ACORDES INTERNACIONALES

El hambre como arma

Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

Un puerto puede seguir abierto y quedarse vacío. Basta con hundir un barco, dejar que suban las primas y esperar a que los armadores saquen sus cuentas. Eso ocurre hoy en el mar Negro, donde Rusia y Ucrania han convertido la circulación de alimentos en otro frente de la guerra.

La escalada empezó a principios de julio, cuando Ucrania atacó con drones embarcaciones y rutas rusas en el mar de Azov y Moscú acabó suspendiendo la navegación por el canal Don-Azov el día 10, con al menos 13 buques alcanzados, varios de ellos petroleros. Por ahí sale buena parte del trigo ruso. La interrupción bastó para mover los precios europeos.

La respuesta cayó sobre Odesa, Chornomorsk y Pivdennyi. Misiles y drones contra terminales, silos, barcos mercantes. A mediados de mes la capacidad mensual de exportación había caído de seis a cuatro millones de toneladas. Varias terminales dejaron de comprar y los trenes de grano empezaron a llegar con cuentagotas.

El 19 de julio, el Golden Leo zarpó de Chornomorsk cargado de maíz y fue alcanzado rumbo a aguas rumanas. Murieron nueve tripulantes. El barco se hundió una semana después, cuando ya daba lo mismo: el mensaje había llegado a cada oficina naviera del Mediterráneo. Entrar a un puerto ucraniano podía costar la vida.

Entonces empezó el bloqueo de verdad. Los puertos siguieron legalmente abiertos y los barcos simplemente dejaron de llegar. Subieron los seguros, escasearon los buques dispuestos a entrar, se dispararon los fletes. Los armadores respondieron como responden siempre, con la calculadora. Julio acumuló decenas de ataques contra embarcaciones e infraestructura portuaria, y la región de Odesa pasó casi dos semanas a la espera de una nueva nave. Este bloqueo se firmó en las pólizas de riesgo de guerra, que es en donde hoy se deciden las hambrunas.

Las rutas alternativas —carretera, ferrocarril, el Danubio— son más lentas, más caras, y cubren apenas una fracción de la capacidad marítima. El grano quedó atrapado en tierra. Dentro de Ucrania bajó el precio que cobra el agricultor; fuera subió el que paga el consumidor.

Hay que ser rigurosos, porque la imprecisión debilita el reproche. Un ataque contra un puerto puede tener sentido militar: los puertos sirven a las dos guerras, la del comercio y la de las armas, y ambos bandos lo saben. Pero el derecho humanitario exige distinguir objetivos, proteger a los civiles y evitar daños desproporcionados. El comercio civil sigue siendo civil aunque se le etiquete como carga militar, y los efectos previsibles siguen recayendo sobre poblaciones lejanas. Egipto, Argelia, Turquía se vuelven importadores sin margen.

El hambre empieza antes de que falte la comida; empieza cuando transportarla se vuelve demasiado peligroso, extremadamente caro, terriblemente incierto. Un misil hunde un barco. El miedo vacía el puerto. Y cuando el puerto se vacía, la guerra llega a la mesa de quienes nunca han visto el frente.

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