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Rafael Rojas

Biden y Putin en Ginebra

APUNTES DE LA ALDEA GLOBAL

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Biden y Putin se saludan en Moscú, Rusia, en 2011.Foto: AP
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  • Rafael Rojas

En su más reciente libro, Nuclear Folly (2021), sobre la Crisis de los Misiles de 1962, el historiador de origen ucraniano Serhii Plokhy, profesor de la Universidad de Harvard, recuerda que desde 2018 ya no está en vigor el Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Rango Medio, INF por sus siglas en inglés, entre Estados Unidos y Rusia. Firmado en 1987 por Mijaíl Gorbachov y Ronald Reagan en Washington, el acuerdo fue desestimado unilateralmente por Donald Trump en 2018, alegando incumplimiento por parte de Rusia.

A pesar de su permanente coquetería con Trump, Vladimir Putin comenzó a declarar, a partir de 2019, que “si Estados Unidos quería”, Rusia estaba lista para una “nueva crisis de los misiles cubana”. Putin repitió la declaración en 2020 y, luego, a principios de 2021, dirigiendo el mensaje, esta vez, a Joe Biden. Las reiteradas declaraciones se inscriben en la vuelta al estilo —mas no al contenido— de la Guerra Fría, que vivimos en los últimos años.

La próxima reunión de Biden y Putin, en Ginebra, se produce en uno de los momentos de mayor tensión entre Estados Unidos y Rusia después de la caída del Muro de Berlín. A la falta de protocolos elementales para la paz global se suma el saldo de una presidencia tan marrullera como la de Donald Trump, en la que Moscú alcanzó un grado de implicación —directa o indirecta— en la política doméstica de Estados Unidos, como no lo había tenido desde la Guerra Fría.

En su campaña, Biden abusó de la amenaza de “mano dura” con Rusia, regalando cartas al juego geopolítico de Putin. En abril, Washington anunció la expulsión de diez diplomáticos rusos, acusados de agentes de inteligencia de ese país. Biden también aplicó sanciones económicas contra Moscú bajo el argumento de que las operaciones de inteligencia rusas constituían una “amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional, la política exterior y la economía de Estados Unidos”.

En aquel momento, los portavoces del Kremlin, María Zajarova y Dmitri Peskov, declararon que “un comportamiento tan agresivo merecería una respuesta agresiva”. Unas semanas antes, Biden, en alusión velada al envenenamiento del opositor Alexei Navalny, había llamado “asesino” a Putin en una entrevista con la cadena ABC. El presidente de Estados Unidos contó, en esa misma entrevista, que había hablado por teléfono con Putin en enero de 2021 y que, literalmente, le anunció represalias.

Las represalias llegaron en abril, con las sanciones, pero la respuesta de Putin, taimadamente, se ha demorado hasta ahora. A unos días de reunirse en Ginebra, Rusia ha puesto fin al Memorándum de Tierra Abierta, otro protocolo del fin de la Guerra Fría que facilitaba el desplazamiento de diplomáticos estadounidenses por el territorio ruso. El Primer Ministro Mijaíl Mishustin ha declarado que la medida es una reacción a los límites de movilidad impuestos por Estados Unidos a sus propios diplomáticos.

Las mutuas expulsiones de representantes y agentes y las restricciones al intercambio comercial y diplomático entre Estados Unidos y Rusia han llegado al clímax, antes del encuentro de Biden y Putin en Ginebra. El aumento de la tensión tiene que ver con Navalny y las intervenciones de una y otra potencia, pero también con Ucrania, Bielorrusia y los proyectos de expansión de la Unión Europea y la OTAN.

Biden ha colocado su gira europea y la cumbre del G-7 bajo el eslogan del “regreso de Estados Unidos”, después del aislacionismo de Trump. Una dificultad que ofrece el mensaje del “regreso” de Washington es que se asocia con la reedición de dinámicas unipolares de las primeras décadas de la Postguerra Fría. Pero el mundo del siglo XXI parece alejarse cada vez más de aquella hegemonía liberal de los años postcomunistas. Persistir en los viejos modos de esa hegemonía puede ser contraproducente e incentivar el ascenso de nuevos autoritarismos, como el ruso, que se nutre de la rivalidad con Occidente.