El desborde de la emigración en Ceuta y Melilla en las últimas semanas ha hecho de España foco de una de las causas existenciales de las nuevas derechas globales. La Unión Europea ha reprochado al gobierno de Pedro Sánchez flexibilidad en materia migratoria y algunos líderes, de las corrientes más extremistas en Bruselas, le han recordado su oposición a la ofensiva de Israel en Gaza.
La presión de Europa sobre España, a diferencia de la que en años recientes han recibido otros gobiernos europeos, como el alemán, tiene el agravante de la posición de Madrid sobre la soberanía de la nación palestina y el rechazo del gobierno socialista de Pedro Sánchez al avance de las tesis xenofóbicas y racistas del nuevo conservadurismo europeo.
Las escenas de decenas de miles de africanos ingresando a Ceuta y Melilla han circulado como enésima entrega de la saga de una “invasión de bárbaros” a la vieja civilización occidental. Las cancillerías europeas se han movilizado contra Madrid, con el respaldo, deliberado o no, de toda la oposición peninsular, desde la izquierda más extremista hasta Vox y la derecha nativista.

2027. En el cerca-lejos
La reacción contra el gobierno de Pedro Sánchez se ha hecho sentir, incluso, en el Capitolio de Washington, donde un grupo de legisladores ha propuesto defender a Ceuta y Melilla como parte del reino de Marruecos. La pirueta geopolítica es todo un derroche de ironía: frente a un gobierno que defiende la independencia de Palestina, aliados de Israel en Estados Unidos disputan la soberanía española sobre territorios africanos. Un antimperialismo selectivo que, en el fondo, lo que reprocha es que España no haya construido, en su frontera con Marruecos, un muro como el que separa a Estados Unidos de México.
El gobierno de Giorgia Meloni en Italia ha llevado la reacción al extremo, al suspender el espacio Schengen con España. El gobierno de Benjamín Netanyahu también ha mandado señales adversas a España, que incluye un estrechamiento de relaciones con el rey marroquí Mohammed VI, quien ha lanzado en su país el proyecto del “Gran Marruecos”, siguiendo, en buena medida, el ejemplo del “Make America Great Again” de Donald Trump.
Una gran autopista que atravesará el Sahara occidental, desde territorio marroquí, ha sido bautizada con el nombre de “Donald Trump”, y el hijo de Netanyahu, Yair Netanyahu, ha dedicado podcasts a defender la soberanía marroquí sobre Ceuta y Melilla. El gobierno de Sánchez, bajo esa triple presión de Estados Unidos, Europa e Israel, ha intensificado las deportaciones, ha aplicado el reforzamiento de controles fronterizos y ha declarado un “estado de emergencia nacional”.
Nada de eso ha parecido suficiente a Santiago Abascal, líder de Vox, quien rápidamente se trasladó a Marruecos y pidió la “militarización permanente de la frontera”. Esa derecha española acusa a Sánchez de estar sometido por Marruecos, como el trumpismo acusaba a Obama y a Biden de cómplices de México.

Refinerías clandestinas sin detenidos

