Llevo más de una hora esperando para sentarme, apoyado en una columna, fumo cigarro, tras cigarro, mientras se liberan las mesas de las decenas de personas que simulan estar haciendo algo importante, de todas las mesas ocupadas, solo una tiene algún producto del reconocido café, en las demás, veo personas hojeando libros sin leerlos, otras se encuentran llenas de laptops y cuadernos; una pareja charla con desgana, casi como si fuera una obligación o una manda, charla que se interrumpe con ojeadas a los teléfonos que sostienen en la mano en la que, supongo por su lenguaje corporal, antes se entrelazaban entre sí; una chica con un atuendo ecléctico mitad punk, hippie, emo, aplasta sus rastas con unos audífonos enormes de una marca prohibitiva para el común de los mortales, tarareando una conocida canción pop. Mi café se encuentra ya a la mitad y es probable que lo tire antes de terminarlo pues ya está tibio y no hay peor cosa que la tibieza. Enciendo otro cigarro, menos mal que aún no se desocupan las mesas, la terraza al aire libre es “smokefree”, ahora entiendo porque el guardia privado se quedó cerca, casi como si estuviera esperando que transgrediera las “reglas de civilidad” para ejercer su poder y demostrarse útil a la sociedad…

Sociedad, somos una enorme cantidad de gente y entre la multitud, nos acompañamos virtualmente en una realidad aislada. Vivimos en la dualidad de querer ser únicos mientras nos convertimos en legión de imitadores, nuestras poses son estudiadas queriendo encajar pero, sin saber a bien, en dónde. Nadie tiene que decírmelo, lo veo, el café es un ejemplo tangible, de las 18 mesas, solo cuatro cuentan con más de una persona, las demás, son el humano y su computadora, el humano y su celular, el humano y su tablet, el humano y… su acompañada soledad.

Un joven discute apasionadamente con el aire, gesticula, mueve la cabeza en signo de negación, incluso, llega a aporrear la mesa provocando que los ojos se desconecten un instante de las pantallas y se posen en él, avergonzado, toma el cable blanco que le cuelga de la oreja al bolsillo y le dice algo en voz baja a una protuberancia, recoge sus cosas y antes de que termine de incorporarse, una pareja asienta una desgastada mochila negra y una reluciente bolsa con el logotipo de la marca estampado en cada centímetro de su fábrica. Los escucho hablar, no puedo evitarlo, de hecho me conforta escuchar a dos seres humanos hablando mientras se ven a los ojos y no, encorvados, riéndose solos y mirándose solo para mostrarse vídeos en la red de personas que aún viven pero, que no existen mientras no lo publiquen.

Un señor mayor, de camisa azul, de lentes rectangulares que serían “hipster” si tuviera treinta años menos, come una baguette fría que deja de vez en vez, sobre un papel encerado perfectamente doblado, la soledad no le molesta, quizá lo hizo hace unos años donde era “socialmente mal visto”, ahora, ahora no hay quien lo mire, ni a quien le importe, el señor, devuelve con gusto, la indiferencia. Eso remarca mi observación y me hace pensar que algo en las pantallas o nuestra adicción tecnosocial, de alguna forma atrofió nuestra “glándula gregaria” y nos dejó discapacitados de tal forma en que solo a través de un aparato podemos sobrevivir.

Mientras observo a la ingente masa, veo a una chica que me observa a su vez, nuestras miradas se cruzan, somos los únicos dos que no tenemos un dispositivo electrónico en nuestras manos, ese simple hecho nos da un punto de partida, utilizo la clásica media sonrisa como invitación, en ese momento, ella tiene cuatro opciones, hacer como que no vio nada y seguiremos igual, sonreír por cortesía devuelta y seguir en su lugar, mostrar un gesto de desagrado y de invasión a su espacio vital o, sonreír, bajar la mirada con timidez y aceptar tácitamente la siguiente jugada. Baja la mirada con timidez.

Me levanto de mi mesa y antes de dar el primer paso hacia ella, un sujeto con una camiseta de “save the planet” se sienta a beber en un vaso de plástico contaminante con un popote igual de contaminante.

-Hola, disculpa que te moleste pero, estoy seguro que de conozco de algún lado.- La frase, la más común de todas, le da la muestra de mis intenciones y la siguiente oportunidad de decir que no.

-No, no creo, te recordaría.-

Listo, si no hubiera añadido el “te recordaría” era un no, con esa adición es un “juega”.

