Manuel Buendía y su siglo. Nació en 1926 y murió asesinado en 1984, cuando tenía 58 años. Estaba en la cúspide de su carrera y su influencia crecía día con día.
Conocía el oficio y repelía la mediocridad; sostenía que había que leer cinco o seis periódicos por día, las revistas semanales y devorar los libros.
Escribía con pulcritud, para evitar confusiones y contar con elegancia las historias. Rigor con buen humor.

• Riesgosa ausencia
Pero la mezcla de preparación, inteligencia y vocación por informar, lo convirtieron en un peligro para esos grupos que se desenvuelven en las sombras y que necesitan del silencio.
Buendía, no sobra decirlo, fue uno de los periodistas más destacados de su generación, dirigió diarios, como La Prensa, trabajó en comunicación social, pero sobre todo, escudriñó para entender y dejó un legado en Red Privada, su columna de opinión que, cuando lo mataron, publicaba en Excélsior.
Le dispararon por la espalda en plena Zona Rosa, que en los años ochenta era, al menos en teoría, uno de los lugares de mayor vigilancia en la Ciudad de México.
Las hipótesis fueron múltiples, como diversos los temas que lo pusieron en riesgo: la CIA en nuestro país, el poder desmedido de los petroleros, la ultraderecha y la corrupción que corroía a todo el sistema público.
Pero quien ordenó su ejecución, era el jefe de la Dirección Federal de Seguridad, Antonio Zorrilla Pérez, de acuerdo con las indagatorias de la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal y de la sentencia respectiva a 35 años de prisión.
En una de esas tristes paradojas, a Zorrilla Pérez le encargaron iniciar las averiguaciones, no hizo sino enredarlas para autoencubrirse.
Buendía descubrió una hebra que, con el tiempo, marcaría la historia del país: la narcopolítica.
Aún ahora son imprecisos los móviles que activaron la determinación del director de la DFS, pero son claras las redes de protección para el crimen organizado.
La muerte de Buendía conmocionó, como en pocas ocasiones, al gremio periodístico. Era un aviso de lo que, por desgracia, se convertiría en rutina con el tiempo, al grado de que nos convertimos en uno de los países más peligrosos para los reporteros.
Es probable que Zorrilla haya intentado establecer una especie de contrafuego para que no destapara la cloaca sobre la que operaban los policías corruptos.
Un año después, en marzo de 1985, todo estallaría por los aires cuando un grupo de narcotraficantes torturó y mató al agente de la DEA, Enrique Kiki Camarena.
Solemos preguntarnos qué dirían los que ya están ausentes ante los acontecimientos del presente. No podemos saberlo, pero lo intuimos.
Red Privada sería parte de la conversación actual, con las revelaciones contundentes, pero también con una de las fuerzas que hacen al periodismo relevante y necesario: dar orden a lo que parece caos, descartar para puntualizar y escribir para que las cosas no sean peores, punto nodal de un oficio que Buendía ejerció como pocos.

una narrativa que patea el bote

