ANTROPOCENO

Sibaritas contra franciscanos

Bernardo Bolaños. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Bernardo Bolaños. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

Entre los que más odian a la 4T están los autoproclamados sibaritas, los bon vivants, los que viven para consentirse.

Se sienten agraviados de que los altos impuestos, las reducciones salariales y las admoniciones morales vayan contra su estilo de vida, caracterizado por la gastronomía exquisita y los viajes exóticos.

Los políticos sibaritas se pueden ver en restaurantes y cantinas, nunca en los municipios más pobres del país. Pero ellos se defienden, señalando la hipocresía de los falsos franciscanos oficialistas, que se dicen de izquierda, pero viajan en primera clase y tienen casa en Tepoztlán.

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Este tipo de rivalidad es clásica en la Historia. Ahí donde ha habido puritanos tomando el poder bajo el argumento de traer justicia social, también ha habido partidos sibaritas, defendiendo su libertad. Durante la Revolución Inglesa del siglo XVII se enfrentaron escoceses puritanos contra londinenses cosmopolitas. David Hume, en su Historia de Inglaterra, explicó que los líderes escoceses, predicando austeridad, formaban facciones y eran autoritarios; en cambio, los liberales ingleses defendían los bienes de lujo producidos por artesanos libres, para una sociedad individualista, no corporativista. Populismo contra liberalismo.

Mucho más atrás en el tiempo, la palabra “sibarita” viene de la ciudad Síbaris, hoy Italia. Fue destruida en 510 a.C. cuando los hermosos caballos de sus 500 refinados aristócratas, entrenados para bailar y hacer floreos, escucharon música durante una batalla, música tocada por el enemigo. Los equinos de los sibaritas se pusieron a dar saltitos y bamboleos en pleno choque bélico y los astutos rivales los destriparon fácilmente, junto a sus jinetes.

Pero, ojo, la moraleja no es que los sibaritas no supieran pelear por estar gordos y ser comodinos, mientras que los plebeyos sí eran buenos guerreros. No. Todo lo contrario. El origen del conflicto había sido una revuelta popular que había estallado en Síbaris contra los 500 aristócratas locales. Éstos huyeron a la ciudad vecina de Crotona, donde el filósofo Pitágoras les dio refugio. El líder de la revolución popular de Síbaris lanzó un ultimátum a Crotona: o entregaban a los ricos sibaritas o habría guerra.

Y hubo guerra. Pero los plebeyos revolucionarios que montaban los finos caballos robados a los aristócratas menospreciaron a éstos últimos, así como a los flacos pitagóricos de Crotona (vegetarianos lectores de papiros y pergaminos). Trágico error, pues los crotoniatas eran aficionados a las matemáticas, gracias a Pitágoras, y fueron capaces de hacer cálculos bélicos sofisticados. Adicionalmente, los refugiados (sibaritas ricos), conocían íntimamente a sus caballos y urdieron la trampa.

La lección: si quiere ganar, el sibarita no puede reducir la política a la defensa de la meritocracia y del placer privado. Y el franciscano, por su parte, debe predicar con el ejemplo, no con chantajes morales. De Pitágoras a David Hume, las sociedades estables no eligen entre lujo o virtud, sino que disciplinan el lujo con reglas y moderan con libertades la exigencia franciscana de virtud.

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Javier Solórzano Zinser │ *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón