En días pasados, The New York Times publicó un artículo sobre una fotógrafa documental que se topó con la Santa Muerte. Ella es Griselda San Martin, oriunda de Barcelona y radicada en Nueva York, quien ha documentado la frontera entre México y Estados Unidos por más de cinco años para captar los personajes, la cultura y los temas que se presentan con fenómenos como la migración: separaciones familiares, deportaciones, violaciones a derechos humanos y, por supuesto, toda la cultura que emana de este movimiento social. San Martin se graduó como fotógrafa documental y fotoperiodista en el Centro Internacional de Fotografía de Nueva York y en la Universidad de Colorado, y desde entonces se enfocó en temas migratorios explorando los efectos de la xenofobia en ascenso, derivada, entre otros factores, del clima político y social. Su trabajo ha aparecido en The Washington Post, The New York Times, Lens Blog, The New Republic, The Huffington Post y El País, entre otros, y responde esta entrevista entre el viaje con noventa mexicanos de la tercera edad que viajaron a Estados Unidos a visitar a sus hijos migrantes y su visita a Acatlán, Puebla, para complementar su más reciente trabajo: Puebla York, que retrata a esa comunidad tan grande que habita en el país del norte.

“Muchas personas en Queens, Nueva York, van a eventos religiosos para rezar a la Santa Muerte.

¿Qué te llevó a registrar este fenómeno social?

Mi interés inició en la Universidad de Colorado, como parte de un trabajo de maestría. Vivía en Boulder, una ciudad con poca comunidad migrante, pero había una minoría, y buscando historias empecé a involucrarme con la comunidad latina, y de ahí salió otro proyecto que me llevó a Tijuana, donde encontré más historias y personajes. Ahí conocí el Parque de la Amistad, único lugar de toda la frontera establecido como punto de encuentro entre las familias de los dos lados del muro. Durante unas horas, los sábados y los domingos, abren este lugar, que es un poco difícil de explicar sin imágenes, pero del lado mexicano no hay policías ni ningún tipo de control, está la playa y es muy vivo, con mucho color. Del lado de Estados Unidos está una valla cerrada y es una zona patrullada. Las personas de Estados Unidos deben mantenerse a una distancia del muro, no se permite el contacto físico. Hay una zona donde sí se permite el contacto físico pero hay una valla metálica cuyos agujeros son tan pequeños que sólo se pueden tocar los dedos meñiques. La primera vez que visité este lugar me provocó un shock. Cada fin de semana se realizan eventos, por ejemplo, religiosos en los dos lados del muro, protestas… Yo estaba cubriendo otro evento y vi a las familias, primero no lo entendía y empecé a visitar el sitio.

De ahí surgió la historia del cortometraje documental The Other Side.

Consideré que era más importante hacerlo con video, porque mi personaje es José, un músico que se encuentra en este punto de la frontera y les canta a través del muro en cada encuentro. Con la fotografía no era suficiente: quería captar la voz y la metáfora de que la música no tiene fronteras. Las puertas del parque se abrieron un día, sólo se han abierto cuatro veces. Fue muy emotivo ese momento, pues sólo permiten a unas cinco o seis familias reunirse aproximadamente tres minutos; también retraté ese momento en medio de las emociones y los cientos de fotógrafos y medios que estaban ahí.

Foto: Griselda San Martin

¿Has encontrado otras fronteras en el mundo con estas características?

No. Creo que la frontera entre México y Estados Unidos es única. Existen fronteras geográficas, pero no físicas, y con el fenómeno migratorio actual es un asunto importante para muchas regiones.

Las personas se establecen en otros sitios con su cultura y sus creencias, como la Santa Muerte en Nueva York. ¿Cómo fue el encuentro con estos ritos?

Encontré a mis personajes a través de mi trabajo cotidiano. Descubrí que
muchas personas en Queens, Nueva York, iban a eventos religiosos para rezar a la Santa Muerte. La mayoría de los asistentes son migrantes, y al vivir en ese margen, estos encuentros los hace sentir parte de algo. Es un asunto social y religioso. Rezan como en cualquier iglesia católica. A diferencia de otros cultos, aquí todos tienen cabida: no importa si eres pobre, rico, tu origen ni nada. Le puedes rezar y pedir por lo que sea, aunque la mayoría le pide a la Santa Muerte que su
green card les sea concedida. Todo esto es parte de la cultura que migra con su gente. Y es muy colorido.

¿Ha cambiado la vida de tus personajes desde que comenzó la era Trump?

Desde noviembre pasado, comenzó una especie de pánico colectivo. Yo siempre estoy visitando a las organizaciones que apoyan a migrantes y recuerdo que hubo unos meses en que la gente estaba desesperada, no sabía qué hacer. Había una organización en Queens que estaba ofreciendo servicios de notaría gratuitos para los migrantes, con el fin de que pudieran dejar la custodia de sus hijos en caso de que se los llevara la migra. Esos documentos generalmente son carísimos, y los migrantes estaban muy espantados pensando en que se los iban a llevar. Ahora todo está más tranquilo, y la gente se ha dado cuenta de que se ha hablado mucho pero que no está pasando tanto de la manera en que se esperaba.

¿Cuáles son tus siguientes proyectos?

Ahora estoy con la promoción de mi cortometraje, me ha ido bastante bien y creo que representa muchas historias de gente separada, deportada o en el tema migratorio. Mi intención es que llegue a la mayor cantidad de espectadores. El cortometraje se ha proyectado en bastantes festivales, y se va a proyectar en Barcelona, en Buenos Aires y Hungría, entre otros sitios. Estoy realizando otro documental sobre el muro fronterizo, con otra familia, ya estoy en la fase final, y empezando Puebla York, donde retrato a la gran comunidad de poblanos que vive en Estados Unidos.

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