ENTRE COLEGAS

EleccionES en Colombia

Horacio Vives Segl. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Horacio Vives Segl. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

En este espacio he reiterado que, si la ciudadanía tiene suerte, se le da a escoger entre una opción demócrata liberal o, en su defecto, entre dos populismos indeseables que, indistintamente, pueden ser de derecha o izquierda.

Este segundo escenario suele ser cada vez más frecuente en América Latina. El pasado domingo 31 de mayo se celebraron elecciones en primera vuelta para definir al próximo presidente de Colombia. Los resultados que arrojaron dichos comicios meten de lleno al país sudamericano en ese segundo caso.

Para quien no esté muy familiarizado con la política colombiana, conviene poner sobre la mesa algunas cosas básicas de contexto. Una reciente reforma constitucional impide que el presidente en funciones pueda reelegirse, ya fuera de forma consecutiva —los últimos fueron Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos— o con alguna intermitencia. El triunfo de Gustavo Petro hace cuatro años fue histórico y simbólico, ya que era la primera vez que un gobierno de izquierda llegaba al poder en Colombia, rompiendo la tradicional matriz centrista de bipartidismo colombiano de los siglos XIX y XX y la reconfiguración que en este siglo representó la irrupción del uribismo. Dicho esto, “la luna de miel” del gobierno de Petro duró francamente poco. Fue dilapidando con sus excesos, bravuconerías y malas decisiones de gobierno al capital político que lo llevó a ganar las elecciones. Petro deja al país con un legado tóxico y destructivo en seguridad, economía y políticas sociales. Sin estar en la boleta, en buena medida, la elección resulta plebiscitaria a su gestión: “Petro sí; Petro no”.

También hay que contextualizar que, si bien la campaña electoral formal data de unas semanas atrás, el asesinato el año pasado del senador y aspirante a candidato presidencial Miguel Uribe Turbay fue un punto culminante de la violencia político-electoral en el país. Tras el magnicidio y la pérdida del liderazgo de Uribe Turbay —aunado a las malas decisiones subsecuentes en el Centro Democrático, la formación política de Uribe—, se fue desdibujando una alternativa democrática centrista.

Como en otros países de Latinoamérica, las encuestas volvieron a fallar. En su conjunto, daban como amplio ganador al candidato petrista, Iván Cepeda. No pudieron —o no quisieron— considerar “la espiral del silencio” de quien finalmente se impondría en la primera vuelta: Abelardo de la Espriella, que se enfrentará a Cepeda en el balotaje. Se trata de un outsider de la política, defensor de valores conservadores, que realizó una exitosa campaña y que lo tiene a las puertas del Palacio de Nariño (sede de la presidencia colombiana). Exitoso abogado penalista reconocido en el país por los casos mediáticos de alto impacto, el carisma populista de De la Espriella ha tirado los dardos en el blanco para atacar a Petro y a su delfín Cepeda que, para colmo, ha sido esquivo a los debates.

Más allá del intervencionismo indebido de Petro en la elección, la desesperación que le produjeron los resultados muestra torpeza y falta de reflejos políticos. Al desconocerlos como primera pulsión, deja a De la Espriella en un escenario inmejorable para mantener su ventaja y eventualmente confirmar un triunfo en segunda vuelta. Las primeras proyecciones así lo reflejan: la opinión negativa que genera Cepeda en distintos rubros como la intención mayoritaria de voto por De la Espriella, generan optimismo en el búnker del candidato de Defensores de la Patria.

Con un centro político desfondado y una Colombia profundamente polarizada y desencantada por las oportunidades desperdiciadas del paraíso populista de izquierda, volverá a las urnas para la segunda vuelta presidencial el 21 de junio, en unas elecciones que han capturado la atención del mundo.

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