Las Claves

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De la familia se pueden hacer muchos dibujos. Los niños pintan a sus padres tal y como son: en los trazos infantiles la corbata del padre es roja, los pantalones se oscurecen de verde, la camisa se unta de gris, los calcetines imitan el azul del cielo, el saco algodona la sospecha del café, los zapatos coquetean con la cordura de la caoba y el portafolio desafía los asombros del morado. Madre de blusa púrpura con falda de encajes en arcoiris de avellanas. Sí, los infantes saben conjeturar como nadie la iconografía perfecta de la estirpe.

Retratos de familia, de Karen Plata (Ciudad de México, 1986), es una sobresaltada fajina de imágenes, las cuales configuran perplejidades y acuses tal y como un muchacho vislumbra los aposentos socavados por el tiempo y sus enveses. “Hacer una casa sobre el cuerpo de una vaca, / hacer una casa para la vaca, / pensar que tenía hermanos y primos y dibujarlos, / pensar en el pasto enorme de vaca, / tragarse a la vaca”: poema pórtico de este breve cuaderno que avisa de las coordenadas plásticas secuestradas al cosmos del pintor bielorruso Marc Chagall.

Karen Plata nos invita a ver el mundo a través de un punzante vitral. Sí en La aldea y yo, Chagall ramifica la planicie para que la luz irradie todos los segmentos de lo cotidiano, en Retratos de familia la joven poeta mexicana recurre a las glosas bíblicas en manifestación festiva y, asimismo, lo que podría considerarse una suerte de Génesis en que la nostalgia espolea la lógica, pero desde una conciencia deconstructiva. “Así debe ser el cielo, acaso el momento justo en que el palo / de un niño atraviesa el ojo de una vaca”.

Hay en estas estrofas un cauteloso discurso fauvista a la manera del método de Matisse de la utilización libre del color, Plata se aventura por trasiegos metafóricos en que una solapada violencia, dispensada en perspicaces paráfrasis, desequilibra el habla poética y conforma trazados de sátira menipea al modo de Quevedo: “Matar un par de moscas no es matar, es un escenarios menos / trágico. Un desliz de la mano que no dejó de apretar a un / pequeño cuerpo hasta dejarlo sin aire”.

Compendio de antiliturgias, antisalmos que alimentan una misa encharcada en escarnios perfilados de sospechosos candores. El lector tiene en sus manos una alforja de abrevias y extrañezas: desconciertos poco comunes en la oratoria de los jóvenes poetas en México. “Mi abuela se tiró un día por la ventana, mi abuela caía pero mi tía se quedó colgando. Se quedó meciéndose a un metro del piso sin caer. Se quedó parada mirándonos. Ella quería decirme algo pero se quedó dormida o yo me desperté cuando estaba a punto de contármelo”. Como diría el poeta judío Yehuda Amijái: “Cada uno en su vida necesita un jardín abandonado”. Plata edifica ruinas habitadas por fantasmas que se mecen en el último cuarto de la casa. “Mirar el cielo es diferente desde los ojos de la vaca”, advierte la perturbadora y subversiva voz que desanda por los pliegos de esta singular cartilla de versos. El jurado del Premio Elías Nandino 2015 (Maricela Guerrero, Tedi López Mills y Victor Ortiz Partida) nos ha dado la oportunidad de conocer a una poeta de legitimidad absoluta.

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró

Carlos Olivares Baró es columnista fundador de La Razón. Ha publicado la novela La Orfandad del Esplendor y el libro de textos periodísticos Un Sintagma por Aquí, un Estribillo por Allá. Profesor universitario y conferencista de música y literatura en varias instituciones culturales de México. Sus textos han aparecido en publicaciones de España, Cuba, Puerto Rico y México. Publica en este diario semanalmente las columnas de reseñas y comentarios de discos y libros, El Convite y Las Claves.
Carlos Olivares Baró

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