Ya no me quiere el viejo, pues

Sergio Zurita es actor, director y autor de obras de teatro, así como de poemas, crónicas musicales, piezas autobiográficas y relatos. El Cultural presenta ahora un cuento inédito que tiene como escenario una Ciudad Neza de los años setenta. Una trama narrativa que pareciera trivial sobre los avatares de una relación de pareja larga y desgastada crece en intensidad hasta terminar con un final totalmente imprevisible para el lector.

Ya no me quiere el viejo, pues
Ya no me quiere el viejo, pues Foto: Arte digital > A partir de una pintura de Ernst Ludwig Kirchner, Erna con cigarrillo, 1915

“Ya no me quiere el viejo, pues”, decía Socorro, quejándose con su cuñada Marilú, mientras las dos fumaban y tomaban Nescafé en la sala.

Era Ciudad Neza a principios de los setenta. Calles amplias de tierra: cada vez que llovía se convertían en un lodazal que no dejaba entrar ni salir a los carros.

“El viejo” era Germán, su esposo, un hombre apiñonado, con cara de gato que se acaba de comer a un cenzontle, un bigote perfectamente recortado, cabello negro azabache lacio, peinado con brillantina, y unos ojos del color de las aceitunas que volvían loca a Socorro.

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Portada de El Cultural No. 550

Se habían casado siete años antes, bajo protesta de doña Eduviges, la madre de Socorro. “Ese hombre es muy volado”, le decía a su hija. “Te va a sacar canas verdes”. Y la vieja tenía razón. Pero sabía que era mejor casarla con ese bribón que dejarla soltera, porque Socorro, tarde o temprano, iba a ser arrastrada por la perdición.

Era rubia, güera de rancho, de Apaseo, Guanajuato, para ser exactos. Sus cabellos, como hilos de oro bruñido, habían sido la fascinación de todas las amigas de Eduviges cuando Socorro era pequeña. “Es que de veras, parece un angelito, pues”, le decían todas. No había salido ojiverde, como hubiera querido su madre, pero tenía los ojos de un color café clarísimo. Casi ámbar.

Todo fue felicidad con Socorro hasta que empezó a hacerse mujer. Eduviges quiso postergar eso haciéndole vestidos que tapaban sus curvas y regalándole muñecas, cuando lo que a ella le gustaba eran los muchachos. Y a los muchachos les gustaba ella. Era blanca como la leche bronca y tenía unas piernas largas, macizas y brillantes. Unas caderas como de Venus y unos senos contundentes, que eran el embeleso de todos los hombres que la conocían. Y también de los niños. “Qué chichotas tiene mi tía”, exclamó David, hijo de Marilú, un día que Socorro les abrió la puerta con un camisón que dejaba ver esa figura que la llevaría irremediablemente a la perdición.

Cuando se casó con Germán y perdió la virginidad (Eduviges logró que llegara casta al altar) todo fue muy doloroso las primeras veces. Pero después se le abrió una puerta hacia placeres que jamás se había imaginado. Los viernes, cuando Germán regresaba de trabajar, no le perdonaba que lo hicieran tres o cuatro veces. Y él podía. Hasta que empezó a dejar de poder.

Ella le dijo que estaba dispuesta a hacer lo que fuera para remediar la situación. “¿Lo que sea?”, preguntaba él. “Lo que sea. Eres mi viejo y yo te amo, pues”, respondía Socorro. Fue entonces que empezaron a probar cosas nuevas. Socorro perdió otra virginidad, y luego otra y otra más. Pero, a diferencia de la primera, las otras no se convirtieron en placeres, sino en lo que su madre llamaba desórdenes de la carne.

El colmo fue cuando, una noche, Germán le pidió que calentara agua para un té. Cuando el agua hirvió, Socorro le preguntó de qué quería el té. Pero Germán le dijo que se sentara en la sala y que le diera unos sorbos al agua, lo más caliente que pudiera, pero sin quemarse. Luego extrajo su miembro del pantalón y se lo metió en la boca. Socorro lo oyó gemir de placer como nunca antes y la empezó a insultar. Cuando terminó, exhaló con fuerza, la levantó del sillón y le dio un beso largo y apasionado que ella no registró, porque toda su cabeza estaba ocupada en una pregunta.

¿Por qué le había pedido que se tomara el agua? Él, que nunca quiso estudiar una carrera porque prefería ponerse a ganar dinero, le respondió con tono clínico: “Cuando se bebe algo caliente, los vasos sanguíneos de la boca y de la lengua se dilatan y se vuelven mucho más blandos. Entonces es como si una boca de mantequilla me la estuviera mamando”. El cerebro de Socorro eligió ese momento para recordar que se llamaba como la Virgen del Perpetuo Socorro. “Como la Virgen, y este cabrón de puta no me baja”, pensó. Y luego le aventó a Germán el resto del agua en la camisa, perfectamente planchada. Quería quemarlo, pero el agua ya estaba al tiempo. “¿Y a ti quién te enseñó esas depravaciones, cabrón?”, le gritó, pegándole con la mano abierta en el pecho.

