En la política contemporánea, los partidos tradicionales ya no mueren necesariamente cuando pierden elecciones.
Mueren cuando dejan de organizar poder, territorio y sociedad, el caso más reciente es el ocaso perredista mexicano. Ésa es la diferencia de fondo entre quienes resisten el cambio de época y quienes se diluyen en él. El caso del Partido Popular en España resulta ilustrativo, no por sus victorias recientes, sino por la forma en que ha logrado transformarse para seguir siendo un actor central. La comparación con los partidos de oposición en México es inevitable.
Durante décadas, el PP funcionó como un partido institucional clásico: jerárquico, orientado a la gestión y con vocación de alternancia. Sin embargo, frente a la fragmentación del sistema político, la polarización y la emergencia de nuevas derechas, el PP entendió que ya no bastaba con competir electoralmente, con eso “no da”. Su mutación ha sido organizativa antes que ideológica: pasó de partido-programa a partido-causa, de aparato rígido a red territorial, jurídica y cívica. Hoy actúa como un partido-movimiento institucional, capaz de sostener conflicto político en el tiempo sin romper el sistema.

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Esa transformación explica su capacidad de resistencia incluso desde la oposición. El PP no se limita a esperar la próxima elección; articula gobiernos autonómicos, activa recursos jurídicos, acompaña movilización social y mantiene una presencia cotidiana en el debate público. No depende sólo de campañas, sino de una organización viva.
En México, el panorama es distinto. Partido Acción Nacional, Partido Revolucionario Institucional y Movimiento Ciudadano enfrentan una crisis similar a la de muchos partidos en América Latina: pérdida de militancia, debilitamiento territorial y creciente dependencia de recursos formales. Pero, a diferencia del PP, su respuesta ha sido incompleta. Siguen operando como partidos electorales intermitentes: se activan en campaña y se repliegan después.
Los datos del propio INE confirman esta debilidad organizativa. De acuerdo con el informe final de registro de representantes para el Proceso Electoral Concurrente 2023-2024, PAN y PRI lograron registrar representantes generales en más del 90% del territorio nacional, mientras que Movimiento Ciudadano alcanzó 68%. Sin embargo, el verdadero contraste aparece cuando se observa la presencia efectiva durante la jornada y en el momento crítico de los cómputos. El PAN tuvo presencia durante el día en sólo 56% de las casillas, el PRI en 82% y MC en 28%. Ya por la tarde-noche, durante los cómputos, la cobertura se estancó más: PAN 60%, PRI 54% y MC 30%. Morena, en contraste, logró presencia en 77% de las casillas durante la jornada y hasta en 84% en el momento del cómputo. La diferencia es clara: una cosa es registrar representantes y otra muy distinta sostener una red territorial viva durante todo el proceso electoral.
Este dato no es menor ni anecdótico. Revela dos verdades incómodas: 1) la oposición mexicana conserva capacidad administrativa y conocimiento técnico, pero carece de una estructura humana sostenida. Puede cumplir con el papeleo, pero no con la presencia. Puede competir, pero no resistir. En política, esa diferencia suele ser decisiva y 2) no están invirtiendo en la organización territorial.
La experiencia latinoamericana lo confirma. Partidos históricos como Acción Democrática en Venezuela, el APRA en Perú o el PRD mexicano, no desaparecieron de un día para otro; se vaciaron organizativamente hasta convertirse en siglas sin músculo social. En contraste, los pocos partidos tradicionales que lograron sobrevivir lo hicieron transformándose en redes amplias, capaces de articular territorios, causas y actores más allá de la lógica electoral.
El PP entendió esa lección a tiempo. Supo que, en contextos de polarización y proyectos hegemónicos, la oposición no puede limitarse a competir cada tres o seis años. Necesita organización permanente, cuadros activos y capacidad de sostener conflicto institucional sin romper las reglas. No se trata de radicalizar el discurso, sino de densificar la estructura.
En México, la oposición aún no asimila plenamente ese cambio de época. PAN y PRI conservan aparato, pero con baja vitalidad; Movimiento Ciudadano apuesta por lo mediático, pero sin red nacional. Ninguno ha logrado articular una infraestructura opositora permanente que acompañe al ciudadano más allá de la boleta.
La lección comparada es clara. El PP no ha resistido porque tenga mejores líderes o mensajes más eficaces, sino porque entendió que la política contemporánea se juega tanto en las urnas como en la organización cotidiana del poder. En América Latina, los partidos que no hacen esa transición no suelen reformarse: suelen ser reemplazados.
Los partidos opositores mexicanos, dejaron pasar 6 años, muchas personas pensaron que las alianzas eran una solución, pero la realidad es que lo primero que debe hacer cada partido es organizarse mejor, antes de pensar en cualquier otra cosa, creo que ésa es la carrera de las oposiciones mexicanas. Resistir hoy no es ganar siempre. Es permanecer. Y para permanecer, los partidos necesitan algo más que votos: necesitan organización viva, territorio y causa. Sin eso, la oposición no pierde elecciones; pierde relevancia.

