Cuando, hace tres años, Andrés Manuel López Obrador anunció en el evento del aniversario 107º de la Constitución que pretendía realizar 20 reformas, dos de ellas eran particularmente importantes, por la destrucción institucional que representaban.
La más grave era la reforma al Poder Judicial, que finalmente llegó a mal puerto, con la elección popular de las personas juzga doras, que resultó “la elección del acordeón”. La otra era la captura del Instituto Nacional Electoral, dando fin a su autonomía como órgano constitucional autónomo y volviendo al control gubernamental de los procesos electorales. Si bien esto no se logró tan descaradamente, lo cierto es que el propio obradorato ha generado la crisis que actualmente atraviesa el INE. Son ellos los responsables políticos de lo que está ocurriendo, por haber permitido la llegada de Guadalupe Taddei a la Presidencia del Consejo General del INE en 2023. Dado que no pudieron lograr las reformas electorales que pretendían (los planes A, B y C), lo que han hecho, en su afán de poder y control, es aprovechar los resquicios legales y políticos para tener toda la injerencia posible dentro de las autoridades electorales (INE y Tribunal Electoral).
Hoy, para deslindarse del escándalo Taddei, argumentan que llegó al cargo por la suerte, favorecida en una insaculación (tómbola). Pero sabemos que ese penoso infortunio resultó, primeramente, de la integración de un comité de evaluación conformado con perfiles mayoritariamente proclives o vinculados directamente con el régimen; esa instancia, contemplada en la Constitución, es la que propone al pleno de la Cámara de Diputados las quintetas para ocupar las vacantes en el Consejo General del INE. Y, después, como en 2023 Morena y sus aliados no tenían mayoría calificada, por la soberbia de no querer acordar nada con la oposición, se llegó a la instancia límite del sorteo.

• Misterioso estacionamiento
La captura del INE ha sido progresiva. Taddei fue una eficaz operadora política del régimen en el órgano electoral: se encargó de conformar y mantener un bloque de consejeros que ha votado sistemáticamente a favor de los intereses del régimen; fue respaldada para poder encabezar el INE de manera vertical y despótica; y un criterio del Tribunal Electoral, que luego se convertiría en una reforma legal, le permitió realizar nombramientos de las áreas clave que permiten el funcionamiento del INE, sin tener que reunir los ocho votos en el Consejo (de 11 posibles) que antes se exigía. Esto rompió la colegialidad y permitió la discrecionalidad con la que Taddei se condujo.
El régimen recompensó a Taddei hasta que cayó de su gracia. Las evidencias periodísticas sobre conflictos de interés, actos de corrupción y uso indebido de funciones llevaron a su renuncia. Nunca nadie en el INE, y menos aún su Presidencia, había estado envuelto en un escándalo semejante. Pero el régimen, lejos de reconocer “el error Taddei”, y aplicando la receta de la casa, dirigió sus misiles nada menos que contra Lorenzo Córdova, el anterior presidente en el cargo (¡vaya contraste!), ese ejemplar funcionario que se caracterizó por su probidad, su absoluta imparcialidad y su defensa de la autonomía del INE, sin doblegarse ante los constantes ataques que recibió.
Construir confianza en materia electoral fue un trabajo complejo que tomó décadas y varios procesos electorales. En un microciclo, Taddei dejó gravemente golpeada la confianza que el IFE/INE había construido.
Ahora que inicia el proceso para nombrar a su sustituta, existe la posibilidad —aunque se ve poco probable— de que todos los partidos acuerden un perfil idóneo para encabezar la titánica tarea de recuperación de confianza ciudadana en el INE, de cara a las elecciones de 2027. A nadie le conviene una autoridad electoral desprestigiada. Ojalá el régimen pudiera entenderlo.

Crisis inédita

