El director quebequense Denis Villeneuve tuvo la fortuna y responsabilidad de ser elegido por Ridley Scott para filmar la secuela del filme seminal de la tecnocultura contemporánea, la cinta más intensa, fascinante y poética que ha creado la “industria” hollywoodense: Blade Runner (1982). Este privilegio venía arrastrando enormes riesgos e inevitables controversias. ¿Cómo satisfacer a un público masivo, adiestrado para disfrutar del cine vertiginoso e hiperreferencial contemporáneo? y al mismo tiempo complacer al grupo vociferante de fanáticos obsesivos de esta obra clave. Ningún filme estará jamás a la altura de las expectativas de treinta y cinco años de espera y menos si se trata de la secuela de un filme que más allá de ser de culto o un clásico, es un fabuloso legado. Es bien sabido que Blade Runner fracasó en taquilla y fue repudiada por la crítica pero su influencia en el cine, la música, la literatura y la moda ha sido inmensa.

A partir de aquí vendrán spoilers.

Blade Runner 2049 (BR 2049) comienza con una secuencia familiar para los fans, un blade runner, un policía que se dedica a retirar (eliminar) replicantes (androides prácticamente indistinguibles de seres humanos creados con procesos de bioingeniería), espera en la cocina de una casa rural a su víctima. Esta secuencia había sido concebida por el guionista original de Blade Runner, Hampton Fancher, sin embargo Scott la eliminó y también despidió a Fancher (quien había negociado los derechos del libro Sueñan los androides con ovejas eléctricas, de Philip K. Dick, en el cual está basado el filme). En BR 2049 el blade runner en cuestión es KD6-3:7 (Ryan Gosling), mejor conocido como K y después rebautizado como Joe por Joi, su pareja electrónica. Su nombre es un homenaje a K. Dick, aunque muchos han insistido en asociarlo con Joseph K, el personaje de El Proceso, de Kafka. K ha ido a eliminar a Sapper Morton (Dave Bautista), un replicante de una de las generaciones prohibidas de androides Nexus (6, 7 y 8). Sapper intenta defenderse pero es derrotado. Antes de morir le dice a su ejecutor: “Tú nunca has visto un milagro”.

Es bien sabido que Blade Runner fracasó en taquilla y fue repudiada por la crítica pero su influencia en el cine, la música, la literatura y la moda ha sido inmensa.

En 2019 los blade runners debían sentar a sus sospechosos frente a una máquina Voight Kampff para evaluar sus reacciones involuntarias a un cuestionario y demostrar que carecían de empatía. En 2049 basta con revisar su número de serie en la esclerótica del ojo derecho. Durante esta misión de rutina K descubre una caja con huesos enterrada al pie de un árbol muerto. Son los restos de una mujer que murió al dar a luz. El milagro del que hablaba Sapper es que se trataba de una replicante. Esta revelación amenaza con “destruir al mundo”, en un tiempo en que los replicantes han vuelto a ser tolerados en la Tierra, por presión corporativa, pero que son rechazados por las masas. La noticia de una replicante que pudo reproducirse, pondría en evidencia que si el eslogan: “Nacer es tener alma” es cierto, la superioridad humana es un mito. La jefa de K, la teniente Joshi (Robin Wright), ve en esta noticia un presagio de caos y por tanto desea esconder toda evidencia y eliminar el peligro al preservar el “muro entre ellos y nosotros”.

Como en la anterior BR, la única institución gubernamental que sigue operando en este tiempo de mega- corporaciones es la policía. El poder auténtico lo tiene Niander Wallace (un alucinado Jared Leto), el director de la corporación que lleva su apellido y que tomó el control de la corporación Tyrell, tras el asesinato de Eldon Tyrell (Joe Turkel), a manos de Roy Batty (Rutger Hauer). Wallace es el genio que ha inventado a las nuevas generaciones de replicantes (a quienes llama sus ángeles) e inteligencias artificiales domésticas, pero que además salvó al mundo de la hambruna al crear proteínas artificiales capaces de sostener a la población en un planeta estéril y devastado. Pero a Wallace, quien habla en parábolas crípticas y tiene un cruel complejo divino, no le basta con tener a sus “ángeles” trabajando en las colonias espaciales, por lo que logra revocar la prohibición de replicantes en la Tierra y sueña con conquistar el universo con un ejército de miles de millones de replicantes autorreplicantes. Para llevar a cabo este último objetivo Wallace debe descubrir el secreto de Rachael (Sean Young), la replicante experimental a la que Tyrell dio la capacidad de tener hijos.

