La poeta Julia Santibáñez recibe a La Razón en su recámara, uno de los espacios más personales de su casa. Entre los objetos que atesora está una esfera azul que le regaló su papá cuando era niña. Toda su vida la ha acompañado y espera morir con ella.
Desde ese lugar, la escritora conversa sobre Poquiterías (Bonilla Artigas Editores, 2026), su nuevo poemario en el que se muestra de cuerpo entero: comparte sus heridas más personales, la muerte de sus hermanos y de su madre, pero también el abuso sexual que vivió y, por primera vez, aborda de manera frontal la violencia que atraviesa México.
El libro reúne lo más íntimo, lo más sutil, lo que pareciera insignificante, pero también muestra una mirada crítica de la realidad del país. Considera que es su poemario más personal: está el yoga, los dientes que conserva de su hija, las plantas —que en su casa son abundantes—, César Vallejo, poeta con el que dialoga constantemente, y la música de Nina Simone.
- El Dato: Julia Santibáñez es también, actualmente, titular de la Dirección de Literatura y Fomento de la UNAM.
¿Cómo surgió la posibilidad de que la antropóloga Rita Segato escribiera el prólogo de Poquiterías? Tengo la fortuna de haber iniciado una amistad con Rita a partir de su propio libro de poesía, El camino de regreso. Me dijo: “Quiero leerte un día. Mándame algo”. Le comenté que justo estaba por cerrar un libro, se lo mandé terminado y se tardó varios días en responder, me puse nerviosa. Después me escribió eso que se publicó.
Es de una generosidad impresionante y, sobre todo, me emociona que venga de una mujer de una sola pieza, que te dice lo que piensa. Que le haya gustado mi poesía y le haya transmitido algo me emociona.
No me la creo ni me la voy a creer. Rita Segato es demasiado generosa, verdaderamente sentí un apapacho al corazón muy rico.
El libro aborda temas profundos, ¿por qué se llama Poquiterías? Es una especie de crítica irónica, porque pareciera que son poquiterías hablar de otra niña muerta, otro niño asesinado, otra niña violada.
La primera parte del libro sí son las poquiterías: los objetos, las plantas, la hormiga. En la segunda, están esos asuntos que, aparentemente, para nuestros gobiernos, para algunos medios, son poquiterías, porque ya estamos tan acostumbrados que pensamos: ¿qué más nos da?.
Es una crítica muy frontal de mi parte. Es decir, éste es el México en el que estoy viviendo y no puedo ser omisa. No puedo no hablar de lo que estoy viendo y lo que estoy viviendo.
- El Tip: ha escrito El lado B de la cultura. Bravías, parranda y pura cosa linda en México del siglo XX y El lado B de la cultura. Codazos, descario y adulterios en el México del siglo XX.
Hay heridas familiares, pero también, por ejemplo, está presente el yoga y las plantas, que son como parte importante de tu vida. ¿Es el poemario más personal que has escrito? Sí. Cada vez mis libros son más personales, más íntimos. Miro más hacia dentro sin temor y sin recelo. Siempre uno se frena un poco y se pregunta: ¿a quién le va a importar esto que a mí sí? Pero luego resulta que conectas con lectoras y lectores que también están en la misma búsqueda que tú.
Hasta ahora, es mi libro más personal, más íntimo, donde estoy más de cuerpo completo, con heridas, dolores, muertes. Están los fallecimientos de mi hermano, en 2019; de mi madre, en 2020, y de mi hermana, en 2023.
Ahí está la búsqueda de lo significativo realmente, porque me he quedado rodeada de muertos de mi familia nuclear. De pronto me pregunto: ¿cuál es el sentido de la vida si ya no tengo con quién compartir algo de mi infancia? Ya no tengo con quién hablar esos recuerdos, porque ellos ya no están.
Por supuesto que está mi hija, están mis sobrinas, tengo mucha familia que adoro, pero esa parte me falta. Creo que, a raíz de esas muertes, también ha venido una búsqueda mía personal.
Este libro también es eso: lo de bajo volumen, lo suave, lo sutil, lo que no se nota, la propia portada lo refleja con esas hormigas, que parecieran no importar.

