CARTAS POLÍTICAS

La derrota de Orbán

Pedro Sánchez Rodríguez. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Pedro Sánchez Rodríguez. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: Imagen: La Razón de México

Durante años, Viktor Orbán, primer ministro de Hungría, fue el ejemplo paradigmático del populismo de derecha en el mundo. Alrededor de su figura se construyó un régimen que muchos académicos y analistas describieron como autoritario, iliberal y hostil al pluralismo. Su derrota, el pasado 12 de abril, fue por eso mucho más que una noticia húngara: representó un alivio para la Unión Europea y, en general, para el mundo liberal.

En su juventud, Orbán fue un político liberal y anticomunista. Con el tiempo mutó en otra cosa: un nacionalista conservador que entendió antes que muchos el humor de su tiempo. Leyó el enojo con las élites, la ansiedad de amplios sectores frente a la migración, el desgaste de la corrección política y el apetito de una parte de la sociedad por un liderazgo fuerte. Sobre ese contexto construyó su régimen. Una vez en el poder, siguió el manual del populista: rediseñó las reglas para concentrar poder, cooptó instituciones y medios, limitó a las universidades, fortaleció una red empresarial afín a su proyecto y convirtió al Estado en la maquinaria de reproducción de su mayoría.

Orbán encarnó varias de las banderas de la nueva ultraderecha: una política antiinmigración agresiva, la defensa de una identidad nacional y cristiana frente a la supuesta islamización de Europa, una batalla permanente contra lo que llamaba la decadencia liberal de Bruselas, y una política exterior ambigua, más amable con Rusia y abierta a China. Esa posición desalineada con la Unión Europea convirtió a Hungría, un país visto durante mucho tiempo como periférico dentro del bloque, en un actor con una capacidad de veto desproporcionada frente a su tamaño.

Orbán se volvió el aliado de Moscú dentro de la Unión Europea, a la vez que la llevaba bien con Estados Unidos. Utilizó la necesidad de Ucrania y de Europa de contener a Rusia como una herramienta de negociación para obtener beneficios para Hungría. Su gobierno bloqueó o retrasó decisiones clave de Bruselas y usó la regla de la unanimidad para ganar margen político. Esa conducta reforzó su prestigio entre sectores de la extrema derecha internacional. Para quienes simpatizan con esas corrientes, Hungría era un laboratorio donde funcionaba un modelo alternativo al liberalismo occidental: conservador en lo cultural, duro en migración, nacionalista en política y eficaz en el control del poder.

Pero ese modelo también se desgastó. Detrás de las políticas identitarias, cristianas y antiinmigración, en Hungría se fue gestando una crisis de estancamiento económico, aislamiento respecto del resto de Europa, corrupción y deterioro de los servicios públicos. La gran paradoja húngara fue que Orbán construyó una narrativa en contra del liberalismo y del progresismo de la Unión Europea mientras su gobierno y su estructura de poder dependían de subsidios europeos. Bruselas terminó financiando, durante años, a un régimen que al mismo tiempo se dedicó a sabotearla.

Esa contradicción abrió paso a la victoria de Péter Magyar, líder del partido opositor Tisza, quien proviene de las propias filas de Fidesz, el partido de Orbán. No triunfó la izquierda, ni una visión radical, sino una alternativa de recambio frente a dieciséis años de gobierno iliberal y prorruso. Magyar ganó no por ser un cambio radical, sino por ofrecer una alternativa. Su campaña conectó con el cansancio frente a la corrupción, con el hartazgo frente a la captura de instituciones y con la percepción de que Orbán ya no era una solución, sino un obstáculo.

Su victoria es lo suficientemente amplia para abrir la puerta a reformas constitucionales y revisar parte de la herencia de su antecesor, aunque no se anticipa una ruptura total. Magyar no es un europeísta entusiasta ni un progresista empedernido. Tiene reservas en materia migratoria y tampoco representa una adhesión automática a todas las prioridades de Bruselas. Pero sí expresa algo distinto: una disposición menos confrontacional con Europa, una crítica frontal a la corrupción y la promesa de desmontar, al menos en parte, la cooptación del Estado.

El caso húngaro deja una lección importante. Los populismos pueden ser derrotados por la vía electoral y democrática. No son idénticos a una dictadura, precisamente porque todavía dependen, aunque sea de manera desigual, de la validación de las urnas. Y esa dependencia los obliga a algo elemental: dar resultados y rendir cuentas. Pueden explotar agravios culturales, resentimientos sociales e impulsos conservadores; pueden incluso capturar instituciones y deformar la competencia. Pero cuando dejan de ofrecer prosperidad, estabilidad o futuro, comienzan a desgastarse. La derrota de Orbán recuerda algo simple: incluso los liderazgos iliberales más eficaces terminan chocando con el límite que impone la realidad.

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