El mundo postapocalíptico de BR 2049 es un poco más vasto que el del filme anterior, que se limitaba a Los Ángeles, porque se ha extendido a San Diego, convertido en un gigantesco tiradero de basura, que evoca la serie de fotografías Shipbreaking, del canadiense Edward Burtynsky y a un desierto de Nevada radiactivo con un cielo rojizo que recuerda a Cartas de un hombre muerto (1986), de Konstantin Lopushansky. La aglomeración urbana del Los Ángeles del filme de Villeneuve se parece a la de la película original: el caos multicultural, la lluvia ácida, las prostitutas y los autos voladores o spinners siguen ahí, pero se percibe una cierta corporativización que es evidente hasta en el cuartel de la policía. El edificio de K carece del brutal encanto neoazteca del que habitaba Deckard y en cambio sus áreas comunes hacen eco del amontonamiento humano asfixiante de Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, 1973), de Richard Fleischer. Los descomunales anuncios callejeros se han vuelto tridimensionales y muestran cuerpos desnudos de mujeres seductoras que ofrecen compañía y estímulos eróticos. La presencia de anuncios de corporaciones difuntas como Pan Am y Atari, así como de un ballet soviético pone en evidencia que este no es un mundo que haya evolucionado del nuestro, sino que es un futuro alternativo engendrado de la Guerra Fría y los años ochenta, en el que nadie camina por la calle mirando su smartphone, internet no parece existir y el mundo no ha sido digitalizado (esto es explicado a medias con el apagón de diez días que arrasó con las bases de datos mundiales y que es relatado en el corto Black Out 2022, de Shinichiro Watanabe).

Como mencionamos, K tiene una Joi (Ana de Armas), con lo cual se establecen interesantes relaciones y jerarquías entre seres artificiales. Joi es la única alegría de K. Más que una proyección holográfica complaciente y masturbatoria, Joi es una entidad camaleónica, compañera, amante y cómplice. Es claro que Joi evoca a Samantha, la voz del sistema operativo de la película Ella (2013), de Spike Jonze e incluso emplea una estrategia similar a la de aquella cinta para tener relaciones sexuales con K por medio de un cuerpo subrogado, y así llevar a cabo un provocador ménage à trois entre especies diferentes de seres manufacturados.

Blade Runner
Foto: Especial

K pertenece a la generación de replicantes Nexus 9, considerados eficientes, implacables y dóciles, no obstante es despreciado por sus colegas humanos y sus vecinos. No es un hombre libre pero su condición no es la esclavitud que padecían los replicantes Nexus 6, condenados a expirar en cuatro años. Desde BR se planteó la duda de si Deckard era o no un replicante. Después de años de incertidumbre y varias versiones del filme, Scott afirmó que era un androide, sin embargo en este filme la duda regresa. Deckard ha envejecido, ha sido padre y sobrevive en el ambiente irrespirable de Las Vegas (los agentes que son enviados para capturarlo usan máscaras de oxígeno que al parecer él no necesita). No sabemos si es o no un replicante porque la frontera entre las especies se ha vuelto cada vez más fina y ambigua.

La trama de Villeneuve, como la de Scott, sigue la fórmula del film noir, con un detective en la vena de Philip Marlowe que se vuelve protagonista de su investigación, la cual avanza con pequeños descubrimientos: la tecla de un piano, un calcetín de bebé, una flor, un número de serie impreso en un hueso (visto en un microscopio electrónico que recuerda la escena de la escama de la víbora en BR). Al inscribirse en ese género, BR 2049 cuenta con personajes que responden a arquetipos tradicionales: el detective solitario al borde de la marginalidad y criminalidad, la institución policiaca corrupta, las doncellas en apuros y las femmes fatales. Cierto feminismo ingenuo ha querido culpar al filme de promover la opresión machista. Las narrativas noir han cambiado con los años, se han vuelto incluyentes y diversas, pero por definición presentan una visión fatalista del mundo, emanada del desencanto de la posguerra, reflejo de una sociedad injusta, misógina, violenta y perversa.

