León Felipe
en la estación mexicana

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León Felipe es una presencia familiar en México desde 1923 —y sin la huella de México y América su obra no sería la misma como supo escribir Octavio Paz1 y explayar con minucia la estudiosa María Luisa Capella—.2 pero su paso y estancia por nuestro país no es una casualidad. Como se desprende de la correspondencia entre Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes3, la idea de transplantar inteligencia a México, luego del sismo físico y simbólico que significó el ciclo revolucionario mexicano, fue puesta en práctica por el secretario de Educación José Vasconcelos, quien quiso convocar a Pedro Henríquez Ureña a asumir “una jefatura de intercambios universitarios”.4 Además de León Felipe, vinieron el filólogo y crítico Federico de Onís, el pintor e historiador norteamericano de arte Walter Pach, el poeta chileno Arturo Torres Rioseco, la poeta Gabriela Mistral, entre otros. Se tuvo la intención de traer a alguno de los Alonso (Dámaso o Amado), a Adolfo Salazar entre los mencionados en la correspondencia citada. La idea de renovar el solar de la cultura mexicana que cristalizó poderosamente con Lázaro Cárdenas rondaba ya en las mentes de los mexicanos alertas al empezar y concluir la Revolución con Álvaro Obregón.

Que haya sido un libro de León Felipe la primera publicación de la Casa de España en México, luego El Colegio de México, no deja de tener cierta razón histórica, ya que el poeta español —que en 1923 tenía 39 años y 53 años en 1938, el año de publicación de El payaso de las bofetadas y el pescador de caña— fue, en cierto modo, no sólo un precursor de la España peregrina sino un adelantado de aquella fraternidad intelectual, como él mismo lo dice y lo reconocen desde Gerardo Diego hasta María Zambrano. (Por cierto ella al parecer lo vio sin reconocerlo, cuando era muy joven en el entorno amistoso de su padre. Según Octavio Paz fue quizá, entre otros motivos, por una sugerencia de León Felipe que Daniel Cosío Villegas y Alfonso Reyes repararían en la figura de la pensadora para atraerla a la Casa de España.)
El inquieto León Felipe fatigaría desde ese 1923, los caminos de América dando voz y cuerpo a su palabra en permanente ruptura, contradicción, palinodia y dando la cara de la poesía y de la insurrección por la “patria grande”: desde Argentina, Panamá, Venezuela, Colombia, hasta México y los Estados Unidos. A su regreso León Felipe vivió y publicó en México (Drop a Star, 1933) y en España (la Antología de Espasa Calpe, 1935).

Federico de Onís en su Antología de la poesía española e hispanoamericana (1961) escribe sobre León Felipe, quien había colaborado en su primera edición:

Hombre sin voluntad y sin arraigo, es a través de sus cambios el mismo, y va por todas partes absorbido en su vida interior. De ella están hechos sus versos que él llama también oraciones porque en ellos habla con Dios. En esto y en otras cosas se parece a Unamuno y a Antonio Machado, pero su religiosidad y sus meditaciones y su poesía son muy suyas. Primero las expresaba en un balbuceo entrecortado y monótono, con humilde sinceridad, después, en sintética concentración más pura y desnuda su mínima emoción de eternidad.5

Entre 1946 y 1948 el poeta hace una gira de misionero trotamundos o de caballero andante de la poesía por todos los países de Hispanoamérica, salvo por aquellos (Honduras y Paraguay) donde se le prohíbe la entrada. En los veinte años que corren de 1948 a 1968, año de su muerte, vivió en esta Ciudad de México sin interrupción ganándose la vida en parte como traductor de obras de Waldo Frank, Bertrand Russell, entre otros, y en parte (brevemente) como investigador de la Casa de España, según consta en un breve texto anónimo alojado en su expediente de El Colegio de México, donde se asienta:

Entró en el país en agosto de 1938. Ha trabajado en su libro El español del éxodo y del llanto, que ha publicado en diciembre de 1939.

