LA VIDA DE LAS EMOCIONES

La autoayuda es un producto cultural

Valeria Villa<br>*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.<br>
Valeria Villa*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: larazondemexico

Después de la pandemia del 2020, la venta de libros de autoayuda aumentó en un 500 por ciento. La crisis de salud mental de aquellos años fue de tal magnitud que la búsqueda de ayuda se generalizó. La falta de recursos de los estados para atender la salud mental ha incidido también en este fenómeno de ventas de la autoayuda. En lugar de la confesión cristiana, la vigilancia de los pensamientos ya no está en función de su bondad o maldad, sino de si son positivos o negativos.

La felicidad depende de eso, nos dice la autoayuda, como si las condiciones materiales de la realidad no contaran para nada. La voluntad para cambiar es el único factor que hace la diferencia, así que si alguien sufre, no es feliz o está insatisfecho con su vida, la responsabilidad recae totalmente sobre el sujeto. Ni las condiciones económicas, ni la precarización del trabajo, ni la descomposición social de un país caben en esta propuesta voluntarista. Hay que decir que incluso algunos terapeutas, responsabilizan a sus pacientes de su apego por el sufrimiento. Todo esto surge de una idea del yo como entidad consciente, responsable, todo voluntad, dejando a un lado al inconsciente, pero también el papel que los otros juegan en la vida.

En 2016, la doctora en Ciencias Sociales Vanina Papalini publicó Garantías de felicidad: estudio sobre los libros de autoayuda, en el que afirma que la autoayuda es un dispositivo orientado al mercado, que intenta adecuar la subjetividad a las exigencias, malestares y crisis de la época, enfatizando la búsqueda personal, poniendo al individuo en el centro de la escena contemporánea, “libre” de los lazos sociales, pero más bien desamparado y solo. El optimismo capitalista afirma que decir “tú puedes” es la única opción para evitar la derrota. El prefijo auto es característico de la cultura moderna que se traduce como ensimismamiento. Auto insinúa que no debe esperarse nada de los otros, habla de un ego omnipotente, de una voluntad que es suficiente para transformarse a uno mismo. El yo como causa y remedio de todos los males. Es como si la cultura del management se extendiera a la vida cotidiana y apareciera un imperativo ético de maximizar la propia vitalidad y la calidad de vida. La autoayuda pretende dar solución a las dificultades del sujeto en su relación con el mundo como si todo se tratara de problemas del sujeto consigo mismo. Entre 1990 y 2010, los discursos normativos de la cultura terapéutica cobran un auge inusitado. Durante estos años, las sociedades occidentales evidenciaron síntomas de malestares como estrés, depresión y angustia, en porcentajes inéditos. Esta crisis coincide con las políticas neoliberales del mundo laboral: el sujeto como empresario de sí mismo, fuente de sus propios ingresos.

Los títulos de la autoayuda son frecuentes promesas de felicidad, que es un significante vacío, una utopía que mueve la existencia: Recupera tu mente, Reconquista tu vida, Cómo hacer que te pasen cosas buenas, Encuentra tu persona vitamina. A cada tiempo histórico corresponde un modelo de felicidad, una imagen ideal. Se es tan feliz como se desee serlo, con independencia de las condiciones y situaciones que se atraviesen. Ser feliz se volvió un mandato de la época. Las prácticas del wellness revelan que la exigencia de ser sano aumentó dramáticamente. Hay que sentirse bien, física y mentalmente, mediante una obligación de autosanación. El cuerpo genera síntomas relativos a la sociedad a la que pertenece. Por ejemplo, legiones de adolescentes con dismorfia corporal, detonada por el consumo de imágenes de cuerpos muy delgados que tapizan las redes.

La autoayuda desde sus inicios ha buscado soluciones biográficas a contradicciones sistémicas. El primero que se tiene documentado es Self-help, de Samuel Smiles (1845). Después, Cómo ganar amigos e influir en las personas, de Dale Carnegie (1936). En los años 30, se propone el cultivo de las virtudes para el enriquecimiento: Piense y hágase rico, de Napoleon Hill (1937), publicado durante la Gran Depresión. El mito del self-made man domina los años de la posguerra. En los años 70 se proponen transformaciones personales a partir de la inspiración espiritual, la armonía y la autorrealización. Inicia el movimiento new age y desde la religión protestante aparece El poder del pensamiento positivo, de Norman Vincent Peale (1952). Los años 90 marcan un cambio de paradigma de los discursos sociales, con el regreso del yo, los relatos en primera persona y narrativas de la vida cotidiana, con testimonios que permiten una rápida identificación. En los años recientes, queda evidenciado que los recursos personales son insuficientes y aparecen nuevos problemas psicosociales y nuevas adicciones. La cultura terapéutica alcanza a los libros de autoayuda, con fundamentos de management y coaching y versiones occidentalizadas del yoga, psicología cognitiva y hasta la filosofía, como herramienta para alcanzar la felicidad.

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