Prepara nueva obra

Luis de Tavira: En el teatro nos jugamos la sobrevivencia de lo humano

El director reflexiona este Día Mundial del Teatro sobre los desafíos ante un mundo amenazador y una política cultural desarticulada; afirma que esta profesión “es como el amor, cuando dices sí, vas con todo”

EL ACTOR, en una sesión
fotográfica durante la
entrevista con La Razón.
EL ACTOR, en una sesión fotográfica durante la entrevista con La Razón. Foto: Carlos Mora

El actor, director y dramaturgo Luis de Tavira, renovador de la tradición escénica mexicana, acababa de impartir una clase magistral en el Centro Cultural Helénico con un aforo totalmente lleno, en su mayoría jóvenes ávidos de aprender del maestro.

En ese contexto recibió a La Razón para reflexionar en el marco del Día Mundial del Teatro, que se conmemora hoy, sobre la importancia de este arte en un mundo nihilista y abrumado, cómo una obra puede ser esperanzadora ante una realidad amenazante.

No se detuvo ahí; en cada pregunta hacía una pausa para discurrir y hablar, por ejemplo, de la falta de una política cultural que articule todo lo que ocurre en la escena nacional.

Con una trayectoria que incluye proyectos experimentales, teatro íntimo o comunitario, el fundador de instituciones escénicas también comparte cómo vive lo más primigenio de este arte: subir al escenario y después despojarse del personaje que encarnó.

Además, adelantó que prepara una próxima obra basada en un misionero español en Japón a quien le tocó vivir la bomba atómica de Hiroshima, en 1945.

EL DRAMATURGO, en el Centro Cultural Helénico
EL DRAMATURGO, en el Centro Cultural Helénico ı Foto: Carlos Mora

En su mensaje de este año por el Día Mundial del Teatro, el actor Willem Dafoe asegura que este arte es una manera de desafiar nuestra manera de pensar.

—¿Para usted qué es?

Estoy plenamente de acuerdo con esa afirmación; es eso y muchas cosas más. Hoy en día es un desafío a un cambio que empieza en el pensamiento, en el descubrimiento, en la resistencia a la conducción subliminal de lo que hemos de opinar, de pensar y decidir, porque el teatro es una experiencia que crea y despierta. Su finalidad es crear conciencia común y personal.

—¿Cuál fue para usted la primera obra que le generó algún tipo de conciencia sobre algún tema en particular?

Cuando estaba en preparatoria, un maestro jesuita nos llevó a ver la última puesta en escena del director Seki Sano. No sabía quién era, pero imagínate un nombre de esa significación. Actuaba Ignacio López Tarso en una obra de Robert Bolt que se llama Un hombre contra el tiempo, sobre Tomás Moro, y justamente sobre el dilema de la conciencia y de la libertad a riesgo de la propia vida. Era divertida, interesante, sacudidora. Produjo en mí un acto de conciencia acerca del desafío de ser libres.

—A lo largo de estos años de trayectoria, ¿cuáles han sido estos desafíos para mantener la libertad cada vez que dirige, actúa o se propone un proyecto?

El gran desafío es que el teatro continúe, como decían los ingleses, bajo las bombas de la guerra. No suspendían la función porque, si esta no sigue, nos tendremos que rendir y perder la oportunidad de seguir siendo nosotros.

En este mundo amenazado, nihilista y abismado, en el hacer teatro nos jugamos algo mucho más importante, la sobrevivencia de lo humano y de la comunidad humana.

Entonces, el gran desafío, la gran batalla es que el teatro sea, porque vivimos en un país en condiciones cada vez más difíciles para hacer teatro. Uno lo primero que tiene que aprender es que no se puede, para entonces decir: “Eso que no se puede tiene que poderse”. Y ésa es la batalla. Se consigue y se puede. Después uno exulta de alegría al ver el resultado y al ver al público.

—Hay muchas personas en esa batalla, produciendo obras, por ejemplo…

No es solamente producir. Nuestro teatro es una potencia superproductora de espectáculos. Quizá en Latinoamérica, solamente superados por Argentina, que produce todavía más.

Pero el problema es un dispendio tremendo, porque es montar un espectáculo que se desvanece una vez que se termina. Es un esfuerzo enorme reunir un elenco inestable para llegar a un estreno, dar unas cuantitas funciones y desaparecer todo. No deja nada.

Ahí hay un dispendio terrible, porque estamos trabajando en el aislamiento y en la eventualidad. No hay error más grande en la política cultural que trabajar la eventualidad y lo que hacen los responsables de la acción cultural pública es puro evento, festival, folclore.