En ese mismo expediente, aparece en otra hoja un párrafo también anónimo, que como el anterior ha sido reproducido por Martí Soler Vinyes en el libro La casa del éxodo. Los exiliados y su obra en la Casa de España y El Colegio de México (1938-1947):

León Felipe es uno de los poetas esenciales de esta hora de España. Entre todos, acaso el que más hondamente ha sentido la tragedia española y sin duda el que de manera más aguda ha sabido reflejarla en sus versos con todos sus amores y su iras, sus recelos y sus desesperanzas en tonos de exacerbada sensibilidad, hecha fundamentalmente de viva sustancia hispánica. León Felipe Camino Galicia, nacido en 1884 en Tábara, provincia de Zamora, se dio a conocer en 1900 con sus Versos y oraciones del caminante. Ha vivido largos meses en las posesiones españolas del golfo de Guinea; años en los Estados Unidos, como maestro de español en varias universidades, y en México, en donde contrajo matrimonio. Ha desempeñado cargos diplomáticos y permaneció en España durante los meses más duros de la guerra.6

* * *

Felipe Camino Galicia, cuyo nombre León Felipe se impuso a sí mismo cuando dio a conocer su primer libro de poemas, nació el 11 de abril de 1884 (en the uncertain glory of an April day, diría Shakespeare) en Tábara, provincia de Zamora. Tardó treinta y seis años en alcanzar su voz con esos Versos y oraciones del caminante cuyo primer lector fue Enrique Díez-Canedo, quien los hizo reproducir fragmentariamente en la
revista España y los recomendó para que se conocieran en el Ateneo de Madrid a fines de 1919.

Un día —recordaría E. Díez-Canedo en un texto publicado en El Sol de Madrid, en 1930—, el escultor Emilio de Madariaga, […] me entregó un manuscrito, versos de cierto muchacho que, pasada la primera juventud, escribía para sí mismo […] Yo guardé el manuscrito entre los papeles que llenaban mi mesa en la redacción de una revista, España, donde encontraron primera acogida —me complazco en hacer memoria de ello— escritores que han llegado después a mucho. Y entre aquellos papeles se quedó el manuscrito, olvidado, hasta que Emilio de Madariaga, extrañándose de mi silencio, me volvió a hablar de los versos de su amigo. Entonces, leí de un tirón el manuscrito y mis compañeros de España recordarán como yo que, convocando a cuantos había en la casa, les hice inmediatamente partícipes del descubrimiento, y la revista se honró publicando en seguida una selección de los que a no tardar fueron, en cuerpo de libro, los Versos y oraciones del caminante.7

En ese ambiente de España se daría la memorable lectura en el Ateneo de Madrid. Era éste entonces un espacio hirsuto de ultraístas y neo-modernistas. En esa primera lectura estuvieron presentes Jorge Luis Borges, Gerardo Diego —contemporáneo y amigo de León Felipe desde muy joven—, Pedro Garfias y Mauricio Bacarisse, quien resumiría así la velada:

Estamos en el bar —bajo el estruendo agobiante de la pianola— festejando el nuevo éxito de incomprensión que esta noche ha obtenido en el Ateneo Pedro Garfias, el fervoroso, disparando su ametralladora de estrella sobre la plenitud de los oyentes […].8
Luego empezó la lectura de León Felipe —con voz que “sonó grave, pastosa, vibrante” y dijo:

Mi ánimo al venir aquí no ha sido dar una sensación de fatiga, sino una emoción de belleza. De una belleza ganada desde mi sitio, vista con mis pupilas y acordada con el ritmo de mi corazón; lejos de toda escuela y tan distante de los antiguos ortodoxos retóricos como de los modernos herejes —herejes, la mayoría, por un afán incoercible de esnobismo—. Con estos hombres —preceptistas o ultraístas— que se juntan en partida para ganar la belleza, no tiene nada que ver el arte. La belleza es como una mujer pudorosa. Se entrega a un hombre nada más, al hombre solitario, y nunca se presenta desnuda ante una colectividad.

La divisa de escuela, además, no dice nunca del gesto nuevo y único que traemos todos los hombres al nacer y al cual hemos de estar siempre atentos y fieles, porque tal vez esto sea el mayor mérito que podamos tener para con Dios, que castiga duramente al hombre necio y falso que pretende engañarle vistiéndose con la misma túnica que su hermano. Y no vale menos este gesto específico de la unidad que aquel carácter genérico del grupo. Y más peca el hombre que mata en sí lo que le diferencia de todas las cosas del universo que el que reniega de su casta.

Dentro de mi raza, nada más que de mi raza, he procurado siempre estar atento a este gesto, a este ritmo mío espiritual, al latido de mi corazón, porque ese ritmo del poeta es la única originalidad, el único valor eterno de que podemos estar seguros en la poe- sía lírica. Este ritmo mío, además, ha sido siempre el generador de mi verso, el que ha ido tejiendo la forma al abrirse camino por entre las palabras. Por eso, a priori, no admito ninguna forma métrica. Sé que siendo fiel al mismo cumplo con la única ley eterna e inmutable de la belleza.

