TEATRO DE SOMBRAS

El retrete espacial

Guillermo Hurtado. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Guillermo Hurtado. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

Los seres humanos tenemos una opinión muy alta de nosotros mismos. Razones no nos faltan. Comparados con los demás seres que habitan el universo, somos admirables. Ya lo decía Sófocles en un célebre pasaje de su obra Antígona: “¡De cuantas maravillas, pueblan al mundo, la mayor es el hombre!” (aclaro aquí que no sólo los hombres son una maravilla, las mujeres también lo son, por lo que una formulación más adecuada habría de decir que el ser humano es la mayor maravilla del mundo). Sófocles afirma que ninguna otra especie ha logrado lo que nosotros: dominar las fuerzas de la naturaleza, descubrir sus secretos, construir civilizaciones. Aquello, que valía hace más de dos mil años, sigue siendo vigente ahora y mucho más.

Uno de los más grandes logros de nuestra especie —inimaginable en tiempos de Sófocles— ha sido viajar al espacio exterior. La proeza es extraordinaria. Como todos los seres vivos, nuestra existencia depende de ciertas condiciones ambientales muy delimitadas. Un tiburón no puede vivir en el desierto y un águila no puede vivir dentro del mar. Nosotros tampoco podemos sobrevivir en cualquier sitio del planeta. No tenemos branquias como los tiburones, ni alas como las águilas. La franja de la superficie terrestre en donde podemos vivir es diminuta. Para poder salir de ella hemos inventado aparatos especiales, como los submarinos, para sumergirnos en las profundidades del mar, y los aviones, para volar por los aires. No obstante, el que hayamos sido capaces de viajar fuera del planeta es algo que sobrepasa todo lo demás. No hay nada más hostil para un ser vivo como el espacio exterior. Para explorarlo hemos construido naves impresionantes que nos permiten cruzarlo sanos y salvos.

La nave espacial Artemis II, que recién cumplió con su misión de manera exitosa, es un producto de la ciencia y la tecnología más avanzadas de la humanidad. Resulta irónico que su instrumento más modesto fallara durante la expedición: el retrete. He visto fotos y videos de ese retrete, que se parece a los que hay en los aviones, pero que funciona sólo para desechos sólidos. Los desechos líquidos se recogen, por medio de un tubo, en un depósito que luego los libera en el espacio. Los sólidos, en cambio, se guardan en bolsas que regresan con la nave a la Tierra. ¿Por qué no se sueltan en el espacio? No lo sé. No creo que sea por un prurito ecológico. Tampoco me interesa mucho entrar en esos detalles. Lo que me parece es que ese desperfecto nos hace reflexionar acerca de la condición humana en esas condiciones tan extremas. Nos hace adoptar una idea más humilde de nosotros mismos. Por así decirlo, nos “baja a la tierra”.

El retrete es un invento relativamente reciente. Se afirma que fue creación de Sir John Harrington en 1596. Sin duda, consiste en uno de los inventos más grandes de la civilización. Imagínese usted, estimado lector, que en el gigantesco Palacio de Versalles no había baños. En las afueras del edificio e incluso en sus rincones más apartados, había enormes cantidades de desechos humanos que apestaban, como es natural.

Los seres humanos tenemos un cuerpo orgánico que no se distingue gran cosa del de cualquier otro animal. Comemos y defecamos como los perros, los cerdos o las vacas. No hay absolutamente ninguna diferencia. Un robot no tiene esos problemas. Por eso es mucho más sencillo enviar robots al espacio, que no tienen las mismas necesidades que nosotros, pero la expedición del Artemis II no se trató únicamente de dar la vuelta a la Luna, sino de algo más serio, de la factibilidad de construir una estación espacial en nuestro satélite en el que la humanidad pueda sobrevivir en caso de que, por culpa de nuestra locura, nos acabemos matando con una retahíla de explosiones atómicas. Lo que se nos plantea, entonces, es uno de los retos más formidables de la humanidad.

La historia de los desperfectos del retrete espacial tiene una moraleja filosófica sobre la que vale la pena reflexionar: por más avanzada que sea la tecnología que nos permite viajar al espacio exterior, somos animales humanos con un cuerpo orgánico frágil y finito. No somos ángeles, nosotros sí necesitamos retretes.

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