Julio Trujillo

El poeta-boxeador y el boxeador-poeta

ENTREPARÉNTESIS

*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Julio Trujillo

En el fascinante punto de encuentro entre la poesía y los deportes, que en realidad es varios puntos (lo poético de los deportes, la práctica del ritmo, los poemas dedicados a las diversas disciplinas, etc.), destaca el entrecruzamiento entre el poeta que además boxeaba y el boxeador que además componía poemas. Y no es difícil adivinarlos: aquél es Arthur Cravan, y éste, Muhammad Ali.

Arthur Cravan fue un artista de sí mismo, una provocación encarnada: poeta, boxeador, editor, ladrón, conferencista, marinero, desertor, chofer. En uno de sus poemas dice: “¡Soy todas las cosas, todos los hombres y todos los animales!” Fue sobrino de Oscar Wilde y antes que nada fue un escritor, gran parte de cuya obra encontramos en los cinco números de la revista Maintenant, editados y escritos íntegramente por él. Cravan fue un dandy y un punk, y anticipó de muchas maneras al movimiento dadaísta. Nos interesa su faceta de boxeador, que oscilaba entre los pesos semipesado y pesado y que ya en 1910 se había declarado campeón de Francia en boxeo amateur. Era un hombre grande y guapo, sin duda un contrincante temible pero no un gran boxeador, mejor dotado para el insulto y la invectiva que para el jab y el derechazo. Tuvo dos grandes momentos públicos: uno en el que anunció que se suicidaría en público y atrajo a una gran multitud a la que se dedicó a insultar por voyeurista, procediendo a dar una conferencia sobre la entropía; y su famosa, muy anunciada pelea con Jack Johnson en la Monumental Plaza de Toros de Barcelona en 1916: de los veinte rounds de tres minutos que se esperaban, Cravan aguantó seis. Algunos afirman que llegó crudo, otros, que la pelea estaba pactada. De cualquier manera, enfrentarse a Johnson requería tamañas agallas… Años después, Cravan desapareció para siempre en el Golfo de México, en camino a ver a su gran amor Mina Loy. Cuatro de sus versos dicen: “Me emborracho con candor / hasta de malos olores. / Lleno de una mezcla / de elefante y de ángel”.

Mucho de ángel tuvo Cassius Clay, renombrado Muhammad Ali, otro artista de sí mismo, maestro de la provocación, de lengua veloz y puños aún más veloces. No resumiremos aquí su formidable y archiconocida carrera de boxeador, baste decir que es considerado por algunos el más grande de la historia y digno heredero de aquel Jack Johnson que en Barcelona noqueara al poeta Cravan. Y Ali también era poeta. Le gustaba profetizar los resultados de sus peleas en verso y con rima, y muchas veces sus profecías se cumplían. Quien haya visto sus peleas, el formidable baile de sus pies, el movimiento letal y sincopado de sus brazos, podrá entender que en ese mismo organismo se diera una inusitada agilidad verbal, un talento compositivo, breve y letal también como tienen que ser los aforismos y los epigramas. Por supuesto, es de Ali el famoso binomio: “Flota como mariposa, / pica como abeja”, que resume con una gran plasticidad visual y conceptual su particular arte del boxeo. Al igual que Cravan, el ego de Ali se desborda y hace evidente en sus letras:

Luché con un cocodrilo,

lidié con una ballena,

pude esposar a un relámpago

y echar al trueno a la cárcel.

El poeta-boxeador y el boxeador-poeta también hicieron de sus vidas un combate y una obra de arte.