Luis García Montero contaba que, tras la pérdida de su esposa, le hizo preguntas a la poesía. ¿Qué te ha pasado a ti durante tus duelos? Siempre me acuerdo del verso de Jaime Sabines que no necesariamente se refiere a un duelo, sino a un amor: “¿Por qué nos separaron? Me haces falta para andar, para ver”, que pertenece a Adán y Eva.
Es lo que me pasa con los muertos. Me he dedicado a escribir muchísimo de mi familia cercana. Tengo no sé qué cantidad de poemas escritos sobre sus muertes que no están publicados.
No le pregunté a la poesía, pero sí me acerqué más desde otro ángulo. Tengo varios poemas en los que reflexiono sobre por qué eché a lavar la pijama que vestía mi mamá cuando murió. El poema no lo dice, pero mi interpretación es como para tratar de alejar la muerte. Es decir, si ya está lavada y huele a Vel Rosita, pues entonces a lo mejor mi mamá mañana la viene a vestir.
En tus poemas hay también una mirada hacia la cotidianidad. ¿Qué papel juegan los objetos? Me interesan mucho los objetos, pero no los que compras, sino aquellos con una historia. Por ejemplo, la esfera de cristal que me dio mi papá cuando yo debía tener unos seis o siete años.
Mi papá siempre me contaba historias sobre el universo, que viajaba a las galaxias y peleaba contra gigantes. Yo me lo imaginaba como un héroe mitológico del universo. Un día llegó y me dijo: “Mira lo que me regalaron, así se ve el universo”. Y la tengo hasta el día de hoy. Para mí, este objeto es de mis favoritos en la vida.
Me moriré con él, espero que me cremen con él, porque es mi papá, su amor y la literatura, él me acercó a los libros.

También evocas a César Vallejo y muestras tus búsquedas como poeta… Están aquí mis lecturas. Está desde Nina Simone, que no es literatura, sino música, pero es arte, hasta César Vallejo, con quien estoy siempre en diálogo.
Hace como unos cinco años compré la poesía completa de César Vallejo y me la leí de un tirón. Fue como una revelación muy importante para mí. Desde ahí mantengo un diálogo significativo con él.
Hay una constante búsqueda de mi parte de no repetirme o, cuando menos, intento no hacerlo de una manera tan flagrante. Busco fecundar mi creación con otros estímulos, con otras artes, con otras disciplinas para tratar de encontrar nuevos ángulos y nuevas formas de decir las cosas. Creo que, en gran medida, de eso se trata la poesía.
¿A qué te atreviste en este poemario que en otros no? Me atreví a abordar temas con los que no había querido meterme de manera tan puntual, tan frontal, como la violencia en México contra los niños que son asesinados.

Tenía un poema en Sonetos y Son, que se llama “De la muerte niña”, que es un soneto sobre una chiquita que fue asesinada, pero no me había vuelto a meter ahí, porque de pronto siento que a lo mejor no tengo las credenciales, la autoridad, porque no tengo cerca ninguna historia así dramática sobre una muerte de un niño o una niña asesinada.
Pero en esta ocasión, en este libro sí dije: “No puedo no hablar de eso. Es lo que está pasando en México”.
¿Cómo llegaste al poema “Jardín de niños”? No sabía por dónde entrar. De repente, en una conversación, alguien mencionó el jardín de niños y pensé: “Claro, es que México es un jardín de niños, porque está sembrado de niños asesinados, de niñas descuartizadas”.
Cierras con “El privilegio de la violencia”. ¿Por qué decidiste abordarlo así? Sentí que tenía que escribir también algo sobre eso, porque es una realidad que estamos viviendo. Trato de acercarme desde lugares no convencionales, no desde un lugar común, no desde lo muy manido. Trato de acercarme desde una mirada que diga algo distinto.

