Oh, Dios de los cronistas, por qué me has abandonado.
Hace unos años fui diagnosticado con Síndrome de Intestino Irritable. ¿Pueden creerlo? A mí. Que todo me valía madre. Que he arriesgado el pellejo de las formas más estúpidas posibles. Que viví la guerra vs. el narco en la ciudad más violenta del sexenio de Felipe Calderón.
No crean que me hice pendejo. Bueno, sí, un poco. Pero con todo y mi desidia, acudí al médico, hice dietas, me fixié mamada y media: alevian, espavén, carbón activado, trimebutina. Renuncié al picante, le bajé cabrón a la chela. Me atiborré de té, cuachalalate, chaparro amargo, probióticos y caldito de pollo. Nada funcionó.

El Cultural No. 550
La colitis nerviosa, como se le conocía antes, no te asesina. Ah, pero cómo chinga. Es una enfermedad impostora. Pura sufridera de oquis. Es la cerveza cero de los padecimientos. Es mentira que lo que no te mata te hace más fuerte. Te vuelve más loco. Es la única explicación que encuentro para que me atreva a confesar lo que voy a contar a continuación. La desesperación en la que te hace caer la distensión es tu peor enemigo.
Como mi colitis no remitía ni rezándole a San Cucufato, de todos modos de nada servía portarse bien, volví a las andadas. Soy un esclavo. Lo sé. Pero no del sistema. Ni del vicio. De las salsas. Entre más picantes, mejor. La comida luego no me sabe a nada. Mi pasión es enchilarme hasta sorberme los mocos. Me termino hasta dos o tres cuencos en cada sentada. Y eso lo resiente mi vientre. Me hincho, me lleno de gas y amo la vida. Para después odiarme. Pero me aborrecería más si me alimentara como un desahuciado.
ESCRIBO ESTO desde una habitación de hotel en Ciudad Juárez. El horror ya ha pasado. Mientras reflexiono en el estrés post-traumático le doy un sorbo a mi kombucha ginger lemon que me compré en el Chuco. No me pregunten cómo vine a dar hasta acá. Lo que puede abogar en la secuencia de los hechos es que una mañana me encontraba formado para practicarme un ultrasonido abdominal. Era el único hombre en la fila de puras embarazadas. Pinche Dios de los cronistas, gimotié. Por qué me haces esto. Yo soy la Bestia Velázquez. Yo debería estar agarrándome a madrazos con la policía, conectando en Tepito o de juerga en un téibol en el Barrio Rojo. No aquí, entre doñas que se intercambian tips para poder dormir a los ocho meses de gestación.
Uno se pasa la vida evitando lo inevitable. Por miedo. Por desidia. O por pendejo. Ya sabía lo que me iba a indicar el gastro. Pero como dije, fingir demencia es mi crossfit. La camarita por el culo. Si quería llegar al fondo de mis tripas tenía que practicarme una colonoscopía. No me tembló la cola para decidirme. Dije perdónenme pero sí acecto. Me despedí de este mundo con unos tacos de carnitas. Por si acaso. Y después me entregué en colon y alma a prepararme para el procedimiento.
Fiel a las instrucciones, me bebí un sobre diluido de Picoprep a las cuatro de la tarde. No podía salir a la calle, obvio. Me esperaba una tarde de mortal aburrimiento. Así que para matar el tiempo de por sí ya muerto me puse a ver la docuserie The Dinosaurs, narrada por Morgan Freeman. Mis intestinos no respondían. Hasta pensé que me habían timado. Se separó Pangea, pasó el triásico y el jurásico y ni un mísero pedito. Pero en cuanto comenzó el cretácico el trasero me comenzó a tronar. Y entonces no dejaría de arañar las paredes del baño durante varios miles de millones de años, hasta la extensión de los dinosaurios.
ME DESPEDÍ DE ESTE MUNDO CON UNOS TACOS DE CARNITAS. POR SI ACASO. Y DESPUÉS ME ENTREGUÉ EN COLON Y ALMA A PREPARARME PARA EL PROCEDIMIENTO
Con las entrañas bien lavadas me presenté en la clínica a la mañana siguiente. Ya saben, lo rutinario: desnúdese y póngase esta batita pitera, acuéstese de lado en esa cama y récele a San Judas Tadeo. No me lo van a creer, pero en ese momento mi principal temor no era un diagnóstico de cáncer. No me masomeneaba que me dijeran que se me estuviera pudriendo el tamal. Mi mayor preocupación eran los lectores de este espacio. Si San Pedro me recogía no podría continuar solventando esta columna. Sí, claro que también pensaba en mi hija, mi perro, mi colección de viniles. Sin embargo, no quería fallarle al Dios de los cronistas. Sé que soy una bestia, pero por mucho aguante que tenga para pistear no creo que pudiera escribir la columna desde Samotracia. Y en caso de que fuera posible, ¿llegarían los emails? Casi podría jurar que la señal de wifi es bastante chafa.
EL ANESTESIÓLOGO ME INFORMÓ que no sentiría nada en absoluto. No le creí. Pero era verdad. No mentía. Sin embargo, después del cóctel que me administró sufrí yo una visión. Me vi a mí mismo como el capitán Steve Zissou montado en un submarino navegando por mis intestinos. Delgado y grueso. Hasta escuchaba de fondo a Seu Jorge cantar “Life on Mars”. A mi lado, admirando el duodeno, el yeyuno, el íleon, el apéndice, el ciego, el colon y el recto, estaba mi tripulación: Kozaro el escriba y el Dios de los cronistas. Este último me decía: ándele puto. La presencia del primero sólo podía explicarse por la novela que estaba leyendo por esos días. Qué buenas drogas maneja este master, recuerdo que pensé entre las sedas de la sedación. ¿Me querrá pasar su whats?
Cuando volví en mí, los resultados estaban listos. El diagnóstico: colitis espástica. Provocada por el síndrome de intestino irritable. Me explicó el gastro que el intestino se expande y luego se contrae a su tamaño original. Pero que en mi caso no ocurre eso. Se queda hinchado. Por eso los gases, el dolor, la maldita distensión. Pero nada para preocuparse, hasta ese momento. Había que esperar una biopsia de rutina. Que se tardó más de una semana. Los resultados fueron los esperados. No hay nada malo en mis tripas. Todo está en mi jodida cabeza. Cada vez que me estreso me hincho. Y si le sumamos mi manera industrial de comer salsa: roja, verde, borracha, tatemada, molcajeteada, de habanero, de chiltepín, de chipotle, pues vivo inflamado.
La buena noticia: tengo un colon sano. La mala: me voy a tomar unas vacaciones de todo lo que me gusta. Salsa, queso, tortillas de harina. Por suerte no me prohibieron la cerveza. Cuánto ha avanzado la medicina. Gracias, Dios de los cronistas. Si me hubieran quitado la chela me habría arrojado a las vías del metro.
Mensaje para mis lectores: la permanencia de esta columna está asegurada. Y si alguno de ustedes tiene problemas intestinales, no le saque al parche. Vayan a que les metan la camarita por el culo. Les juro que es inofensiva. No duele. No embaraza. Nada más no se enamoren del anestesiólogo.


