Solían algunos políticos del PRI quejarse con Jorge Carpizo. Veían en la designación de los consejeros del IFE una especie de trampa, una cofradía opositora.
El entonces secretario de Gobernación navegaba en aguas turbulentas por el levantamiento del EZLN en Chiapas (luego vendría el terrible asesinato de Luis Donaldo Colosio), y tenía la misión de que la elección de 1994 saliera bien.
Para que eso fuera posible, se requería de voluntad política, abriendo la baraja para imprimir legitimidad a la autoridad electoral.

Aprietan a gaseras
El presidente Carlos Salinas estaba convencido de que era indispensable que la contienda ayudara a la gobernabilidad y que permitiera salir de la espiral de acusaciones de 1988 y detener los augurios de violencia.
La integración de ese consejo, el primero de carácter ciudadano, resultó ejemplar: José Woldenberg, Santiago Creel, José Agustín Ortiz Pinchetti, Miguel Ángel Granados Chapa, Ricardo Pozas Horcasitas y Fernando Zertuche. Una pincelada de pluralidad, con la certeza de que cada uno de ellos actuaría por convicción.
La ley otorgaba la presidencia del IFE y la capacidad de veto, al encargado de la política interna, pero Carpizo buscó, en todo momento, que los acuerdos fueran unánimes. Nunca utilizó su poder para inclinar la balanza.
Es más, refinó los procedimientos de negociación, a los que llamó “el confesionario”, con los que podía tener claridad de las líneas rojas de cada partido, a lo que ayudaron, por cierto, el panista Carlos Castillo Peraza y el perredista Porfirio Muñoz Ledo.
Así se avanzó, paso a paso y con acuerdos entre todos. Nada sencillo, pero indispensable si se trata de asuntos sobre la disputa del poder político.
Vendrían, después, toda una batería de reformas que significarían la transformación del IFE en INE, pero sobre todo las del establecimiento de reglas democráticas que permitieran contiendas con oportunidad para las oposiciones.
En 1994 se tuvo que optar y se hizo en términos democráticos. En Chiapas se entabló el diálogo con los zapatistas y en el IFE se buscó, en todo momento, el despejar dudas y conjurar a los demonios del fraude.
Claro que faltaba mucho, y había todavía un largo camino que recorrer en materia de financiamiento público, pluralidad y acceso a los medios de comunicación.
Es difícil tener una idea de lo que habría significado un gobierno encerrado, cancelando avances con el pretexto de las diversas crisis que se desataron, pero sí tenemos ya claridad de lo que significó la apertura, la que empezó, por cierto, empoderando ciudadanos, como los que acompañaron ese proceso.
Ahora que se decidió marginar a opositores y expertos en la designación de consejeros del INE, entramos en un territorio desconocido, porque no restaura el pasado, se le niega en su parte luminosa, la que permitió elecciones limpias y la alternancia.
Ojalá los funcionarios del Instituto, que han hecho su carrera con profesionalismo y compromiso, estén en capacidad de enfrentar y de resistir lo que viene.

