La mañana del 28 de enero de 1986, millones de televidentes estadounidenses presenciaron en vivo una de las peores catástrofes de la exploración espacial: el transbordador Challenger de la NASA “explotó” apenas 73 segundos después de su despegue desde Cabo Cañaveral, Florida, ocasionando la muerte de su entera tripulación.
La investigación posterior reveló que el accidente se originó por la falla de un anillo de sellado en uno de los cohetes impulsores, debilitado por las bajas temperaturas al momento del lanzamiento, factor que se había advertido antes del despegue.El desastre expuso advertencias ignoradas y una fuerte presión por cumplir calendarios por parte de la agencia espacial.
Dos décadas después, la tragedia es un recordatorio de que el progreso científico exige escuchar la evidencia y poner la vida por encima de cualquier objetivo político o mediático.

Una pintura rupestre reescribe la historia de la humanidad

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