Brecha territorial marca abandono temprano

Abandono escolar rural persiste y pega más a mujeres

El Inegi revela que ocho de cada 10 niñas y adolescentes del campo no concluyeron sus estudios; en hombres, tres de cada cuatro; “no me faltaban ganas, me faltaban caminos”, lamentan

Deserción escolar pega más a mujeres rurales
Deserción escolar pega más a mujeres rurales Foto: Especial

En las zonas rurales, dejar la escuela antes de cumplir 18 años sigue como una marca generacional. Mientras el promedio nacional muestra una baja en el abandono escolar temprano, la Encuesta Demográfica Retrospectiva (EDER) 2025 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) reveló que la brecha territorial no sólo persiste, sino que golpea con más fuerza a las mujeres jóvenes del campo.

A nivel nacional, el porcentaje de personas que no continuó su formación escolar en la infancia o adolescencia disminuyó de 62.4 por ciento entre 1961 y 1967 a 54.3 por ciento en las siguientes tres décadas. Aunque la baja equivale a 8.1 puntos porcentuales en el total nacional, el avance no alcanzó con la misma fuerza a las comunidades de menor tamaño.

  • El Dato: La tasa de abandono escolar en la modalidad escolarizada de nivel superior se situó en 7.1 por ciento durante el ciclo 2023-2024, de acuerdo con datos oficiales de la SEP.

Para las mujeres rurales, el indicador tuvo una ruta opuesta. Entre la generación 1961-1967 y la de 1998-2007, el porcentaje de niñas y adolescentes que no concluyeron sus estudios aumentó 19.5 puntos. Es decir, que mientras el dato nacional descendió, ocho de cada 10 jóvenes del campo no pudieron concluir la escuela, lo que las coloca en el extremo más vulnerable del informe.

El rostro humano de esa brecha aparece en la historia de Aida Granados Caro, médica originaria de la Sierra de Hidalgo, quien enfrentó obstáculos desde su comunidad para llegar a la universidad.

Su testimonio permite aterrizar las cifras oficiales en una trayectoria concreta: la distancia, las carencias económicas, la falta de opciones educativas cercanas y las barreras que suelen acompañar a quienes nacen en zonas rurales no sólo retrasan proyectos académicos, también pueden cerrar caminos a las jóvenes antes de que comiencen.

Granados Caro recordó que, antes de entrar a medicina, tuvo que aprender a defender su derecho a estudiar. En la Sierra de Hidalgo, la universidad no aparecía como un paso natural después de la preparatoria, sino como una posibilidad lejana, condicionada por el dinero y la resistencia de un entorno donde muchas jóvenes abandonaban la escuela.

“A mí no me faltaban ganas, me faltaban caminos. En mi comunidad, querer estudiar no alcanzaba; había que tener para el pasaje, para la comida, para los libros y para convencer a todos de que una muchacha también podía irse a la universidad”, señaló.

Para Aida, la diferencia no vive sólo en una tabla estadística, sino en las decisiones que una familia toma cuando el dinero no alcanza: “Muchas veces no te dicen que no estudies porque no crean en ti; te lo dicen porque no saben cómo sostenerte lejos de casa. El problema es que, cuando una niña escucha tantas veces que no se puede, empieza a pensar que tal vez su sueño es un lujo, algo imposible”.

Situación en México
Situación en México ı Foto: Especial

El camino a la universidad le exigió salir de la sierra y enfrentar una vida para la que nadie la había preparado. La doctora Granados habló de la distancia como una barrera física, pero también emocional. “Yo no sólo me fui de mi pueblo; me fui de todo lo que conocía. Cada clase costaba más que una colegiatura estatal: costaba el miedo de estar sola, la culpa de ver a mi familia apretarse el cinturón y la obligación de demostrar que valía la pena tanto sacrificio”.

La hoy médica aprendió a medir sus avances en cosas pequeñas: un semestre menos, un examen aprobado, una renta cubierta, una llamada a casa sin malas noticias. En su relato, la permanencia escolar apareció como una suma de resistencias cotidianas. “Cuando vienes de una comunidad rural, no estudias sólo para ti. Estudias con la deuda de quienes se quedaron, con la mirada de las niñas que te vieron salir y con la esperanza de regresar convertida en prueba de que sí se puede”, explicó.

En los hombres rurales, los datos también exhiben una brecha persistente, aunque a la baja. El punto más alto se ubicó entre 1968-1977, cuando ocho de cada 10 dejó la escuela antes de los 18 años. La generación más joven, nacida entre 1998 y 2007, muestra una caída a 72.8 por ciento. Los datos rurales muestran trayectorias opuestas entre hombres y mujeres. En ellas, el abandono escolar temprano creció con fuerza, mientras los hombres del campo redujeron parcialmente la interrupción educativa.

Pero el descenso entre los hombres de comunidades rurales tampoco cierra la distancia con quienes viven en las ciudades. Su registro permanece 22.7 puntos por encima del segundo grupo, en donde el abandono temprano fue de 50.1 por ciento. En términos simples, mientras en las ciudades uno de cada dos jóvenes interrumpió su trayectoria educativa, en localidades del campo la cifra se acerca a tres de cada cuatro.

En cuanto a la distribución geográfica, Zacatecas se colocó como la entidad con mayor avance en la deserción escolar general al sumar cinco puntos porcentuales en tres décadas de medición. Este caso contrasta con la tendencia observada en la mayoría de las entidades, donde el abandono escolar antes de los 18 años disminuyó entre ambas cohortes.

Por tamaño de localidad, sexo y territorio, el informe del Inegi mostró que la mejora nacional no borró desigualdades profundas. El descenso promedio convive con comunidades donde la salida temprana de la escuela aún alcanza a siete u ocho de cada 10 jóvenes, y con estados donde las generaciones recientes enfrentan cifras más altas que las nacidas seis décadas atrás.