Los resultados de las elecciones en Israel del martes de esta semana fueron decepcionantes para quienes esperábamos la derrota contundente de Benjamin Netanyahu y su coalición de ultraderecha.
Después de tres años de una guerra sin resultados, de una regresión democrática que estuvo a punto de convertir al país en una dictadura y de la peor masacre del pueblo judío desde el Holocausto, el 7 de octubre, pensábamos que los votantes tradicionales de Netanyahu cambiarían de bando o simplemente se abstendrían de votar. Decenas de miles de israelíes llegaron desde todo el mundo, pagando vuelos carísimos, para expresar su descontento en las urnas. Sin embargo, la victoria no se materializó. En un Parlamento de 120 escaños, Netanyahu y su coalición obtuvieron 53, frente a los 48 del bloque de Gadi Eisenkot, el rival de Netanyahu. ¿Quién obtuvo los otros 19 escaños?, se preguntarán ustedes. Ahí reside el meollo del asunto.
En respuesta a las políticas racistas, al aumento del crimen organizado bajo el amparo del ministro de Seguridad Nacional de ultraderecha, Itamar Ben Gvir, y al incremento de la violencia de los colonos contra los palestinos en Cisjordania, los ciudadanos árabes de Israel salieron en masa a votar para poner fin al gobierno de Netanyahu. Su participación histórica, sumada a un par de escaños que la oposición logró arrebatarle a Netanyahu, resultó en una victoria clara para el campo contrario a Bibi: 67 contra 53 escaños, llevando a la coalición de Netanyahu a perder 14 escaños en total. Una derrota contundente. El problema es que algunos líderes de la oposición judía prometieron a sus votantes no formar una coalición con los partidos árabes, sumergiendo al país en la parálisis política. La oposición venció por mucho, pero parece, hasta el momento, incapaz de formar un gobierno alternativo.

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Es verdad que esto tiene mucho que ver con el racismo. Sin embargo, es también natural que, después del 7 de octubre, cuando el grupo terrorista palestino Hamss asesinó a cientos de civiles inocentes y secuestró a otros 255, los votantes de centro muestren reticencia a formar una coalición con los partidos árabes israelíes. Es una complejidad natural en un país inmerso en un conflicto bélico. Y, sin embargo, para la mayoría del público democrático en Israel, estas elecciones dejaron una lección clara: el futuro de Israel depende de una nueva alianza entre árabes y judíos contra las fuerzas de la extrema derecha.
Las opciones para Eisenkot y sus aliados son todas subóptimas y todas implican romper promesas de campaña: un gobierno con los partidos árabes, una extraña coalición con los partidos ultraortodoxos (que se niegan a servir en el ejército y contra los cuales varios partidos de la oposición basaron su campaña) o un gobierno de coalición con Netanyahu a la cabeza.
Los grandes líderes de la historia se miden en momentos como este. Los grandes líderes toman decisiones poco populares, sin importar los riesgos políticos, cuando saben que sólo éstas pueden asegurar el futuro de sus pueblos. El público liberal está listo para apoyar un camino distinto: una coalición con los partidos árabes, que sería una corrección histórica del rumbo del país, o una coalición con los ultraortodoxos conservadores, haciendo concesiones en materia de servicio militar a cambio de poner fin a la locura de estos últimos años.
Cualquier concesión con tal de poner fin a la época oscura de Netanyahu. Es ahora el turno de Eisenkot.

Maromas

