El 26 de abril de 1986, el reactor 4 de la ciudad ucraniana de Chernóbil estalló, provocando una tragedia que liberó 400 veces más radiación que la bomba de Hiroshima, lo que forzó el exilio de miles de personas de una Prípiat que hoy es un museo atrapado en el tiempo de la era soviética.
Lo que nació como un fallo de diseño en uno de los reactores, se convirtió en la cicatriz más profunda de la Guerra Fría y aunque durante décadas la Zona de Exclusión fue un santuario de silencio, desde 2022 los tanques rusos rompieron la calma.
La invasión del ejército moscovita transformó este cementerio radiactivo en otro frente de batalla. El paso de blindados por la zona ha levantado polvo contaminado y la toma de la planta dejó al personal como rehén bajo fuego, mostrando la fragilidad del sitio frente a conflictos geopolíticos.

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