Los siguientes días no quiso hablar con él, pero le tenía miedo. Así que se limitó a responderle con monosílabos. Germán no le preguntó “qué te pasa” ni una sola vez. Pasaron diez días y él se comportaba como si nada. “No le importa si vivo o muero, pues”, se quejaba con Marilú, queno hallaba cómo defender a su hermano, que siempre había sido una bala.

Vivían bien. Demasiado bien para Ciudad Neza, que a ella no le gustaba nada. “¿A quién le va a gustar este lodazal?”, se quejaba. Pero Germán le decía que México estaba peor: “Tú porque sólo conoces lo bonito. Las tiendas del Centro. Pero de noche es muy peligroso. La vida no vale nada. En cambio acá, ni quién nos moleste”. “¿Y entonces por qué traes pistola?”, le había preguntado Socorro decenas de veces. “Ni siquiera sé en qué trabajas”. Germán sonreía, como el gato que se acaba de comer al cenzontle.

Al onceavo día, Socorro fue a México y en el Palacio de Hierro se compró un babydoll translúcido y unos calzones de los que rebosaba su abundante vello púbico dorado. Así esperó a que su marido regresara de su misterioso trabajo. Justo cuando Germán entró a la casa, la tetera emitió un silbido. Ella se señaló la oreja y le dijo: “Ói”. Él la miró con indiferencia y subió las escaleras, se quitó la ropa y se acostó en la cama. Ella llegó con el agua en una bandeja. “Todavía está caliente”, le dijo. Pero él decidió ignorarla, se dio la vuelta hacia la pared y se quedó dormido.

Derrotada, Socorro bajó las escaleras para dejar la tetera, la taza y la bandeja en el escurridor de trastes. La derrota se convirtió en humillación y después en un enojo que pudo haberla llevado al desengaño. Pero no lo permitió. Casi nadie tenía teléfono en Neza, pero ellos tenían dos líneas. La de la casa y la del “despacho” de Germán: un cuartucho de seis metros cuadrados donde jamás había despachado a nadie, en el que a veces se encerraba a hablar en voz baja. “Sí, mi general”, lo escuchó decir Socorro una vez. En el despacho había una caja fuerte en la que Germán guardaba su pistola y otras cosas: documentos, bultos pequeños y hasta una máscara antigás que le heló la sangre a Socorro la única vez que la vio.

DERROTADA, SOCORRO BAJÓ LAS ESCALERAS PARA DEJAR LA TETERA, LA TAZA Y LA BANDEJA EN EL ESCURRIDOR DE TRASTES. LA DERROTA SE CONVIRTIÓ EN HUMILLACIÓN Y DESPUÉS EN UN ENOJO QUE PUDO HABERLA LLEVADO AL DESENGAÑO. PERO NO LO PERMITIÓ.

Cuando se le quitó el enojo, decidió cubrir todo eso con el manto de la negación y se puso a pensar en lo guapo que se veía Germán con su chamarra de cuero color vino, que le quedaba ni mandada a hacer y que ocultaba a la perfección su pistola en la funda sobaquera.

No era raro que Germán no llegara a dormir de vez en cuando. Pero poco después de esa noche, empezó a ausentarse cada vez más. A veces pasaban cinco o seis días en los que ni se aparecía por la casa. “Germán es mi hermano, cuñada, pero es muy ojo alegre, ya ha de tener otra mujer. O varias”, le dijo Marilú, que en el fondo estaba convencida de que Socorro se merecía todo lo que le pasaba, por tener ese cuerpo hecho para el pecado.

El caso es que Socorro era cada vez más ignorada por Germán y eso la hacía sentir pequeña, como un insecto al que se le puede pisar por descuido. Además, había empezado a soñar con una ciudad inundada. En esos sueños, ella estaba mirando desde el cristal de un edificio muy alto y veía que todas las calles se habían transformado en canales de agua estancada, que hacía flotar los carros y que en algunos lugares llegaba hasta el cuarto piso de los edificios. Era un sueño espantoso, del que Socorro siempre se despertaba con un grito y ese grito despertaba a Samuel, su hijo.

Samuel tenía cuatro años. Había crecido muy amado por la muchacha de la limpieza, Yunuen, y hablaba más otomí que español, a pesar de que su cabello era amarillo como el trigo. Yunuen le decía “Batsi”, que significa niño. Y Samuel estaba seguro de que así se llamaba. Cuando su madre le decía Samuel, él contestaba: “Samuel”, pensando que así se llamaba ella. En esas noches de pesadilla, Socorro abrazaba y besaba a su hijo hasta calmarlo y juraba que iba llevárselo de esa casa manchada por la inmundicia. Pero, cuando llegaba la mañana, se acordaba de que no tenía más dinero del que Germán le daba. Las mujeres ya podían tener cuentas de banco sin autorización de sus maridos, pero ella nunca se había atrevido a abrir una.

