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Foto: laprensa.hn

El desierto es uno de los territorios literarios por excelencia de la última narrativa latinoamericana. De la obra de Roberto Bolaño a Norte de Paz Soldán, pasando por Zurita, Gardea, etcétera. Para honrar su preponderancia la revista de crónica barcelonesa Altaïr Magazine le ha dedicado un número.

Tomando como punto de partida Los detectives salvajes, esta compilación, Los desiertos de Sonora, es un recorrido ficcional por regiones tan enigmáticas como sin desazolvar: Bacadéhuachi, Bavispe, Banámiche, Hermosillo, Punta Chueca, El Dólar, Altar, Piquito, Trincheras, Agua Prieta, Caborca y anexas. El viaje se centra en Sonora porque además de la exploración producto de la pluma de Bolaño se hace hincapié en su fuente de inspiración: el Atlas de Sonora. Un documento que ha escrito su propia historia y que ha fascinado a un sinnúmero de escritores. El periodista mexicano Diego Enrique Osorno le ha dedicado valiosas líneas.

Con fichajes de miedo: Villoro, Rodrigo Fresán, Sergio González Rodríguez, Jorge Carrión et al., este monográfico es el peregrinaje por un imaginario en pañales a la vez que un viaje sentimental por este territorio antes ignorado por la gran narrativa del continente. Una tierra que en apariencia no tenía nada que decir se reveló en un par de décadas como un semillero de historias. Cuando la urbe se agotó, el destierro ocupó al cosmopolitismo como la materia prima de las nuevas mansedumbres del hombre.

En Los desiertos de Sonora se encuentra uno de los últimos textos escritos por Sergio González Rodríguez. Si bien es cierto que después se publicarían un par de libros póstumos, el material aquí contenido le otorga a este número una cualidad entrañable. Por supuesto, Sergio no podía faltar. Pese a ser recalcitrantemente chilango, fue uno de los observadores más agudos del desierto y sus derivados, no sólo narrativos, de toda índole. Quizá no era el prototipo de viajero incansable que se nos suele vender en cuanto a reportero de viajes, no usaba botas para caminar en la montaña, pero sin duda fue uno de los autores mexicanos que más recorrieron el país, de norte al sur, para atestiguar el estado de las cosas.

Altaïr es uno de los proyectos más sólidos que ha ideado la crónica para seguir posicionándose. Es dirigida por Pere Ortin, quien como Sergio es uno de los observadores más curiosos de lo que ocurre del otro lado del charco. Por eso la lectura de las obras no es suficiente per se. Hay que ir a indagar y atestiguar de primera mano todos esos territorios otrora ignotos que se han apoderado de las mesas de novedades en lengua hispana. Por eso el esfuerzo de Los desiertos de Sonora de ofrecer a los lectores un repaso puntual y señero. Porque esa es una de las principales misiones de la crónica. Ir más allá de donde la mirada se agota.

Cuando la urbe se agotó, el destierro ocupó al cosmopolitismo como la materia prima de las nuevas mansedumbres del hombre”

De entre las muchas nociones que ofrece Los desiertos de Sonora está aquella de que el viaje apenas ha comenzado. Sonora es en esta ocasión el centro neurálgico, pero lo mismo el resto del desierto tiene sus historias. Es lo que pretende transmitir. Su pertenencia a una inmensidad. Este es un proyecto al que sus perpetradores le invirtieron tres años. Hay un alto grado de paciencia y dedicación detrás de estas páginas. Como obedece a unos editores enamorados de su trabajo y del desierto.

Pero las cosas no terminan aquí. Se ha creado un documental de Los desiertos de Sonora. Que se proyectará el próximo jueves 5 de julio en la Ciudad de México. La cita es en el Centro Cultural España y contará con la participación de Juan Villoro. Es un evento que ningún fan de Bolaño se puede perder. Tampoco los fans de Villoro.

El desierto ha inspirado tanto o más que cualquier otro ecosistema. Sin él no existiría el espagueti western, ni la música de Johnny Cash. Tarde o temprano sería un virus que inocularía a la literatura. Y posteriormente la crónica. Y aunque de la tierra yerma no salen frutos, Los desiertos de Sonora son una mirada sobre aquello que se nos escapa cuando vemos los cerros pelones por la ventanilla del coche.

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