A Fernando Farías Laguna se le acabó la aventura de viajar y finalmente viene de regreso a México, aunque no precisamente porque le hayan entrado ganas de visitar a la familia.
Después de andar prófugo, ser detenido en Argentina y protagonizar todo un show jurídico para evitar regresar al país, ahora tendrá que responder por las acusaciones que lo colocan como una de las piezas principales del entramado del huachicol fiscal. Y es que el muchacho no está acusado de haberse llevado un par de tambos de gasolina escondidos en la cajuela, sino de formar parte de una estructura que habría permitido introducir millones de litros de combustible de contrabando al país, evitando el pago de impuestos. O sea, un negocio de esos donde, para que nadie vea nada, se necesita que demasiada gente cierre los ojos al mismo tiempo.
Pero Fernando tampoco aparece solo en esta historia. Su hermano, Manuel Roberto Farías Laguna, también está señalado dentro de la misma investigación y, a los dos, los han identificado como cabecillas de una estructura que trabajaba al amparo de uno de los hombres de mayor confianza de Andrés Manuel López Obrador durante su gobierno. Y ahí es donde el asunto se pone bueno, porque según las investigaciones, el entramado no se limitaba a dos familiares haciendo negocios ilícitos: aparecen militares, aduanales, empresarios, transportistas y operadores que hicieron posible mover cantidades enormes de combustible por distintos puntos del país. Demasiada gente para después salir con que nadie sabía nada.
Y resulta todavía más curioso, porque durante seis años nos repitieron hasta el cansancio que los puertos y las aduanas tenían que quedar en manos de las Fuerzas Armadas, precisamente para terminar con la corrupción. El argumento era muy sencillo: los civiles estaban podridos y los militares vendrían a poner orden. Pues resulta que uno de los mayores escándalos de contrabando de combustible, terminó apareciendo precisamente dentro de ese sistema que se vendió como incorruptible. No quiere decir que todos estuvieran metidos, por supuesto que no, pero tampoco quieran hacernos creer que una red capaz de mover barcos, millones de litros, documentos, pipas, almacenes y millones de pesos funcionaba gracias a dos familiares muy habilidosos que hacían todo desde el teléfono.
Lo importante de todo esto es saber hasta dónde llega el hilo cuando comiencen a jalarlo. Quién autorizaba, quién protegía, quién firmaba, quién recibía y, sobre todo, quién sabía. Este asunto dejó de ser un escándalo exclusivo de unos cuantos para convertirse en uno de los casos que pueden explicar hasta dónde llegó la corrupción durante un gobierno que hizo de la honestidad una de sus principales banderas. Ahora bien, si realmente quieren llegar al fondo, no basta con detener a los Farías Laguna; tendrán que investigar quiénes eran los tíos, los amigos, los socios y los padrinos políticos de un negocio que difícilmente pudo crecer de ese tamaño sin que alguien importante se enterara y lo autorizara.
La última…
¿Y con esto se acaba el show de la honestidad, y lo de
no robar, no traicionar y todo lo demás que repetían, así como merolicos?
…y nos vamos.
El acompañante de Melesio