Germán volvió un día con la cola entre las patas y le pidió perdón. Le juró que esta vez venía para ya no irse nunca. Al olerlo y sentirlo, ella se imaginó que tendrían un encontronazo sexual de esos que sólo se dan en las reconciliaciones. Pero Germán había cambiado. La abrazaba y le besaba la frente, pero no quería tocarla “así”. Y desde entonces la empezó a criticar. Le decía que con esos vestidos de flores se le veía el cuerpo y que eso no le gustaba. Que ella era para él, no para otros hombres. Que si se paraba en la esquina en esas fachas, le iban a preguntar cuánto cobraba. ¡Y esos calzones! “Ya eres una señora, Socorrito. Tienes que usar calzones de señora.”

Socorro se enojó, pero le hizo caso. Se veía al espejo con esos calzones enormes y se sentía vieja, a pesar de que se le ceñían muy bien a la cadera y a los muslos. Cambió sus vestidos de flores por otros con la falda casi hasta los tobillos, en tonos cafés y azul oscuro, de la misma tela que el manto de la negación. Sentía cómo se apagaba poco a poco y seguía soñando con esas calles inundadas de las que no había salida.

Una noche, cuando estaba intentando dormirse, Germán le llevó serenata. Ella se asomó a la ventana. Por eso se había casado con él, porque se parecía a esos charros cantores que veía en las películas cuando era chica y la llevaban a Irapuato o a México, a aquellos cines que parecían palacios. Él subió y le preguntó si todavía lo amaba. “¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!”, repitió Socorro. Y se besaron como cuando eran novios.

Autorretrato, Ernst Ludwig Kirchner, 1937.
Autorretrato, Ernst Ludwig Kirchner, 1937. ı Foto: Especial

“Mañana nos vamos de vacaciones”, le dijo. Socorro no lo podía creer. “Adónde nos vamos a ir?”, preguntó. Pero él le dijo que era una sorpresa y que se pusiera a empacar, porque a la mañana siguiente saldrían muy temprano. Cuando llegaron al aeropuerto, sus ojos de niña se llenaron de asombro. Nunca se había subido a un avión. Volaron a Los Ángeles y Germán le dijo que de ahí se iban a ir a Las Vegas.

Socorro no quitó ni un instante los ojos de la ventanilla, hipnotizada por las nubes. Cuando llegaron a Los Ángeles y se bajaron del avión, Germán le impidió el paso, pegó su sexo contra el de ella y le dijo que se fueran al baño. Entraron al de Women y se metieron a uno de los cubículos. Germán abrió su maleta de mano, sacó un revólver Smith & Wesson calibre .44 Magnum y le dijo en voz baja:

“Métete esto en los calzones.”

“Me van a cachar.”

“A las mujeres nunca las catean. Ándale.”

“No. Se me va a salir.”

“No con esos calzones.”

Socorro obedeció, sintiendo el frío del arma en la ingle.

Pasaron migración rápidamente. Les sellaron los pasaportes sin hacer muchas preguntas. Luego fueron al carrusel a recoger los dos velices que llevaban. Socorro sentía cómo la pistola se resbalaba poco a poco con el sudor de su entrepierna, así que daba pasos muy cortos y lentos. Se formaron en la fila que llevaba al último filtro: la aduana. Germán parecía tranquilo hasta que notó una estructura de metal junto a los aduaneros. Era como el marco de una puerta, pero más estrecho. Y por ahí estaba pasando la gente.

Un hombre con aspecto de bracero atravesó el marco metálico. De inmediato se encendió un foco rojo y sonó una breve alarma. El hombre fue cateado por los aduaneros, que se lo llevaron de ahí, quién sabe a dónde. “Ahorita vengo”, le dijo Germán a Socorro, y avanzó en la fila para preguntarle a un turista gringo qué era aquella cosa. Regresó muy serio a donde estaba Socorro, pero no le dijo nada.

Cuando les tocó llegar ante el detector de metal, Germán le dijo a Socorro: “Yo paso primero, no te preocupes”, le dio un beso en la mejilla y cruzó como si nada. Era el turno de Socorro. Al cruzar aquel umbral metálico sintió cómo zumbaban sus oídos. El zumbido parecía venir de adentro de ella. Entonces vio en el ojo de su mente cómo aquellas calles inundadas se convertían en un río caudaloso, cuya corriente la arrastraba a una cascada enorme. Al llegar a lacascada y descender en caída libre, Socorro pegó un grito de placer que se fundió con la alarma. Se subió la falda, se sacó la pistola de los calzones, le quitó el seguro y le pegó tres tiros en el pecho a Germán. Ya no le importaba que no la quisiera.


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