-Lo sé, simplemente no se me ocurrió otra forma de acercarme a sacarte plática pero, al hacerlo, acabo de perder la mesa por la que esperé más de una hora.- El enroque de honestidad, ahorra bastante tiempo y le mando la pelota a su cancha. Sonríe y me señala la silla vacía.

-Me presentaría pero, no tiene caso que sepas mi nombre, no aún y no en estos tiempos.- Mi respuesta la saca de balance, esa no es la siguiente línea del guión.

-¿Disculpa?-

-Para que te digo mi nombre si no sabrás si es cierto, además, en estos tiempos, cualquiera se inventa un nombre y se sube a la red como la octava maravilla, puedo decirte que me llamo Juan de las Pitas o Brad Pitt y en realidad no tendría importancia, los nombres han perdido su esencia.-

-Demasiado filosófico y absurdo, me llamo Verónica y mi nombre es mío pero, se lo presto a millones más.-

Vaya, bien bajado el balón, le captó suficientemente rápido, quizá valga la pena la sobredosis de honestidad.

-Jajajajajaja, ok, tienes razón, me pasé con eso de querer verme “interesante”. En realidad tú si lo eres, creí que era el único loco que no estaba conectado.-

Su mirada se ilumina cuando se da cuenta que me di cuenta.

-Sí, por eso te estaba viendo, por ser el único loco que no está conectado pero, te vi analizando y juzgando a todos.-

-No, no juzgo.-

-¿Entonces?-

-Observo y me deprimo, por eso mi jeta.-

Platicamos, inventamos las historias de los presentes, nos contamos la vida y obra de cada uno, la decisión de ambos de dejar de lado los teléfonos y darnos cuenta de que estábamos fuera no solo de la corriente sino del agua. Hablamos de nuestra terquedad, de nuestras razones, de nuestra debilidad, de nuestra soledad elegida y la tarde completa se fue en un suspiro y mientras la luna llegaba a lo alto, el tiempo iba a la baja. Era extraño encontrarnos y compartir tanto, las probabilidades eran ínfimas y así se lo dije.

-No. Te estaba buscando.-

Su respuesta parecía común pero, tenía un dejo de verdad absoluta.

-¿Cómo puedes haber estado buscándome?-

-Cada día iba a diferentes lugares, sí, principalmente cafés y buscaba a quien no tuviera un teléfono en la mano, entonces me le quedaba viendo y hasta hoy, invariablemente, después del intercambio de sonrisas y una que otra frase, siempre, siempre, metían la mano a su bolsillo y aparecía mi odiado rival. Hoy era el último día en que le daba una oportunidad a mi terquedad, incluso, antes de venir, pasé por la tienda de celulares, a punto estuve de entrar y comprarme uno y regresar a la “normalidad”.-

Era demasiado perfecto para ser cierto, ese tipo de “perfecciones” me sacaban ronchas, nunca lo eran, siempre terminaba aporreándome de la decepción. Era normal que dudara y sin embargo, sentía que debía seguir y eso, era otra cosa que no sentía desde hace mucho.

Cuando metí la mano al bolsillo vi como se le endurecían las facciones y como, al ver que era una libreta, dejaba salir el aire con alivio.

-Es tarde Verónica pero, quisiera verte otro día, ya sé que en esta ciudad, cada quien tiene su propio medio de transporte pero, no puedo ofrecerme a llevarte pues vivo a solo dos cuadras. Así que, como no puedo pedirte número telefónico, mandarte mensajes, inbox, whats, o darle “like” a tus “post”, te parece que nos veamos mañana a las 5 p.m.-

-Como no puedo esperar que me llames, ponerte en agenda, escribirte mensajes o emoticones, sí, nos vemos mañana a las 5 p.m. aquí mismo. No llegues tarde que odio la impuntualidad.-

-No te preocupes, desde que decidí dejar el teléfono, tiempo es lo que me sobra y hasta hoy, también lo hacía la soledad.-

-No te adelantes que no respondo bien a las presiones. Nos vemos mañana y ya veremos.-

Sus palabras fueron duras pero su mirada era divertida, quizá no me hubiera dado cuenta antes, pero desde que mis ojos no se dañaban con la pantalla, veía destellos luminosos en las miradas.

-Sea. Hasta mañana.-

Las dos cuadras a mi casa fueron nubes bajo mis pies, era increíble. Mientras caminaba, pensaba en la carta que le escribiría, ya era hora de desempolvar el papel y la pluma y tal vez, si la cita de mañana resultaba, podrían pedirse sus direcciones para enviarse cartas, estaba seguro que aún tenía algunas estampillas por ahí.

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