Colombia asistió a su cita con el destino en la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Las encuestas daban como ganador al candidato del presidente Petro, Cepeda, representando la continuidad del proyecto de izquierda. Sin embargo, en la recta final De la Espriella, candidato de la extrema derecha, tomó la delantera y se alzó con la victoria con un 43.7 por ciento de los votos. Cepeda, con un 40.9 por ciento se medirá a él en una segunda vuelta de pronóstico reservado.
El resto de los candidatos apenas levantaron el vuelo. El fracaso más sonado fue el de la candidata uribista, Paloma Valencia, con 6.9 por ciento de los votos. Este revés marca el final de décadas de influencia del expresidente Álvaro Uribe en Colombia y muestra que la derecha tradicional se ha vuelto irrelevante en un escenario político polarizado. El centro político perdió fuerza aunque en una segunda vuelta puede inclinar la balanza.
Colombia decidirá entre dos plataformas irreconciliables. Por un lado, Cepeda representa la continuidad de la política de Petro, basada en apoyos sociales que han llevado la deuda pública a niveles preocupantes, pero que han sido la base para la subsistencia de millones de personas que sufren de falta de oportunidades en uno de los países más desiguales del continente. Por el otro, De la Espriella aspira a convertirse en un nuevo Trump latinoamericano, al estilo Milei y Bukele, promoviendo el estado mínimo, recortes sociales y una política de mano dura que apostará más a la construcción de megacárceles que a la restitución del entramado social.

• Al quite forzado por Inzunza
De la Espriella ha entendido el clima político internacional y el hartazgo ante la ineficiencia gubernamental, la corrupción y el dar unos centavos para sobrevivir sin incentivar realmente el progreso sustentable. Sin embargo, la política económica de “sálvese quién pueda” no deja de parecer cruel cuando un alto porcentaje de la población vive bajo los umbrales mínimos de la dignidad humana. No obstante, el apoyo de Uribe de cara a la segunda ronda parece sentenciar su ascenso al poder.
La izquierda colombiana parece desgastada y falta de ideas. Arrojar monedas y hablar de la paz no crea oportunidades ni limpia los potreros de la burocracia. Sin embargo, la retórica de la división y la ostentación de la fuerza y el poder por encima de derechos y personas, tampoco es una salida firme ante las complejas problemáticas económicas y de seguridad del país.
Esperemos que la confrontación se quede en los discursos y que el ganador entienda que gobernar implica reconocer uno mismo los límites morales de su acción; que, así como se puede comprender y utilizar el enojo ante la suciedad en la política tradicional, se empatice con el dolor de la pobreza y el abandono institucional.

Los nuevos términos de la relación