Ir a buscar este valor personal, este signo específico generador de nuestro verso fuera de nosotros mismos, es una gran torpeza; e ir a buscarle fuera de nuestra tradición y de nuestro pueblo, es una gran locura. En el verso de un poeta nuevo, por mucha personalidad que tenga, ha de haber siempre ritmos de su raza, lo específico de su pueblo, que es lo genérico del poeta, y por encima de esto el signo particular de él.

Y si esto es así, después del brillante resurgimiento de nuestra lírica moderna, vuelta hacia el corazón de la raza, es doloroso que maneras extrañas pretendan nuevamente desviarla de su cauce. Y hablando de este modo no puedo ser sospechoso de patrioterías, ni grandes ni chicas. Ya lo veréis en mis versos. Jamás he cantado las rancias tradiciones de la raza, ni he puesto mi verso al servicio de esos violentos entusiasmos regionales que andan ahora tan en boga. Cuando en mis horas de gracia me alzo sobre las cosas de la Tierra, me da igual Francia que España; pero me duele que en este momento, después de la guerra, luego que hemos justipreciado nuestros valores espirituales y estéticos, se forme una escuela de arte en derredor de un poeta francés.

Desde aquí, desde donde estamos ahora, con las amplias libertades de la métrica moderna, ya del todo desencadenadas, podemos los poetas castellanos decir lo subjetivo y lo universal, lo pasajero y lo eterno. Podemos decirlo todo, pero cada uno con su voz, cada uno con su verso; con un verso que sea hijo de una gran sensación y cuyo ritmo se acorde al compás de nuestra vida y con el latido de nuestra sangre.

He dicho todo esto sin altivez, porque pienso que lo menos que se le puede pedir a un poeta es que nos diga lo suyo con su verso, y porque solo distingo mejor mi voz que en el canto de los orfeones y no tengo que esforzarla para ponerla acorde con la tiranía de un pensamiento colectivo. Mi voz, además, es opaca y sin brillo y vale poca cosa para reforzar un coro. Sin embargo, me sirve muy bien para rezar yo solo bajo el cielo azul…9

Era buen lector de sus poemas, y los suyos tenían un sabor originario que fue reconocido de inmediato por el público que empezó a correr la voz de que se había manifestado, a través del joven poeta, una canción a la par nueva y sugestivamente tradicional.

* * *

El primer libro de León Felipe tuvo un éxito inmediato de lectura, un succès d’estime incomparable: los poetas leyeron sus poemas, los memorizaron y los hicieron suyos. Un ejemplo es el de Rafael Alberti quien en sus memorias cuenta cómo los versos de León Felipe se encuentran asociados al despertar mismo de su vocación poética:

Yo me iba de mi casa, en busca de la soledad, por las afueras de mi barrio. La llanura, con sus chopos ensimismados, y el Guadarrama azul en lejanía, fueron mis buenos compañeros de aquellos meses. Me quedaba en el campo hasta muy atardecido. Y —¡Oh milagro!— me seguían saliendo los poemas como brotados de una fuente misteriosa que llevara conmigo y no pudiera contener. Recuerdo ahora también el comienzo de otro (poema) surgido entre dos luces en un ocaso de primavera:

Más bajo, más abajo
No turbéis el silencio
De un ritmo incomparable,
lento,
muy lento,
es el ritmo
de esta luna de oro
El sol ha muerto:
y hasta las alegrías son tristezas,
pero del mismo ritmo:
lento,
muy lento.

Por aquellos días, un poeta llegado, creo que de Fernando Poo, al Ateneo de Madrid, había recitado los versos de un librito que acababa de publicar. Su título: Versos y oraciones del caminante. Su autor, un desconocido: León Felipe. Con algo de su delgado acento escribí yo en aquellas horas iniciales. No pude verlo entonces. Y nunca más supe de él hasta que lo conocí después, en 1934.

Quiero ahora hacerle saber a ese santo profeta referido que sus primeros versos, desprovistos y graves, llenaron de temblor las incipientes hojas de mi más tierna arboleda perdida.10

* * *

Desde ese paisaje literario León Felipe viajará a África como boticario, volverá a Madrid y emprenderá el viaje a México.

