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Guillermo Fadanelli
Guillermo Fadanelli

No es que las mujeres hubieran dejado de interesarme. El motivo de mis tribulaciones se relacionaba más bien con lo contrario: las mujeres continuaban seduciéndome, pero yo
había dejado de interesarles. ¿Por qué? Las razones son las mismas a las que uno acude cuando se niega a comerse una manzana algo podrida. No tiene caso detenerse en explicaciones pues, en mi caso, aun siendo ésta una novela, saltan a la vista. Veinte años de frustraciones lo convierten a uno en un viejo prematuro. Prematuro no. A los cincuenta ya se es un viejo, un anciano sin adjetivos. Una mañana me paré frente al espejo y me di cuenta de que la noche anterior había sido elegida para cobrarme la cuenta. A todos nos llega la hora y la temida imagen del otro, del ser deforme, agazapado, escondido dentro de uno, aparece de golpe, sin preámbulos ni muletillas, sin tartamudeos que nos prevengan de lo dura que será la caída. En una sola noche la vida, cuya costumbre había sido olvidarse del agotado profesor universitario, lo visitó en su habitación para arrebatarle de un zarpazo su dignidad física. Cobró una deuda que durante tantos años yo le había escatimado. Llegó y amanecí nervioso, dotado de una ligera papada de sapo y sin cabello para cubrirme la frente. A los cuarenta y nueve era ya un sexagenario medio indecente y
ninguna mujer ponía los ojos en mí a no ser para pedirme el asiento en el autobús. Es falso que uno se pudra lentamente, lo haces de cuatro o cinco golpes que además siempre te sorprenden. Durante meses tu rostro se conserva inmutable, estático, incluso más rejuvenecido. De pronto, a las siete de la mañana de un seis de mayo la cera se derrite, la piel se abulta, los dientes saltan de su lugar, la espalda se vence y tus muslos comienzan a arquearse como dos agrias sonrisas. Hablando con la verdad, cuando se es joven uno jamás piensa en la posibilidad de dejar de gustarle a las mujeres. Uno cree que lo masculino se sobrepondrá a los años y que siempre existirá una mujer capaz de reconocer esa masculinidad oculta bajo tantas arrugas, opacada por el centelleante manto de una calva obscena. No es así. En cuanto te precipitas en los cincuenta comienzas también a presentir que el sexo tiene un fin, y lo que es peor, lo que en términos de humanidad resulta absolutamente incorrecto: te enteras de que serás testigo de tu propio derrumbe: ¡invitado a tu propia muerte!

En mi caso la fealdad me llevó a estudiar filosofía y a inscribirme en varios seminarios una vez concluida la licenciatura. Cuántos feos van por el mundo haciéndose los inteligentes.

No creo, sin embargo, que sea necesario dramatizar. En lo que a mí concierne no tengo inconveniente en dejar esta vida, siempre que sea sin molestar a los vecinos. En el Fedón se lee que hacer filosofía es practicar el estar muerto. Si bien yo no soy un filósofo sino un profesor —no humilde, pero sí común—, algo de esta platónica frase debe incumbirme. Lo que no deja de causarme desazón, como ya dije antes, es ser testigo de cómo mis órganos van dejando de oponer resistencia al tiempo. Los filósofos saben que entre más sabios sean menos temerán a la muerte, pero en realidad no son más que viejos cobardes buscando desesperados una puerta de emergencia. Sus argumentos son eufemismos propios de la vejez: aspirinas. En cambio, cuando uno es joven sabe que cualquier
dolor será pasajero, o al menos habrá tiempo suficiente para hacerlo desaparecer. ¿Cuántas veces siendo un mozalbete no me rompí los huesos haciendo alguna pirueta innecesaria? Era temerario porque sabía que a más tardar en un par de meses recuperaría de nuevo el esqueleto. Por el contrario, a los cuarenta y nueve has aprendido la lección y sabes muy bien que cualquier dolor, por muy leve, tendrá la suficiente confianza para almacenarse en tu cuerpo por el resto de tus días; sí, como una verruga dolorosa e incómoda. Lo más ingrato, empero, no es el hecho de que a esta edad el cuerpo se convierta en una bodega de pequeños dolores, sino que todavía se tiene un poco de fuerza para correr tras las mujeres. Sé muy bien que la romántica figura del conquistador ya no seduce a nadie. Mucho menos a mí. Si algo me jode el ánimo es la imagen de un conquistador arrebatándome a la mujer a quien me costó dos años convencer de que era yo un hombre de cierta valía. El conquistador destruye en segundos lo que un hombre sin gracia construye en años. Si estuviera en mis manos les daría el mismo castigo a los violadores que a los conquistadores. Ambos se parecen, ambos son ultrajadores de mujeres. La diferencia consiste en que uno se vale de la fuerza y el otro de sus atributos. Estas palabras, como es evidente, son más producto del odio que me despiertan los casanovas que de la inteligencia. Nunca he sido un hombre atractivo, ni siquiera un hombre interesante —figura que poseen los hombres de aspecto desagradable para infundirse ánimos. Durante un tiempo pensé que el hombre interesante podía competir hombro con hombro con el hombre bien parecido, e incluso superarlo
. El hombre interesante lo es toda su vida, en cambio el otro es potencialmente una flor marchita que inspira tristeza, compasión. No cabe duda de que en mi caso la fealdad me llevó a estudiar filosofía y a inscribirme en varios seminarios una vez concluida la licenciatura. Cuántos feos van por el mundo haciéndose los inteligentes. Todos conocemos a uno y lo odiamos, pues no se nos escapa  que, de haber sido un hombre apuesto, tal vez habría sido dentista o diseñador de muebles. Todo lo contrario sucede en lo referente al dinero. Los filósofos no deben ser hombres pobres, sino acaudalados, como Wittgenstein, o cortesanos como Séneca, Hume o Descartes. Si no se tiene un peso en el bolsillo es más conveniente estudiar cualquier carrera técnica —como si hoy la filosofía no fuera también una carrera técnica— y comenzar a trepar a costa de los demás. A los pobres sólo les resta dedicarse a los negocios e intentar acumular jugosas cantidades para el disfrute de su descendencia. Para ello, los liberales cuentan con una engañosa regla de oro: comienza apretando tuercas y con tesón terminarás siendo el hombre más rico de tu pueblo. 

En Guillermo Fadanelli, Lodo,

Anagrama, 2008.

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