Sin embargo, el arte y la cultura se desarrollan en la estabilidad y en la articulación. Se hace mucho, pero totalmente inconexo.

Lo que se hace en Querétaro debiera potenciar lo que se realiza en Veracruz. Es la diferencia entre una mesa llena de pirinolas que giran como locas o en una donde todas las piezas están conectadas. Nos urge articulación y estabilidad para crear al espectador nacional, que es la prioridad.

—Usted ha hecho varios proyectos, que van desde lo experimental a la búsqueda del teatro íntimo o lo comunitario, ¿cómo elige lo que decide dirigir o crear?

No elijo, me elige. La obra sale al encuentro, me llega y me reta, entonces a mí me queda decir sí o no, como en el amor. Si digo sí, entonces va con todo.

—¿Cómo es para usted la experiencia de estar sobre el escenario?

Un actor se prepara, prepara su corazón, su mente se concentra, se relaja, se dispone en la espera, no en la expectativa; el que quiere que suceda lo que ya sabe nunca lo consigue. Es una desilusión. El que está a la espera quiere que suceda lo que no sabe y entonces se sorprende.

—Al final de una función, ¿cómo se desprende del personaje que interpreta?

Eso es una experiencia decisiva; uno no puede llevarse al personaje a su casa ni a la esquina. Terminada la función, es como el sueño. Uno despierta y se da cuenta de que ha sido profundo, revelador, que nos cambia, pero que se desvanece, como dice Segismundo.

—¿Qué revelaciones le han llegado después de una función?

La importancia de la compasión. El descubrimiento de la sabiduría que implica la misericordia. Que el teatro es también una experiencia de empatía.

—Hay obras que nos siguen hablando en la actualidad sobre el poder, las desigualdades, las barbaries, a pesar de haberse escrito hace décadas o más de un siglo. ¿Esto a usted lo llena de pesimismo?

No, al revés. Son testimonios de que ha habido cambios, pero que también se sucumbe y que la experiencia que nos ha dejado el teatro es que se cambia o se puede evitar. Podemos lamentar muchísimo lo que está sucediendo, pero el teatro siempre nos recuperará la esperanza, porque es el arte del cambio.

—¿Hay obras en particular que a usted le devuelven esta esperanza?

La próxima.

—¿Cuál es la próxima?

Estoy trabajando en la escritura de una obra sobre un personaje jesuita que me parece un símbolo de este momento. Es un misionero español en Japón a quien le tocó vivir la bomba atómica de Hiroshima en 1945.

Antes de ser jesuita, era médico y, ante lo que está sucediendo, se despoja de la sotana, se pone su bata de médico y se dedica a atender a los demás. Afirma que a partir del sufrimiento de las víctimas descubrió de qué se trata esta vida.

Este personaje es uno más de un grupo de obras que hemos hecho antes sobre otros personajes de la Compañía de Jesús y su relación con la historia y con la sociedad.

Ahora este hombre que sobrevivió a la bomba y que le toca protagonizar esta época de cambios, de compromiso con los que más sufren y con los pobres y tomar una opción ante los problemas de la sociedad.

Los jóvenes ya no tienen claro lo que ahí pasó y lo que se olvida, se repite. Lo estamos viendo; todos estos juegos temerarios de la voracidad capitalista, del gran negocio de las armas que ha llevado a estas guerras, lo que está pasando en Irán o todo el genocidio palestino o en Ucrania. Son señales muy alarmantes de que se nos olvidó.

La guerra nuclear nunca había estado más cerca que ahora y al parecer no hay una voluntad de paz entre los líderes de los estados más influyentes.

—¿Cuándo estaría ya en escena la obra?

Es para el año que entra. Estoy ahora en su composición.

Obras de su autoría

  • PREMÁTICA DE LOS EXCESOS de un sátiro despechado y arrepentido penitente (1972)
  • SODOMA y Gomorra (1972)
  • LA BANDA de Dionisos (1973)
  • MISSA solemnis (1974)
  • IMPROMPTU para tuba en llamas (1979)
  • EL GENERAL madruga (en colaboración con J. Garrido y Arturo Beristáin, Frei Volsbuhne, Berlín, 1982)
  • NOVEDAD de la patria (1983)
  • ZOZOBRA (basado en los poemas de Ramón López Velarde, FIC, 1988)
  • LA CONSPIRACIÓN de la cucaña (homenaje a Alfonso Reyes, en colaboración con Alfonso de María y Campos, 1989)
  • LA SÉPTIMA morada (1991)