ANTROPOCENO

Alerta por ébola

Bernardo Bolaños. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Bernardo Bolaños. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

El ébola es una enfermedad zoonótica, es decir, se transmite primero entre animales y humanos, antes de que comience la transmisión entre personas. En esta ocasión, el epicentro es el bosque tropical de Ituri, en África (lugar famoso porque, acotación cultural, allí mora el bellísimo okapi, mezcla de jirafa y cebra). La penetración humana en ese bosque, a través de la minería, la tala, el comercio de carne de animales silvestres y los asentamientos informales, hizo posible los contagios de la nueva variante (llamada de Bundibugyo).

Las carreteras destinadas al extractivismo se convirtieron en corredores biológicos. Lo que antes permanecía confinado dentro de ese ecosistema forestal ahora podría distribuirse más ampliamente a través de redes comerciales y migratorias. Si la variante de Bundibugyo es preocupante es porque aún no existe una vacuna autorizada. Actuar rápido es importante porque la Organización Mundial de la Salud estima que es posible que en dos meses esté lista la vacuna contra esta cepa.

El ébola se transmite, en particular, a los cuidadores de las personas enfermas, pero si se ha propagado es por las circunstancias sociopolíticas de la región de Ituri. El reciente brote de ébola no surgió de las profundidades de la selva en la República Democrática del Congo sólo porque los humanos hubiésemos invadido una “naturaleza prístina”. Esta cepa se propagó en una región marcada por décadas de conflicto armado entre pastores Hema y campesinos Lendu, además de redes criminales vinculadas a la explotación de minas de oro y coltán (codiciado por contener un metal ultra raro: el tántalo). Cientos de miles de personas han sido desplazadas violentamente. Comunidades enteras cruzan constantemente bosques, campamentos mineros, pasos fronterizos y asentamientos superpoblados. En esas condiciones, la vigilancia epidemiológica se vuelve complicada. El rastreo de contactos es difícil de hacer cuando las familias huyen de la violencia. Las brigadas médicas tienen dificultades para acceder a las aldeas controladas por facciones armadas. La desconfianza hacia las autoridades y los trabajadores sanitarios extranjeros es lo que sobra ahí donde el gobierno sólo llega para reprimir.

La debilidad institucional es inseparable de la falta de fondos internacionales para la salud pública. Hoy ponemos atención porque la República Democrática del Congo jugará en el mundial, pero sus futbolistas viven en realidad en Europa y han cancelado el entrenamiento en Kinshasa.

Quizá ciertas restricciones temporales y selectivas a la movilidad y algunas medidas preventivas pueden estar científicamente justificadas, especialmente en torno a eventos internacionales multitudinarios, porque ralentizar la transmisión dará tiempo al desarrollo de la vacuna, pero debemos evitar discriminar por ataques de pánico absurdo. Los viajeros, migrantes y simpatizantes africanos no deben convertirse en símbolos de miedo irracional.

Es de esperar que las precauciones epidemiológicas necesarias sigan siendo precisamente eso: medidas específicas, acotadas, temporales y basadas en evidencia y que no degeneren en xenofobia.

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