SPLIT FINANCIERO

Magnicharters, el desastre anunciado

Julio Pilotzi. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Julio Pilotzi. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

La suspensión de operaciones de Magnicharters no sólo responde a problemas logísticos, como comunicó la propia empresa, sino a una crisis operativa, financiera y laboral acumulada que termina por estallar cuando su base de pilotos decidió suspender asignaciones de vuelo ante la falta de pago de viáticos durante 13 catorcenas, alrededor de seis meses.

El paro, sustentado en la Ley Federal del Trabajo, deja claro que la compañía ya no tiene capacidad para sostener su operación. La decisión de los pilotos no responde a un conflicto sindical ni político, sino a un incumplimiento directo de obligaciones laborales que terminó por hacer inviable la continuidad operativa, todo equivalente a medio año, subrayando que mantienen disposición para retomar operaciones una vez cubiertos los pagos.

Este punto no es nuevo, es la consecuencia de un deterioro que ya había dado señales. El episodio en el que un piloto retuvo una aeronave en protesta por falta de pago anticipaba un escenario que no fue atendido. Lo que en su momento parecía un hecho aislado hoy se confirma como parte de un problema estructural.

Pero detrás de este conflicto laboral se encuentra una estructura empresarial debilitada por decisiones acumuladas durante años. Magnicharters, operada por Grupo Aéreo Monterrey S.A. de C.V., pertenece a la familia Bojórquez Maza, integrada por Augusto Bojórquez Maza, Gabriel Bojórquez Maza, José Bojórquez Maza y Luis Bojórquez Maza, quienes fundaron la aerolínea en 1994 como parte de un grupo turístico familiar. Desde su origen, el modelo se basó en la combinación de vuelos chárter y paquetes vacacionales, una estrategia que durante años le permitió mantenerse en operación, pero que con el tiempo quedó rezagada frente a la evolución del mercado, la consolidación de aerolíneas de bajo costo y el incremento sostenido de los costos operativos.

La insistencia en mantener ese modelo sin una transformación profunda terminó por erosionar la viabilidad de la empresa. Eso sí, los directivos afirmaron en su momento que todo estaba bajo control. Pero en lugar de modernizar su flota, optimizar rutas o fortalecer su estructura financiera, la compañía optó por operar al límite, sosteniéndose con márgenes cada vez más estrechos. Los indicadores operativos ya reflejaban ese desgaste. De acuerdo con la Agencia Federal de Aviación Civil, la aerolínea operaba apenas cuatro rutas en cinco aeropuertos, a veces con una, dos aeronaves activas y un factor de ocupación de 56.6 por ciento, presumiendo también vuelos Internacionales. A ello se suma el uso de aviones Boeing 737-300 con más de 30 años de antigüedad, un modelo fuera de producción que implica mayores costos de mantenimiento, menor eficiencia en consumo de combustible y una desventaja estructural frente a competidores con flotas más modernas. Operar con la flota más antigua del país no es un detalle menor, es reflejo de la falta de inversión. Desde 2021, la empresa acumuló adeudos cercanos a 70 millones de pesos por Tarifa de Uso Aeroportuario con el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Para evitar la interrupción de operaciones, se negoció un esquema de pagos diferidos que contempló el desembolso de aproximadamente 35 millones de pesos y la liquidación del resto en parcialidades. A esto se suman adeudos con proveedores, tensiones con administradores aeroportuarios y compromisos pendientes que se fueron acumulando sin una estrategia clara de resolución.

La cancelación de vuelos bajo el argumento de problemas logísticos resulta, insuficiente e incluso contradictoria. Todo apunta a que la suspensión fue una decisión unilateral de la empresa en medio de una crisis interna, sin evidencia pública de autorización previa por parte de la autoridad. Esto coloca bajo cuestionamientos a muchos pero también esperando respuesta de la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes y a la Agencia Federal de Aviación Civil, considerando que la concesión obliga a prestar el servicio de manera continua salvo causas justificadas y previamente acreditadas.

La falta de intervención preventiva no es un hecho aislado. Forma parte de un patrón que se ha repetido en la aviación mexicana durante las últimas décadas. Los casos de Mexicana de Aviación, Interjet, Aeromar y otras que muestran una constante: deterioro financiero prolongado, falta de supervisión efectiva y, finalmente, colapso con costos de trasladados a trabajadores, proveedores y pasajeros. La repetición del patrón evidencia que el problema no está en una empresa en particular, sino en el sistema.

El elemento clave: el vacío legal. La legislación mexicana no tipifica de manera específica el fraude concursal en el sector aeronáutico; es decir, la posibilidad de llevar deliberadamente a una empresa a la insolvencia para evadir obligaciones. Esto genera un entorno de impunidad donde las malas decisiones empresariales no tienen consecuencias proporcionales.

A la par, la Agencia Federal de Aviación Civil ha operado con limitaciones presupuestales y operativas que reducen su capacidad de supervisión. En teoría, cuenta con facultades para intervenir administrativamente, suspender operaciones o incluso requisar bienes de concesionarios en riesgo, pero en la práctica estas herramientas rara vez se ejercen de forma preventiva. La autoridad actúa cuando la crisis ya estalló, no cuando aún puede evitarse. El Aeropuerto Benito Juárez, enfrenta presiones financieras porque permitir la operación de aerolíneas con debilidad financiera sostenida incrementa el riesgo sistémico.

Ellos, los Bojórquez, se homenajean, no hace mucho se rindieron culto presumiendo su esquema de negocio fallido ante la Asociación para la Cultura y el Turismo de América Latina.

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