¿Qué papel crees que juega la poesía en un México como el de hoy? Hay un duelo muy profundo del que también tenemos que hablar, no sólo desde el periodismo, también desde el arte. Nicanor Parra decía que los poetas debemos reinventar, reescribir el mundo, dar las palabras. Coincido mucho con eso. De eso se trata mi chamba, como escritora: decir de nuevo lo que ya se ha dicho mucho, pero dejando una huella que pueda tocar más fibras.
¿Qué tan cercana está la gente a la poesía hoy? Es una pregunta que tiene respuestas complicadas. Creo que, por un lado, la poesía nos es necesaria como seres humanos. Las palabras se desgastan, el lenguaje se desgasta y la poesía lo que hace es darles nuevo brillo, recupera el brillo que tenía.

No hay que ser tan tremendistas como que ya a nadie le importa la poesía. No es cierto, siempre habrá alguien que necesita decir un amor, una tragedia, una catástrofe o un temor, en fin; entonces ahí está la poesía para ayudarnos, a veces a través de la letra de una canción, que no quiero decir que todas las canciones tengan poesía, pero sí algunas de ellas. Hay que recuperar la esperanza, en parte, para mí la poesía y las plantas representan eso, una esperanza de que estoy sembrando.
Tu relación con las palabras es crucial en todo lo que haces. ¿Cómo se refleja en los poemas de este libro? Las palabras son lo mejor que me ha pasado en la vida. Son lo más divertido, más flexible; son como un juguete increíblemente poliédrico: lo puedes mover para todos lados y no se rompe.
Todo el tiempo estoy conviviendo con palabras, inventando otras. Por supuesto, en este libro está presente esa fascinación mía, esa reverencia que les tengo, esa devoción, pero también ese enojo, porque a veces no dicen lo que quiero que digan.

En mi cabeza está muy padre el poema y a la hora que lo vacío digo: “Nada que ver, esto no es lo que yo quiero decir”.
Ojalá logre contagiar esta insaciable necesidad y este inacabable gusto por las palabras y por jugar con ellas, porque son nuestro patrimonio, son nuestro hogar, mi patria. Si mañana me tengo que ir de México, no me voy a llevar el país, sino mi idioma y mi lengua.

---
NOVEDAD EDITORIAL
Julia Santibáñez comparte con los lectores de La Razón tres textos de su más reciente libro Poquiterías.
“Evita que te ciegue”
Escribe un primer verso
que celebre lo cabal, la blancura
de esta leche fría en la jarra.
Antes de continuar, detente.
No escarbes en lo obvio del color;
busca la maña del fermento
y mira qué esconde
la ostentación maniquea.
Nada es blanco. Nada en puridad.
Rodéala a fin de comprender
y evita que te ciegue.
Mira qué contradice su virtud.
No des tregua. Sigue la cal, la pus.
Desde el blancor de sus riñones lácteos
escucha el grito, el agravio
y lo que esconde su gesto sereno.
Mejor escribe de la leche negra
aunque la veas blanca como nieve.
Quizá entonces des con el poema.
---
“Poquiterías”
Derivo la infancia de mi hija
en tres dientecitos
que guardo en una caja a su tamaño.
Me conmueve la pata roja
huérfana de hormiga
a un lado de la fila industriosa.
Estoy amando a un hombre
cuyo espesor semeja
el de una hoja de papel.
Disfruto aligerarme
y espontanear
en calcetines por la casa.
Sé que algo me auguria
el botón de gardenia
que asoma hoy entre las hojas.
---
“Cosa de niñas”
A-se-rrín-a-se-rrán
los-ma-de-ros-de-San-Juan.
Me escondo, me hago pelota
y me levanto la falda.
¿Qué será esta cosita
la que me pongo a escarbar?
Le pregunto, soy curiosa
y me gusta preguntar
pero nunca me contesta
y parece como muda
o chance está enojada.
Pi-den-pan-no-les-dan
pi-den-que-so-les-dan-hue-so.
A él le gusta tocarla
a veces cuando se esconde
y me dice “mi hermanita”
pero no sé, no me gusta
ya no quiero ser traviesa
ni hacer como que entiendo
cuando canta con voz ronca
aquello, lo del pescuezo.
Pi-den-pan-no-les-dan
pi-den-que-so-les-dan-hue-so
que-sea-tora-en-el-pes-cue-zo.

Ofrecen nueva mirada a la obra de Luz Osorio en el Museo de San Carlos