En el cine de Villeneuve las mujeres son siempre seres complejos, inteligentes e independientes, como Jeanne en Incendios (2010), Kate Macer en Sicario (2015) y especialmente la doctora Louise Banks en La llegada (2016). BR 2049 no es la excepción: las humanas, replicantes, híbridas y simulaciones (incluso aquella que es literalmente un producto comercial) son personajes que van más allá de lugares comunes y estereotipos. Joshi ha suplantado al jefe de la policía, Bryant, y si bien cree que a K le “ha ido bien sin tener alma”, lo ayuda a escapar de sus perseguidores al precio de su propia vida. Luv (Silvia Hoeks), la asistente de Wallace, es una replicante que recuerda a la implacable T-X (Kristianna Loken), de Terminator 3 (2003), de Jonathan Mostow, pero es una máquina de matar con remordimientos, que delata la lágrima que derrama cuando su jefe sacrifica a una replicante que acaba de fabricar (el proceso de creación en una bolsa de plástico parece tan doloroso como un parto) tan sólo para dar énfasis a sus argumentos, algo que ya había hecho en el corto Nexus Dawn, de Luke Scott. Es de un simplismo patético imaginar que Joi o la prostituta y revolucionaria Mariette (Mackenzie Davies) son simples estímulos eróticos para el público masculino (fan service). Ambas operan a varios niveles empleando su sexualidad e ingenio, con la certeza de que “morir por una causa es la cosa más humana que puede hacer un replicante”. Una mujer representa la posibilidad de la rebelión, la doctora Ana Stelline (Carla Juri), la hija de Rachael y Deckard, quien supuestamente padece de una enfermedad autoinmune que la obliga a vivir encerrada en una burbuja. Ana es experta en crear memorias para ser implantadas, su trabajo es el de una artista que crea visiones y narrativas repletas de detalles, vitalidad y nostalgia. Como comenta Yuval Noah Harari, en su libro Sapiens, lo que nos distingue de las demás especies, aparte del pulgar oponible que tienen los simios, es nuestra capacidad de crear ficciones, cuentos y mitos que al compartirse permiten unir individuos en sociedades, crear religiones, imperios y corporaciones multinacionales. Ana es la fabuladora y constructora de mundos que al manipular el pasado está inventando el futuro (una idea muy propia de Dick). Además, el liderazgo de la insurrección no depende de K ni de Deckard, sino que está conformado principalmente por mujeres.

“BR 2049 es una obra de una belleza abrumadora, a la vez respetuosa y desafiante de la historia y estética que planteó el primer filme.

En BR 2049 los replicantes deben pasar por la Prueba de Referencia Postraumática (Baseline test), responder en un cuarto blanco a una serie de palabras y frases aparentemente incoherentes: Cells interlinked within cell interlinked. Las palabras pueden provocar emociones que denoten individualidad, algo que no puede permitirse a un Blade Runner. Si el replicante fracasa la prueba, su sistema emocional se considera dañado y es retirado. El texto empleado en la prueba pertenece al libro Pale Fire (Pálido fuego) de Vladimir Nabokov, una novela experimental que pretende ser un análisis escrito por un tal Charles Kinbote, de un poema de 999 versos del autor ficticio John Shade. Así tenemos un poema dentro de un ensayo (que es una serie de apuntes personales vinculados con la obra) que en realidad es una novela. Este vertiginoso y delirante juego metaliterario, del cual K tiene un ejemplar, hace eco a la naturaleza ambigua del replicante, que es un ser ficticio pero real que vive encerrado en una ilusión laberíntica, absurda y opresiva.

BR 2049 es una secuela demasiado consciente de su condición, es una obra de una belleza abrumadora, a la vez respetuosa y desafiante de la historia y estética que planteó el primer filme. El trabajo fotográfico de Roger Deakins es fascinante y asombroso, sus visiones urbanas y postapocalípticas retoman elementos del original y de una variedad de fuentes para crear espacios alucinantes. Era particularmente difícil contar con una pista sonora que pudiera compararse con la música de Vangelis de la original. La pista de Hans Zimmerman parte de la reverencia por el sonido majestuoso del músico griego y articula variaciones y contrapuntos soberbios. Sin embargo, este filme no inventa una nueva estética ni se trata de una continuación o un eco sino de una expansión de un universo. No es una película que resuelva las dudas inquietantes de la anterior pero es una prodigiosa alegoría filosófica y un deleite visual que hace de cada cita y referencia un homenaje gozoso.

Latest posts by Naief Yehya (see all)

Compartir