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Foto: Especial
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Muchas gracias por esta entrevista, Peter; es una gran alegría poder conversar contigo. Recibes ahora el premio principal de las Jornadas Literarias de Solothurn 2018. ¿No llega muy tarde para ti? Has publicado ya una docena de libros, tu obra tiene gran recepción en Europa, está muy traducida, bien difundida en inglés; entre los lectores mexicanos también goza de una estimable recepción —sobre todo entre los críticos literarios. ¿Cómo te sientes ahora al recibir este reconocimiento, qué significa para ti?

Mira, en Suiza no he recibido muchos premios. No sé si en México sea como aquí, donde se aprecia un poco menos a los propios autores que a los extranjeros. Por ello me parece lindo recibir un premio de mi propio país. ¿Llega demasiado tarde?… Siempre puede necesitarse uno, ¿no? Pero los premios no deben tomarse demasiado en serio, son buenos pero en lo fundamental no tienen mucho que ver con el trabajo. Al escribir sólo espero encontrar a mis lectores y los premios son algo con lo que puede especularse, pero no es lo central.

Los premios son importantes para la consagración, ¿estás de acuerdo? Para los autores suizos y austriacos quizá sea más importante, primero, ser publicado en una gran editorial alemana y a partir de allí tener una mayor difusión de la propia obra y tal vez recibir luego un premio. ¿Crees que este te ganará más respeto aún entre el público lector suizo?

Con toda franqueza, y aunque sea un premio que agradezco mucho, este reconocimiento no se compara con el Premio del Libro Suizo o el Premio del Libro Alemán, que traen consi-
go mucha publicidad; mucha gente no se ha enterado que recibo ahora el Premio de las Jornadas de Solothurn.

Tienes la enorme fortuna de ser publicado, en alemán, por una gran editorial, y de formar parte —en español— del catálogo de autores de la prestigiosa editorial Acantilado, amén de que las versiones al español de tus libros están hechas por uno de los mejores traductores del alemán al español de nuestros días, José Aníbal Campos. Esto ha acentuado, de cierto modo, tu vínculo con las literaturas en español, ¿es así?

No leo un libro porque venga de un país en particular. No busco una obra porque su autor sea mexicano o colombiano; por supuesto, cuando recibo consejos de personas con un amplio espectro de lecturas siempre salta el nombre de algún latinoamericano; entre ellos hay autores maravillosos, cuentan con una literatura estupenda, siempre me dejan impresionado, incluyendo a sus autores jóvenes.

Foto: Especial
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¿A qué jóvenes has leído?

A un argentino, Patricio Pron, de quien leí una novela sobre sus padres, Der Geist meiner Väter steigt im Regen auf (El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, originalmente de 2011). No obstante tratar temas como el exilio, la persecución, los peligros de un escape forzado, no es realista ni tiene que ver con el realismo mágico. Es muy enigmática.

También has sido lector de Rulfo…

Sí, y de Bioy Casares, de quien quizá no he leído demasiado. Pero lo que he conocido de él me pareció espléndido.

¿Qué descubriste en estos autores?

Que estábamos estancados en el realismo. Creo que hoy en día existe entre nosotros una tendencia de autores dedicados únicamente a relatar historias. Esto me parece un poco tedioso, si sólo quiero escuchar una historia mejor voy al cine. Y en aquellos autores encontré algo más que meras historias, encontré muchos subterráneos. Fue como entrar en una casa y ver que había un sótano, y luego otro sótano, y luego otro sótano…

Exacto. Quisiera concentrarme en una de tus compilaciones narrativas más gustadas en español, A espaldas del lago, que viene mucho a cuento después de tu evocación de Bioy, porque el primer relato de este libro, “Los veraneantes”, me recordó de inmediato a otro argentino, quien acaso hubiera estado feliz de leerte, Julio Cortázar, pues tu forma de crear la ficción se parece mucho a la suya: dices mucho sin hacer casi nada explícito, generas grandes espacios de ambigüedad y manejas los claroscuros ambientales con enorme maestría sin llegar a descifrar las situaciones generadas. Un aspecto que me fascina de estos relatos es lo que su brillante traductor, el ya mencionado José Aníbal Campos, apunta en su brevísima nota introductoria a la edición de Acantilado: es tu libro más suizo, la obra en la que te involucras más con Suiza. A siete años de distancia (se publicó por primera ocasión en 2011), ¿cuáles consideras los valores más perdurables de esta obra?