Los quince años que van de 1923 a 1938 son para León Felipe de intensa actividad: a fines de 1923 viaja a los Estados Unidos, a Nueva York donde Federico de Onís lo alienta para que estudie Letras en la Universidad de Columbia. Descubre a Walt Whitman y a William Blake. Se hace amigo de Federico García Lorca y Waldo Frank, a quien traduce. En 1934, le envía a su amigo y paisano Gerardo Diego una carta y una autobiografía para ser incluida, la segunda, en la antología que éste preparaba:

Carta de León Felipe
a Gerardo Diego

(14 de marzo de 1934)¹¹

Mi querido amigo: Recibí tu carta y te contesto como quieres, casi a vuelta de correo; pero no te envío ni el segundo libro de Versos y oraciones ni un ejemplar editado de Drop a Star. De este poema mandé sólo unos cuantos, impresos, a España y en seguida corté el envío porque el poema empezó a crecer y a cambiar. Hoy es casi el doble y creo que está más
organizado, más limpio, más claro y
más equilibrado. Sobre la variante que le envié a Valdor para una antología que hace ya más de dos años pagaron unos amigos generosos he hecho correcciones y añadidos. Modificada así te la envío a ti ahora.
Pero el poema no está concluido aún. Usa de él lo que quieras. Espiga ahí, si se puede (mejor que en mis otros libros), porque, aunque la crítica no me ha ayudado a valorarlo, yo sigo estimándole como mi mejor esfuerzo. La poesía no ha de ser esto, sin embargo. Ya lo sé. Pero hoy, para mí, no puede ser otra cosa. Desde tu punto de vista, primero, que entiendo muy bien, yo no admitiría en ninguna antología de un criterio rígidamente lírico ni este poema ni ninguno de mis versos. Yo no he nacido bajo signos estéticos siquiera. Es otra la fuerza que me ha llevado a escribir mis versos. Tú has dicho, sin embargo, y alguno de nosotros también, que el verso puede ser oración y pensamiento metafísico. Yo no lo creo. A mí me parece que la oración en un poema lírico es un elemento tan impuro como la anécdota. Si no lo creyese así yo hubiese pedido un rincón en tu primera antología, aunque dijeses, y es lo mejor que habrías podido decir, que yo rezaba como un publicano.

Autobiografía
de León Felipe para
la antología
de Gerardo Diego
de 193412

Mi biografía la conoces casi. Tengo cuarenta años, ahora, el 11 de abril, cumplo cincuenta. Nací el 84 en un pueblo de Zamora; después viví en la sierra de Salamanca hasta los nueve años. Entonces me llevaron a Santander. Allí estudié primaria con Don Quintín. ¡Dios le bendiga! Es el único maestro que recuerdo con amor. Acabé el bachillerato en Santander y estudié en las Universidades de Valladolid y de Madrid. En Madrid me licencié en Farmacia. De hombre ya, mi vida es sucia y fea. Para borrarla, y un poco a la desesperada, me fui a África. En el golfo de Guinea pasé cerca de tres años. Después, haciendo una pequeña escala en España, me vine a América, pasando por Méjico, donde me casé, entré en los Estados Unidos. Allí he vivido seis años. Cuatro en la Universidad de Cornell como instructor de Español. He sido profesor de Lírica Castellana en Columbia University, y he enseñado diversas clases de literatura en la Universidad de Las Vegas, Nuevo Méjico. Ahora doy un curso de El Quijote para estudiantes norteamericanos en la Universidad Nacional de Méjico y soy director del Cuadro Dramático Radiofónico de la Secretaría de Educación Pública.

Tengo los tres libros de poesía editados, que conoces. Folletos y conferencias sin importancia. He traducido algunos libros del inglés al español: España virgen y América hispana, de Waldo Frank. Poemas de T. S. Eliot, de Whitman, de Blake, y de algunos metafísicos ingleses (donde están mis preferencias), con los cuales algún día haré una antología.
De la última variante de Drop a Star hay una nota que puedes utilizar como poética, mejor que “Deshaced ese verso”. Te mando un retrato. Saluda a [Pedro] Salinas. Leí su último libro que me pareció maravilloso, limpio y cálido. Es una conquista lírica que nos regocija a todos. Felicítale.
Te abraza cordialmente,
León Felipe

* * *

León Felipe era ya una leyenda en 1935. Lo prueba el hecho de que “Cerca de doscientos nombres de intelectuales, escritores, poetas, catedráticos y entidades culturales” se hayan reunido para dar a la prensa una Antología-homenaje, bajo el sello de Espasa Calpe en 1935, publicación que lo motivaría para volver a la península.

