En un contexto en el que muchas empresas separan el negocio de la responsabilidad social, Mapfre opera bajo una lógica distinta: su accionista mayoritario es la Fundación Mapfre, una pieza relevante en la inversión social, estructural y permanente que realiza la compañía. No se trata sólo de donativos aislados, sino de un esquema que integra crecimiento empresarial con desarrollo comunitario.
La firma —que tiene una historia de más de medio siglo, y que cuenta con presencia en 38 países y más de dos décadas de trabajo social en México—, a través de la fundación canaliza en el país alrededor de 1.2 millones de euros anuales a proyectos que abarcan educación, nutrición, salud, seguridad vial y cultura. A nivel global, la inversión social asciende a cerca de 60 millones de euros cada año.
Su proyecto más emblemático en territorio nacional es el Centro Comunitario Mapfre–Universidad Panamericana, ubicado en el pueblo de Santa Fe, en la Ciudad de México, un modelo integral que ha sido evaluado con metodología del Banco Mundial y que busca romper círculos de vulnerabilidad a través de intervenciones de largo plazo.

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En entrevista con La Razón, Itzel Contreras, directora de Sostenibilidad y Fundación Mapfre México detalla cómo funciona este “círculo virtuoso”, los retos de medir el verdadero retorno social y la transformación estratégica que emprenden rumbo a 2026.
¿CÓMO DEFINIRÍA LA VISIÓN DE FUNDACIÓN MAPFRE? Mejorar la calidad de vida de las personas. Ése es el propósito que compartimos con la compañía, pero desde un enfoque social. La diferencia ahora es que queremos hacerlo poniendo aún más atención en lo que realmente necesitan las comunidades y no sólo en lo que podemos ofrecer desde nuestra estructura.
¿QUÉ DISTINGUE AL MODELO SOCIAL DE MAPFRE FRENTE A OTRAS EMPRESAS? La diferencia principal es estructural: nuestro accionista mayoritario es la Fundación. Eso significa que parte de los beneficios que genera el negocio asegurador regresan a la sociedad. No es un área adicional, es parte del modelo. Entre más crece la compañía en el país, mayor es la capacidad de inversión social. Es un círculo virtuoso que conecta directamente a los clientes con el impacto social.
¿CUÁL ES EL MONTO DE INVERSIÓN SOCIAL EN MÉXICO Y CÓMO SE DISTRIBUYE?
En México invertimos alrededor de 1.2 millones de euros al año en proyectos sociales. A nivel global la Fundación destina cerca de 60 millones de euros anuales. Trabajamos en cinco líneas: acción social, cultura, promoción de la salud, seguridad vial y educación aseguradora. Las que concentran mayor inversión son acción social y cultura, pero todas tienen presencia en el país.
EL CENTRO COMUNITARIO EN SANTA FE ES SU PROYECTO INSIGNIA. ¿CÓMO SURGIÓ? En 2012 iniciamos conversaciones con la Universidad Panamericana para construir un proyecto más integral. Antes apoyábamos principalmente en alimentación, pero identificamos que la comunidad requería una intervención más profunda. Tras estudios sociales, adquisición de terreno y construcción, el centro inició operaciones en 2015. Desde entonces se ha fortalecido con nuevos servicios y una evaluación de impacto basada en metodología del Banco Mundial que confirmó resultados positivos.
¿QUÉ OFRECE ESTE CENTRO COMUNITARIO? Es un modelo integral. Contamos con comedor infantil que atiende a 330 niños diariamente; clínica médica respaldada por la Facultad de Ciencias de la Salud; consultorio dental; atención psicológica individual, familiar y grupal; asesoría jurídica gratuita respaldada por la Facultad de Derecho; y un programa de educación y desarrollo con talleres de regularización académica, idiomas, computación y capacitación para el empleo.
Además, trabajamos con voluntarios y pasantes universitarios, lo que permite acercar a los jóvenes al trabajo social mientras adquieren experiencia profesional.
¿CÓMO SE MIDE EL IMPACTO? En promedio, nuestras iniciativas en México impactan alrededor de 300 mil personas al año, considerando talleres, intervenciones escolares y proyectos comunitarios. Pero queremos ir más allá de la cifra. El reto es medir el retorno social real: qué cambios concretos se generan en la calidad de vida de las personas. No sólo cuántos atendemos, sino cómo transformamos.
¿QUÉ OTROS PROGRAMAS DESARROLLAN EN EL PAÍS? En acción social trabajamos con organizaciones que apoyan a niños con cáncer y con instituciones que atienden a menores en situación de desamparo en Nuevo León.
En promoción de la salud llevamos talleres de bienestar emocional y hábitos saludables a escuelas primarias. En seguridad vial contamos con una caravana itinerante que funciona como aula móvil y una pista de práctica para que niños aprendan sobre movilidad segura. También desarrollamos estudios y contenidos especializados en prevención de accidentes.
En educación aseguradora, promovemos simuladores y certámenes interuniversitarios para acercar a los jóvenes a la industria de seguros y fomentar cultura financiera y de previsión.
¿CUÁLES ScuatroON LOS PRINCIPALES DESAFÍOS? Uno es mantener foco cuando se trabaja en tantas líneas. Otro es la digitalización: necesitamos adaptar contenidos y metodologías para nuevas audiencias que consumen información de manera distinta. Y el tercero es fortalecer la medición de impacto social, que es una tarea compleja pero indispensable para garantizar eficacia.
¿QUÉ CAMBIOS VIENEN HACIA 2026? Estamos en un proceso de transformación interna. Queremos dejar de hablar sólo de proyectos y empezar a hablar de personas: niños, jóvenes, familias. Poner a las audiencias en el centro y diseñar intervenciones a partir de sus necesidades. Este año sentaremos las bases para medir con mayor profundidad el impacto social y redefinir prioridades de largo plazo.