Es un libro al que no he vuelto recientemente, pero en su momento lo hice con mucho gusto. Creo que, cuando era joven y vivía en Suiza, tendía a situar mis relatos en el extranjero; viajaba a otros países y escribía sobre ello. Llevo tanto de no ir a la región donde suceden las historias de A espaldas del lago, la zona donde crecí, que incluso se ha vuelto como un país remoto para mí. Por ello me he retraído de esas historias, que suceden en lo que realmente fue el paisaje de mi juventud. No obstante, no son historias de infancia, provienen de muy diversas fuentes. Lo único que tienen que ver con mi pasado es que suceden en el entorno geográfico donde pasé mi niñez y temprana juventud.

En la literatura en lengua alemana ha habido una gran tradición de situar obras narrativas costumbristas en el entorno de provincia, en los terruños y matrias: la Heimatliteratur. Buena parte de la mejor literatura austriaca del siglo pasado fue una respuesta a esa literatura provinciana, kitsch y conservadora, que dio en llamarse Antiheimatliteratur. ¿Podríamos considerar A espaldas del lago como tu muy singular contribución a esa tradición crítica, una pieza muy refinada, nada programática de Antiheimatliteratur?

Nunca lo había pensado así, tendría que reflexionar al respecto. Pero, sí. ¿Por qué no?

Cuando recibo consejos de personas con un amplio espectro de lecturas siempre salta el nombre de algún latinoamericano; entre ellos hay autores maravillosos, cuentan con una literatura estupenda, siempre me dejan impresionado, incluyendo a sus jóvenes.

¿Cómo lograste concebir este grupo de narraciones?

Con relativa fluidez; aparecieron una tras otra durante un par de años, pero con relativa rapidez, diría yo. Para mí una colección de relatos tiene que ser un todo; no únicamente lanzar cosas al vuelo, sino que un libro de relatos debe tener una secuencia, una “dramaturgia” respecto a cómo deben aparecer las historias, cuál va antes, cuál después. Incluso retomé narraciones escritas antes que la mayoría, pues engarzaron mucho mejor que en otro libro, antes no habían compaginado; también saqué otras que no correspondían.

Ahora que te has convertido en un símbolo de la literatura suiza en lengua alemana, ¿de qué autores suizos te sientes más cercano?

De los contemporáneos, sin duda de Klaus Merz, gran autor que ha desarrollado una larga obra poética; y también de Markus Werner, quien desgraciadamente murió hace dos años. Ellos dos me son muy entrañables. De los clásicos, te mencionaría a Gottfried Keller. Acabo de redescubrirlo. Lo leí muy joven y lo olvidé durante muchos años, hasta ahora que me reencuentro con un autor mayúsculo.

Para terminar la charla quiero preguntarte algo que no quiero omitir. Has viajado dos veces a México, una vez a la FIL Guadalajara y otra a Oaxaca y a la ciudad de México. ¿Qué te dejaron esas visitas?

Experiencias inesperadas. En Suiza, cuando pensamos en México por lo general seguimos asociando al país con los clichés al uso —el día de los muertos, la música de mariachis, la excelente comida, etcétera, que por supuesto uno encuentra también—; pero me sorprendió sobre todo la vitalidad de la vida intelectual, que hubiese tantos escritores. No había tenido entrevistas tan interesantes como las que me hicieron en México: los entrevistadores iban preparados, me hicieron preguntas inteligentes, estaban realmente interesados en mi obra… Y cuando entre nosotros se habla de México uno no piensa que pueda existir todo esto.

Foto: Especial
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