Este libro se dividía en siete secciones: “Autorretrato”, “Poemas castellanos”, “Poemas menores”, “Normas”, “Poemas americanos”, “Oraciones” y “Drop a Star”, la obra fue reseñada por el poeta, novelista, guionista cinematográfico, periodista y crítico literario, Antonio de Obregón (1910-?) en marzo de 1935, en la Revista de Occidente.13
Para el escritor y futuro cineasta Antonio de Obregón, el nombre de León Felipe evoca las glorias de
un monarca en esplendor: León Felipe (telegramas imaginarios de Viena o de Berlín: “La próxima boda de León Felipe con la princesa W.” “El último accidente de León Felipe en una cacería”, “Un baile en la Corte de León Felipe…”) El nombre de León Felipe deslumbraba nuestros oídos, figurándonos el León español y el Felipe habsburgués, separados por la diagonal decorativa de las barajas francesas. Pero nade tenía conocimiento de su persona. Ni en dónde se hallaba. Ni a cuántos kilómetros estaba su patria. Ni si la tenía siquiera.14

Los versos del poeta apellidado Camino Galicia, nacido en el pueblito de Tábara, Zamora en 1884 se recortaban y resonaban contra ese vacío que él mismo había encarecido con sus versos realzándolos a la luz de la memoria:

¡Qué lástima,
que yo no tenga una casa!
Una casa solariega y blasonada,
una casa
que guardara
a más de otras cosas raras,
un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada
que me contaran
viejas historias domésticas,
[como a Francis Jammes y a Ayala
y el retrato de mi abuelo que ganara
una batalla15

Ese hombre “misterioso y desperdigado”, ese peregrino y andariego que encarnaba en su errancia y desarraigo, ¿quién era? ¿uno de los descendientes de Zaratustra? ¿uno de los convidados al banquete de Los alimentos terrestres que no sabía que estaba invitado a ese simposio y que acaso no había leído André Gide? En el polvo y el viento de esas errancias terrestres y trasatlánticas surgirán unos versos auténticos, desganados e irregulares pero límpidos y prístinos:

Yo quiero el camino blanco y sin término.

* * *

León Felipe era ya un poeta de culto en los años de la dictadura de Primo Rivera, antes de la Guerra Civil, como refiere el editor Rafael Giménez Siles, quien lo descubrió cuando paseando con Wenceslao Roces, entonces el más joven catedrático antifascista, éste le empezó a recitar el poema “‘Piedra aventurera’: y la impresión que me produjo sigue viva en mí. Desde entonces el contacto con León Felipe ha sido permanente y nuestra amistad fraterna.”16
En 1931 viaja a España depositando como dice Arturo Souto “esperanzas en la segunda República”. Vuelve a México para publicar en 1933 el poema “Drop a Star” que Luis Rius considera un poema de transición. En 1934 va a España y regresa a México de camino hacia Panamá donde ha sido nombrado agregado cultural en ese país. Al estallar la guerra escribe un discurso, Good-bye, Panamá!, cuya lectura pública le es prohibida. Regresará a España en el otoño y ahí se encuentra con diversos amigos intelectuales españoles y americanos como Rafael Alberti, María Teresa León, Emilio Prados, Pablo Neruda y Octavio Paz, a quien sirve de guía.

Al iniciarse la Guerra Civil, León Felipe se traslada de inmediato a España.

Se encerró en el Madrid legendario de Miaja. Pasó a Valencia después. La España transida de hoy ha hecho nacer en él, como en todas las grandes voces hispanas del momento, una poesía patética y viril, desolada a veces, como es casi inevitable ante un dolor tan grande que apenas cabe en las palabras. […] encontramos nuevamente en León Felipe con su inquietud metafísica, con su aliento profético y con un vuelo ancho y alto que nos recordaba algunos capítulos bíblicos y la reciedumbre de Walt Whitman.17

Hay numerosos testimonios de su paso. Recordemos algunos: el primero es el testimonio de Pablo Neruda, que en sus Memorias recuerda a su

contradictorio compañero, el poeta nietzschiano León Felipe [quien] era un hombre encantador. Entre sus atractivos el mejor era un anárquico sentido de indisciplina y de burlona rebeldía. En plena Guerra Civil se adaptó fácilmente a la llamativa propaganda de la fai (Federación Anarquista Ibérica). Concurría frecuentemente a los frentes anarquistas, donde exponía sus pensamientos y leía sus poemas iconoclastas. Estos reflejaban una ideología vagamente ácrata, anticlerical, con invocaciones y blasfemias. Sus palabras cautivaban a los grupos anarcos que se multiplicaban en Madrid…

Pero no tanto que no llegase a tener algunos roces, literalmente, con alguno de ellos, cosa que estuvo a punto de costarle la vida si no es por la intervención vehemente y al parecer persuasiva de su amigo Pablo Neruda, quien lo salvó de ser fusilado.18


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