ANTROPOCENO

Tragedia en Teotihuacán

Bernardo Bolaños. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Bernardo Bolaños. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

Que la tragedia de Teotihuacán pudo haberse cuajado a partir de discursos de odio y de un malentendido orgullo por el pasado mesoamericano, se está diciendo. Pero, así como sería una canallada culpar al feminismo de los atentados cometidos por célibes involuntarios, llamados incel, tampoco se debe atribuir responsabilidad moral a los críticos del colonialismo y de los horrores de la Conquista por la acción de un desequilibrado mental sobre la Pirámide de la Luna.

¿Pero existe una conexión causal, no moral, es decir, una relación de causa y efecto entre la reivindicación del México profundo y el surgimiento de brotes de xenofobia enferma? Mi profesor Ian Hacking nos enseñó que ciertas formas de sufrimiento cristalizan cuando encuentran un lenguaje, una escena y un público. Algunas enfermedades mentales suceden transitoriamente en contextos específicos (neurastenia, anorexia, etc.). Para cristalizar estos trastornos se requiere de un nicho cultural. Por ejemplo, cuando surgió el turismo de masas a principios del siglo XX también proliferaron por un tiempo los “locos viajeros” (especie de amnésicos que las familias encontraban en lejanas ciudades). De igual manera, también el aire de los tiempos debió contribuir al horrible desenlace en Teotihuacán, ¿cómo dudarlo?

Debemos participar en la compleja reflexión sobre Mesoamérica como civilización viva, no fundada en la crueldad sino en la economía solidaria (piénsese en los patronazgos para las fiestas populares) y en los cargos honoríficos (los cargos en la comunidad como un alto reconocimiento para servir, no para servirse). AMLO quiso hacerlo al tratar de negar la veracidad de los sacrificios humanos, en su libro Grandeza. Sin éxito, pues va contra abundante evidencia. Queda discutir más sobre el pluralismo de valores mesoamericanos y occidentales, conocimiento occidental y mesoamericano. La Corte Interamericana de Derechos Humanos da en el clavo al buscar “la compatibilidad entre la mejor ciencia disponible y el valor de los saberes tradicionales, locales e indígenas”. Esa compatibilidad no es un punto medio cómodo, sino una exigencia difícil: implica rechazar tanto el desprecio colonial como el relativismo complaciente. La ciencia no puede ser equiparada con esquemas de fraude por TV a manos de supuestos chamanes, pero nadie con tres dedos de frente puede negar la voracidad y biopiratería de muchas compañías occidentales.

El peligro aparece cuando la reivindicación legítima del pasado se convierte en mito de pureza, cuando la historia deja de ser conocimiento y se vuelve arma de propaganda. Entonces, la identidad ya no es memoria compartida, sino alienación. Ahí es donde el “nicho cultural” del que hablaba Hacking puede incubar patologías: no porque la reivindicación indígena sea en sí peligrosa, sino porque toda narrativa (también las emancipadoras) puede ser capturada por la paranoia y el resentimiento.

Al comparar Occidente y Mesoamérica, debemos respetar tres principios: rigor en el conocimiento, pluralismo cultural y responsabilidad en el lenguaje. Sin el primero, caemos en la fantasía; sin el segundo, en la opresión; sin el tercero, en la incitación.

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Javier Solórzano Zinser │ *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón