La irrupción de Morena en la vida partidista es un fenómeno. Lo que ha crecido en estos 15 años tiene su dosis de lo inédito.
López Obrador abrió la puerta con tal de ganar y auténticamente entró cualquiera, siempre y cuando ofreciera una especie de disculpa por su pasado, el tabasqueño jugaba el papel de perdonavidas.
Muchos de ellos le han salido caros a la llamada 4T. No había filtros, porque lo que le importaba a López Obrador era sumar para garantizar su triunfo, sobre todo, a partir de la experiencia del 2006 y 2012. Quería garantizar a como diera lugar la victoria, y, para ello, llevó a su partido a personajes que en el PRI se distinguían por sus mañas, y se apoyó a candidatos que se sabía que tenían nexos con la delincuencia organizada.

• Pega lucha de facciones sindicales
Junto con esto, se fueron evidenciando en el ejercicio del poder relaciones con la delincuencia organizada. El caso más fehaciente es el de Sinaloa. Desde las elecciones se vieron las relaciones perversas que, al final, tuvieron que ver con la forma en que se gobernó el estado.
Para llegar hasta donde está Morena se conjuntaron una serie de escenarios que combinan sus atributos, particularmente los de López Obrador, y el evidente desfonde de la oposición. Existen otros factores, pero estos dos elementos explican el crecimiento de la llamada 4T.
Entre Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, al cual le urgía dejar la Presidencia como se vio desde el mismísimo día posterior a las elecciones que ganó López Obrador, se creó una percepción de incapacidad que provocó un hartazgo que fue definitivo en el radar ciudadano al momento de votar.
No fue casual, ni lo es, que cada vez que la 4T pase por apuros de manera automática se señale al pasado como eje de todos nuestros males. Esta narrativa les ha dado resultado, pero cada vez hay más evidencias de que está dejando de tener vigencia debido a que la ciudadanía enfrenta a la terca realidad.
El 2018 es uno de los momentos climáticos en historia de Morena. El partido o movimiento alcanzó el clímax, el cual tuvo que ver con las aspiraciones de López Obrador por llegar a la Presidencia. Lo termina haciendo a través de una organización que estaba y está hecha a su imagen y semejanza.
El gobierno y su partido tienen a López Obrador como su referente único. El expresidente es para su partido, y en alguna medida para el país, un fantasma que no deja de estar entre nosotros. Más bien, es un eje sobre el cual giran los debates, las discusiones, las especulaciones y todo lo que mueve el ámbito de la política.
En Morena lo saben y a menudo tienden a minimizar a la Presidenta, porque para entenderla la señalan como una extensión de López Obrador quien, en su papel de fantasma, no deja de estar.
Estos 15 años Morena ha pasado casi por todos los escenarios posibles. Ha vivido brutales hechos de corrupción, acusaciones directas de EU, las cuales, al mismo tiempo tienen evidencias y presiones de índole político. Muchos de sus integrantes han sido relacionados, no casualmente, con la delincuencia organizada.
El desgaste ha sido inevitable. Ha contado a su favor con el hecho de que la oposición no crece, pero, al mismo tiempo, esto le ha provocado confrontaciones internas que pudieran tener desenlaces que podrían llevar a la sangría del partido.
Es un enigma cómo van a resolver el problema con algunas designaciones de coordinadores. El problema es de fondo y no basta con la cándida buena fe de personajes como Clara Luz Flores con aquello de “ya hablé con todos y esto se va a resolver”.
Quince años de algo inédito, pero también 15 años de un desgaste que cada vez va pesando más en la vida del país y entre sus ciudadanos.
RESQUICIOS.
Los argentinos le deben mucho a Lio Messi. Lo atacaron de manera despiadada durante años sin percatarse que el extraordinario jugador requería su tiempo. Necesitaba pausa como la que impone en la cancha. Hoy lo lloran, lo despiden y, sobre todo, lo van a extrañar; es un antes y después.

Las buenas intenciones no bastan

