Fracturas de la conciencia cotidiana

Un mal día empieza semanas antes de acontecer. Entre viajes y compromisos, no encontré tiempo para reponer una tarjeta de circulación, cuyo extravío me impidió verificar mi automóvil oportunamente. Al mirar el auto con nostalgia derrotista, advertí una llanta sin aire. Cuando la incomodidad venció a la procrastinación, usé mi periodo vacacional para arreglar esta cadena de infortunios menores. La novela burocrática inició en la oficina de la tesorería, continuó en el Ministerio Público, donde debía reportar la tarjeta extraviada, y alcanzó notas de tortura en las oficinas de control vehicular. Mientras veía las horas perderse desde una fila acalorada, recordé mi obligación de preparar una ponencia para la mañana siguiente: me comprometí a participar en un evento de la escuela lacaniana de París (o su versión mexicana). A pesar de mi admiración por el psicoanálisis, y por la penetrante obra de Jacques Lacan, no me cabía duda de que en ese foro sería declarado ideológicamente culpable antes de hablar, porque he cometido el crimen de usar una bata de médico, y para algunos críticos eso significa que contribuyo a la compra-venta del cuerpo y las subjetividades (como sabemos, una buena teoría de conspiración no se rebaja a buscar evidencias: la sospecha usurpa el lugar del juicio). Un ligero abatimiento al llegar a casa, y el lugar común del dolor de cabeza, me obligaron a recostarme en un sillón. En la mesa de la sala había un libro: Frente al cosmos. Esbozos de cosmología cognitiva.

La opresión de la tarde se desvaneció al iniciar la lectura. La basura intelectual de las preocupaciones burocráticas, y la angustia narcisista de mi proyección al futuro, fueron suprimidas suavemente. Me descubrí estirando las piernas, aflojando los hombros; el tenso marcapasos de la respiración se volvió profundo y continuo. Con un poco de licencia poética, imagino que mi sistema nervioso autónomo hizo la transición hacia un estado de relajación fisiológica. En otras palabras, mi cuerpo entró en un estado de lectura.

En el mundo contemporáneo dibujado por Milan Kundera en El arte de la novela, donde las trivialidades legislativas y las regulaciones económicas asfixian los anhelos de la vitalidad, es urgente dar testimonio de nuestros inusuales momentos de lucidez, que surgen a veces como resultado del cuidadoso diseño de un pensador. Es el caso de Frente al cosmos: esbozos de cosmología cognitiva (Editorial Herder, 2016). Este libro plantea la relación entre dos enigmas de la historia de la ciencia: el cosmos y la conciencia. El autor, José Luis Díaz, es uno de los neurocientíficos más influyentes de la lengua hispana, y
autor de un clásico de la neurofilosofía, La conciencia viviente (FCE, 2007),
donde aborda de manera erudita y creativa la relación entre los sistemas neurales y la subjetividad.

Podemos suponer que las raíces intelectuales y afectivas de Frente al cosmos surgieron hace mucho tiempo. El capítulo “De la experiencia de un eclipse” ofrece el testimonio de un eclipse total de sol, acontecido en 1991. El valor poético del texto radica en su exactitud científica, y su objetividad depende de la calibración sofisticada que se ha hecho de la herramienta astronómica: el telescopio, desde luego, pero ante todo la conciencia del observador. Se trata de un texto fenomenológico depurado por habilidades expertas de percepción, precisión lingüística y un trasfondo emotivo donde se fusionan el entusiasmo y el agradecimiento hacia la naturaleza.

Aunque la reflexión de José Luis Díaz está dentro de los confines científicos, el capítulo IV: La cosmovisión mítica y el asombro del astronauta, establece un paralelismo entre los estados mentales de algunos astronautas (quienes narran emociones de pasmo y asombro durante la contemplación de la Tierra, desde el espacio exterior) y las experiencias fundadoras de las cosmovisiones míticas, lo cual abre la puerta a un estudio interdisciplinario de estas dimensiones subjetivas, caracterizadas como una conciencia numinosa. Rudolf Otto, el teólogo de Marburgo, y el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, describen lo numinoso como un “sentimiento terrible, oceánico y estético.” Pero este sentimiento, desconocido para la mayoría de las personas, es motivo de especulaciones estériles, mercadotecnia esotérica y comercio para las necesidades espirituales del nuevo milenio. Para desarrollar la conciencia numinosa, ¿existe alguna técnica cognitiva, dirigida a quienes no seremos astronautas o visionarios místicos?

El capítulo I: La astronomía sublime y el intracosmos de Kant, pondera el valor de la técnica más antigua para desarrollar nuestra conciencia cosmológica: la contemplación. Es momento de agradecer a José Luis Díaz, quien nos permite hacer un alto en la cotidianidad, habitada por el ruido informativo y la contaminación emocional, para regresar a una experiencia que acerca, sin fundamentalismos, la cosmovisión mítica y el asombro del astronauta, dentro del sentimiento oceánico de lo sublime y lo numinoso: esta meditación literaria del autor pone en el centro de nuestros anhelos, lo que tal vez sea el origen natural de las aventuras intelectuales y artísticas: la contemplación sostenida del firmamento: la serenidad y la apertura ante el misterio. Dejo la palabra al autor: “La contemplación perseverante del cielo en una noche despejada, y desde un paraje libre de contaminación lumínica suele ser una experiencia emotiva, estética y especulativa: nada menos que una conciencia cosmológica directa e inmediata. Su valor es tal que
miembros de la comunidad científica y académica, así como representantes de agencias y organizaciones internacionales, consideran que la opción a un cielo nocturno inmaculado que permita disfrutar la contemplación del firmamento en todo su esplendor debe considerarse un derecho inalienable de la humanidad”. Si algún lector piensa que esta meditación cosmológica es solo un fuego fatuo estético, lo invito a preguntarse: ¿cómo es el mundo social que necesitamos construir para defender el derecho igualitario, universal, a la contemplación de un cielo abierto?

Una palabra más. Aunque la geografía cósmica es objetiva, cada uno de nosotros puede ejercer el derecho a la meditación nocturna de manera personal. En el relato “Los años luz”, Italo Calvino ha hecho una reflexión humorística acerca de esta búsqueda individual: “Una noche observaba como siempre el cielo con mi telescopio. Noté que de una galaxia a una distancia de cien millones de años luz sobresalía un cartel. En él estaba escrito: TE HE VISTO. Hice rápidamente el cálculo: la luz de la galaxia había empleado cien millones de años en alcanzarme, y como allá arriba veían lo que sucedía aquí con cien millones de años de retraso, el momento en que me habían visto debía de remontarse a doscientos millones de años”. Esta noche pienso ejercer también mi derecho a la contemplación del cielo: como Italo Calvino, buscaré las claves personales de mi vida en la inmensidad: en alguna parte del firmamento las estrellas forman tres letras: GQC.

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