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Foto: Especial

Se asume que una serie premiada con globos de oro y con el favor de la crítica y el público de su lado es un producto narrativo redondo, desafortunadamente no lo es.

Uno de los primeros peros de Fargo es que lucra con el prestigio de los Hermanos Coen. La serie se inspira en la película homónima. Pero la publicidad es engañosa cuando afirma que reproduce las atmósferas consolidadas por los Coen. Los remakes o refritos siempre suponen problemas difíciles de resolver. Se enfrentan a un producto, que en este caso se trata de una cinta consagrada, que ya ocupa un lugar preponderante en la mente del espectador, con personajes que ya poseen un rostro en ocasiones imposible de olvidar.

De entrada está el inconveniente de que es imposible no pensar en William H. Macy al momento de conocer a Lester Nygaard, interpretado por Martin Freeman. Pero más allá de los defectos que uno pueda espulgarle a la serie, su principal problema es de índole narrativa.

Nygaard es un pobre diablo que trabaja como empleado de banco. Es un perdedor en toda la extensión de la palabra del que abusan su hermano, su esposa y un bravucón que desde la secundaria le ha hecho la vida imposible. Lo que la serie nos dibuja es un alfeñique, un ser sin arrestos, que jamás en su vida ha roto un plato o matado a una mosca. La enorme presión que los demás personajes ejercen sobre él es el eje en el cual se plantea el escenario del primer capítulo.

Sam, el bulin de Lester, en una situación bastante forzada que pretende ser cómica sin conseguirlo, hace que Nygaard se estrelle contra un cristal y se rompa la nariz. En el hospital Lester conoce a Lorne Malvo, un Billy Bob Thornton demasiado impostado, que en su esfuerzo por aparentar ser un psicópata a lo Javier Bardem en Sin lugar para los débiles (No Country for Old Men) más bien parece un Hannibal Lecter con diarrea, y le ofrece matar a Sam para ahorrarle una parte de sus problemas. Y mientras esto ocurre Lester discute con su esposa por una lavadora vieja. Que él se esfuerza por componer para hacer ver que todavía conserva su hombría.

Entonces sucede algo de lo más inapropiado en cuanto a leyes narrativas. Lester, el tipo que jamás se defendió en la escuela, que jamás contradice una orden, que pese a los problemas conyugales quiere a su mujer, decide, sólo porque puso en entredicho su valor, como si no lo hubiera hecho miles de veces, tomar un martillo y matar a su esposa. Entendemos que lo que la trama quiere poner de manifiesto es el hartazgo de Lester. Pero sabemos que en la ficción esto no se puede hacer de un momento a otro. Hay que preparar al personaje. Y si Lester va a matar a su esposa tiene que ser por un motivo de peso. Entonces aquí lo que se advierte es que la serie está mal construida. Y por mucho que esté basada en los Coen está claro que no tiene el mismo cuidado y menos la calidad del producto del que toma su argumento.

La siguiente gran serie rompedora no va a salir de Netflix o cualquier productora establecida. Será independiente.

Y aunque esto supone digamos sí un revés, en lugar de que la trama resuelva esta flaqueza cada vez entorpece más la trama. Lester, el timorato, el que tiembla por todo, de repente decide ser un pistolero. Y saca una escopeta y se mira frente al espejo con ella en actitud desafiante. Por favor. Si es imposible creer que sería capaz de matar a su esposa, menos se puede creer esa actitud. Lo sabemos, un personaje como Lester lo que haría en un momento como ése, de descontrol emocional, sería volver a poner los pies en la tierra y llorar y lamentar la muerte de su esposa. Por el contrario, se exhibe como algo que no es.

Pero lo anterior es sólo un pretexto de la trama mal diseñada para poner una escopeta en escena. El sheriff del pueblo llega a casa de Lester para interrogarlo. Para untar la serie de un dramatismo chantajista, el oficial tiene una mujer embarazada. Justo cuando descubre, qué conveniente, el asesinato cometido por Lester, aparece Malvo y mata al policía. ¿De verdad? Tan predecible resulta que a esas alturas ya uno está bostezando. Sin escopeta no hubiera existido esa muerte. Y todo es tan gratuito que decepciona.

Netflix y cuanta productora quieren hacernos creer que las series son la mejor manera de matar el tiempo, pero en realidad son sólo otra forma de consumo. Se han monopolizado. Y sí, es obvio que creen productos muy fácilies de asimilar, pero estrictamente están mal construidos. No se trata de ser apocalíptico. No hay dudas de que las series todavía tienen mucho que decir. Pero la siguiente gran serie rompedora no va a salir de Netflix o cualquier productora establecida. Será independiente.

Por lo pronto esos entusiastas que aseguraban que Fargo era la mejor serie de la historia se han desencantado de la tercera temporada por malísima. La profecía estaba desde el primer capítulo. Y ahora se ha cumplido. C

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