo que pasó fue que salieron a relucir historias y temas de todo tipo que lo único que mostraron fue un “debate” cargado de insultos y lugares comunes.
Parte de la oposición no dejó de increpar a Morena por el tema del narco. Desde la mayoría volvió a salir el tema de García Luna, el cual cada vez va siendo menos importante, porque como fuera está en la cárcel y fue detenido y juzgado en EU.
La polarización no va a parar porque estamos ante proyectos diferentes y porque estamos ante la falta de entendimientos y de voluntad política. La mayoría considera poco representativa de la sociedad a la oposición con dosis de soberbia, en tanto que la oposición va viendo el preámbulo del autoritarismo.
La oposición quiere debatir y no es escuchada. En tanto que la mayoría impone y se la pasa cubriendo trámites para justificar la democratización, en el fondo no le importa lo que dice la oposición.
RESQUICIOS.
Por más interés que tengan los aficionados por asistir a los estadios, cada vez resulta más difícil por los precios de los boletos, a lo que se suma ahora el costo del estacionamiento. El Mundial es prohibitivo, pero ahora resulta que ver un Cruz Azul-América es un lujo.

