ANTROPOCENO

Nota roja, inseguridad y censura

Bernardo Bolaños. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Bernardo Bolaños. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

La reciente propuesta de la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, de impulsar un acuerdo con los medios para “bajarle a la nota roja” provocó indignación. Se le acusó de querer maquillar la realidad o reducir artificialmente la percepción de inseguridad. Se reavivó el debate cuando Clara expresó su preocupación sobre la comunicación de las cifras de sarampión por alcaldía.

Conviene situar el debate en un marco más amplio: el de la sociología de los medios. Desde hace más de medio siglo, los sociólogos han demostrado que la prensa sensacionalista contribuye a desarrollar lo que se conoce como “pánico moral”. El estudio clásico es Folk Devils and Moral Panics (1972), de Stanley Cohen, que analizó cómo peleas entre jóvenes mods y rockers en la ciudad inglesa de Clacton, en 1964, fueron exagerados por la prensa hasta convertirse en realidad. Cohen mostró que los medios no sólo describen procesos sociales: también pueden cristalizarlos. La atención desproporcionada genera un ciclo de amplificación de la desviación. Lo que era un episodio localizado se convierte en síntoma nacional; lo que era conducta marginal se transforma en identidad colectiva. La etiqueta produce efectos reales.

Décadas después, el fenómeno se ha intensificado. En su nuevo libro, de 2022, sobre la esfera pública digital, Jürgen Habermas advierte que la prensa sensacionalista tiende a convertirse en la norma bajo los “imperativos de la economía de la atención, las tendencias al entretenimiento, la carga afectiva y la personalización de los temas en juego”. En un ecosistema mediático dominado por clics, algoritmos y competencia feroz por la visibilidad, el dramatismo y la indignación se vuelve moneda de cambio.

Nada de esto significa que la violencia en México sea una ilusión o una “histeria colectiva”. Los asesinados y desaparecidos no son una construcción mediática. Tampoco lo son las víctimas de extorsión. Pero precisamente porque es real, importa cómo se comunica. ¿Poner música de fondo de filme de terror a una tragedia humana es legítimo? La libertad de prensa no excluye la reflexión ética sobre los estilos de cobertura. Una cosa es informar con rigor sobre delitos y otra es convertir cada hecho violento en un espectáculo gore. El sensacionalismo normaliza la brutalidad, alimenta el miedo paralizador de la gente e incluso distorsiona prioridades públicas.

Habermas nos recuerda que la esfera pública se deforma cuando nos roban nuestra atención a la mala, porque desaparece el debate racional. Cohen nos enseñó que el pánico moral no surge espontáneamente: se construye en la interacción entre hechos, medios y audiencias. México no necesita negar su violencia, pero tampoco debe perder su salud mental para enriquecer a mercaderes alarmistas o darle un empujoncito a la oposición.

Apoyar la libertad de prensa y, al mismo tiempo, abrir el debate sobre los excesos de la nota roja no es contradictorio. Es reconocer que la realidad social es compleja: está hecha de hechos, pero también de relatos. La tarea no es “bajarle” a la verdad, es bajarle al sensacionalismo. Y eso, lejos de debilitar la democracia deliberativa, la fortalece.

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