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Foto: Especial

La escritura de un libro de vida es capaz de añadir su propia pátina a las que el oficio del tiempo se haya encargado de agregar en el perfil de un artista extraordinario. Tal cosa le sucede a Philip Glass con Palabras sin música, cuyas páginas devuelven, en cambio de la cruda bitácora puntual de una larga y productiva existencia, el itinerario del viaje interminable de su propio crecimiento espiritual.

Al inicio del relato hay una serie de imágenes provenientes de la infancia de Glass en la ciudad de Baltimore, en el seno de una familia judía no practicante, hablante de yiddish y hebreo, con raíces rusas y letonas, inscrito en una preparatoria pública, City College, en la que cursó un programa cuyo énfasis estaba en las matemáticas y el lenguaje. Apenas sugiere haber estado alguna vez en el Maryland Chess Club, no obstante que su padre le enseñó a jugar ajedrez mental, pero sí apunta que tanto la música de Bartók, Shostakovich y Stravinsky como la de numerosos intérpretes de R & B se oían en casa mucho antes de ingresar al College de la Universidad de Chicago en 1952. Glass tenía entonces quince años y “el lenguaje, la belleza y el misterio” del mundo de la música se le empezaban a imponer. En adelante el relato entabla un peloteo permanente entre personas, temas y espacios en el camino seguido por Glass en su afán por cultivar y entender de primera mano lo que él llama aquí el “linaje de la cultura”, y que no es otra cosa sino la ardua elaboración de las formas del conocimiento.

Palabras sin música registra asimismo cuánto cambió el ámbito del estudio, la escritura y la ejecución a lo largo de la vida profesional de Glass. Desde luego interesa, tratándose del testimonio del compositor de vanguardia más popular de nuestro tiempo, o bien nada más por venir de un músico de avanzada, como se solía decir en el tiempo en el que daba inicio su carrera. Se puede entender así que en Palabras sin música la persona y figura públicas no ocupen mucha de la atención de Glass, y que en cambio haya preferido dejar en sus páginas la constancia de su propio viaje.

Entre los apuntes que Glass ofrece del actual estado de la cuestión para un compositor destaca la permanencia de Europa en el proceso formativo de todo aprendiz de músico, así como la desaparición, y eso por causas de estricta fuerza mayor, del tránsito por el estudio de Nadia Boulanger. Glass fue de los últimos en transitar por la llamada Boulangerie para hacerse de técnicas y herramientas, mismas que la señora prodigó en numerosas generaciones de músicos vigesémicos, de los cuales sólo nombraré a otros dos, Astor Piazzola y Mario Lavista. Nadia Boulanger supo arreglárselas para morigerar el ego de sus discípulos y acercarlos al cobijo de la disciplina, y no fueron pocos. Glass cita en el libro una observación genial de Virgil Thomson según la cual así como en todas las pequeñas ciudades de Estados Unidos hay una farmacia también hay en ella un alumno de Nadia Boulanger.

Del inicio de la carrera de Glass a esta hora, para no abandonar el espacio de la formación musical, perdió todo viso de normalidad el que estudiantes y compositores se permitieran conocer tan sólo el canon de la música occidental y en cambio apareció como una suerte de necesidad la realización de incursiones por los terrenos de lo que a mediados del siglo xx se conocía como etnomusicología.

Glass hizo a un lado la obligación de integrar la partitura completa de una pieza amplia y ambiciosa, al resolver para sí que la suma de las partes de cada intérprete construyera el territorio todo de la pieza. De ahí que Glass hiciera crecer el valor de la música proveniente del lado oculto de la escritura, o aun el de la música resuelta en la ausencia de cualquier tipo de escritura, como pudo empezar a apreciar (y a aprender) en el trabajo y trato con Ravi Shankar.

Palabras sin música ofrece asimismo un conjunto de postales que fechan e iluminan el viaje de Glass. Una de ellas, sin duda entre las de mayor interés, remite al otoño de 1965, al término de sus estudios musicales en la Juilliard School. Entonces, viviendo en París y metido en el estudio de Nadia Boulanger, Glass se convirtió en el compositor de una pequeña compañía teatral independiente, integrada por Joanne Akalaitis, Fred Neumann, el editor de la revista Réalités, David Warrilow, y él mismo. Lo primero en lo que la compañía empezó a trabajar fue una pieza de Samuel Beckett, Comedia, y la solución que Glass encontró para la música de esta obra fue el punto de partida de cuanto empezó a componer desde entonces, al grado de afirmar en el recuento de Palabras sin música que es “un compositor de música para teatro”.

 

“Nadia Boulanger y Ravi Shankar puntearon las vigilias creativas de Glass durante sus años parisinos en los novecientos sesenta, al grado de que desde entonces son una presencia real en su trabajo .”

 

“Eso es lo que hago en realidad, y lo que he hecho”, escribe Glass en Palabras sin música. Y a fin de dejar atrás el episodio Beckett añade:

Eso no quiere decir que eso [música para teatro] sea lo único que he hecho. He escrito conciertos, sinfonías y muchas otras cosas. No hay más que observar la historia de la música: los grandes cambios se dan en el teatro de la ópera. Sucedió con Monteverdi, con su primera ópera, L’Orfeo, estrenada en 1607. Sucedió con Mozart en el siglo xviii, con Wagner en el siglo xix y con Stravinsky al inicio del siglo xx. El teatro coloca repentinamente al compositor en una relación inusitada con su trabajo. Mientras sólo escribes sinfonías, o cuartetos, puedes respaldarte en la historia de la música y en lo que conoces del lenguaje musical para continuar más o menos del mismo modo. Una vez que se ingresa al mundo del teatro y se integran todos sus elementos —el movimiento, la imagen, el texto y la música— es que se pueden dar cosas inesperadas. El compositor se encuentra ahí sin ninguna preparación —en una situación en la que no sabe qué hacer. Si no sabes qué hacer, existe entonces la posibilidad de que hagas algo nuevo. Mientras sepas lo que haces, no sucederá nada muy interesante.

Nadia Boulanger y Ravi Shankar puntearon las vigilias creativas de Glass durante sus años parisinos en los novecientos sesenta, al grado de que desde entonces son una presencia real en su trabajo. Y tan ve en ellos dos maneras diferentes de acercarse al mismo abismo que Glass los identifica como dos influencias encontradas.

Música sin palabras es el ejercicio de una relectura vital profunda emparejado felizmente con un registro escrito nítido, claro y directo. En sus páginas Glass obvió los retratos a cambio de bocetar las situaciones y atmósferas necesarias para dar cuenta de su propia peregrinación entre el sonido y la furia de las últimas décadas del siglo XX y las primeras del XXI. La vida, en sus innumerables vueltas por el mundo, lo colocó ante los temas que debía abordar ya fuera para el escenario o la pantalla o el estudio, sin buscarlos, a la manera de las moralidades medievales. Sus páginas remiten al viaje de una vida, y a la vez son parte del mismo viaje de Glass por el territorio sonoro de su creación.

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