Durante las últimas décadas, la economía mundial se organizó bajo un modelo de globalización basado en maximizar eficiencia y reducir costos. Las cadenas globales de suministro permitieron producir barato en Asia y vender en los grandes mercados de Occidente, apoyadas en menores barreras comerciales, bajos costos logísticos y una creciente integración económica. Sin embargo, una sucesión de choques sanitarios, energéticos y geopolíticos comenzó a modificar profundamente ese paradigma del comercio global.
La pandemia de Covid-19 evidenció la fragilidad de depender excesivamente de un solo proveedor o región para abastecer bienes estratégicos. Posteriormente, la guerra entre Rusia y Ucrania, la creciente confrontación comercial entre Estados Unidos y China y los conflictos en Medio Oriente reforzaron la percepción de que la seguridad del suministro se ha convertido en una prioridad económica y política. Como resultado, el comercio mundial está transitando hacia un esquema de fragmentación geoeconómica, donde las decisiones comerciales y de inversión ya no responden únicamente a criterios de eficiencia, sino también a consideraciones estratégicas, políticas y de seguridad nacional.
En este nuevo entorno han surgido estrategias como el reshoring y el friend-shoring, mediante las cuales las economías desarrolladas buscan acercar o relocalizar parte de su producción hacia países aliados o políticamente confiables. La prioridad ya no es producir al menor costo posible, sino construir cadenas de suministro más resilientes, regionales y menos vulnerables a interrupciones geopolíticas.

• Beneplácito a designación de Lazzeri
Para los consumidores, esto se traducirá en bienes más caros. Automóviles, electrónicos, medicamentos y ropa podrían enfrentar incrementos de precios derivados de cadenas de suministro más regionalizadas y menos eficientes. La estabilidad estratégica tendrá un costo económico que eventualmente se reflejará en mayores presiones estructurales sobre la inflación global.
Es precisamente en este contexto donde México ha fortalecido su posición estratégica dentro del comercio internacional. La cercanía geográfica con Estados Unidos, la integración manufacturera derivada del T-MEC y su capacidad exportadora han convertido al país en uno de los principales receptores potenciales del proceso de relocalización productiva en América del Norte. Sectores como automotriz, autopartes, electrónicos, dispositivos médicos y equipo eléctrico concentran buena parte de las oportunidades asociadas con el nearshoring.
Además, México ha comenzado a desempeñar un papel como “país conector” entre Estados Unidos y China. Mientras Washington busca reducir riesgos derivados de su dependencia manufacturera respecto a Asia, México continúa incrementando sus importaciones de bienes intermedios provenientes de China, muchos de los cuales son ensamblados o transformados localmente antes de exportarse al mercado estadounidense. Esto ha permitido que el país incremente simultáneamente su integración comercial con ambas potencias.
La consolidación de México como principal socio comercial de Estados Unidos refleja esta reconfiguración del comercio mundial. Sin embargo, el aprovechamiento pleno de esta oportunidad dependerá de resolver limitaciones estructurales como la insuficiencia de infraestructura energética, restricciones logísticas, disponibilidad de agua, seguridad pública y certidumbre regulatoria.
En consecuencia, el nuevo paradigma del comercio global no implica una desglobalización absoluta, sino una reorganización de las cadenas productivas alrededor de bloques regionales y alianzas estratégicas. Dentro de este proceso, más allá de las visiones catastrofistas, México se encuentra en una posición privilegiada para convertirse en uno de los principales nodos manufactureros y logísticos de América del Norte, siempre y cuando logre fortalecer las condiciones internas necesarias para capitalizar el proceso de fragmentación geoeconómica.

¿Se le acaba el tiempo a Trump?

